Por Sol Serrano Mayo 31, 2012

En la larga y tantas veces destacada tradición presidencialista chilena, los ex presidentes no siempre fueron  figuras en cuanto tales. En el siglo XIX, los que vivieron un tiempo suficiente después de dejar el cargo siguieron siendo hombres públicos, lo cual era propio de una clase política restringida que requería más del  Estado y de las redes locales que del electorado  para llegar al poder.  Incluso, los ultrapoderosos presidentes de los decenios -Prieto, Bulnes, Montt y Pérez- fueron senadores,  y  ninguno tuvo un liderazgo especial.  En los quinquenios, Errázuriz y Santa María murieron muy poco después de dejar La Moneda, Aníbal Pinto fue un modesto traductor y Balmaceda murió en el poder. 

Fue con el surgimiento de la política de masas, cuando los candidatos  tuvieron que salir a buscar apoyo popular, que construyeron un liderazgo personal y carismático.  A partir de  1920 el cambio fue asombroso. De hecho, casi todos los ex presidentes tuvieron una enorme gravitación, precisamente  por su capital propio. Es la matriz del modelo actual. 

Arturo Alessandri es el paradigma de este nuevo liderazgo. Desde su famosa elección como senador en Tarapacá hasta su muerte como presidente del Senado en 1950, fue dos veces presidente y el principal político de la primera parte del siglo. El otro fue Carlos Ibáñez del Campo, también dos veces presidente además de candidato derrotado. Jorge Alessandri ganó una y perdió la segunda elección. Finalmente,  Eduardo Frei Montalva fue presidente del Senado en el momento mas crítico  de la democracia chilena. No sabemos a dónde lo habría conducido su liderazgo de no haber mediado la dictadura y su muerte. No es casual que  González Videla fuera el único sin figuración publica posterior, precisamente  porque su  liderazgo era débil y  errático. 

Más interesante aún es que  tres de los presidentes que murieron en el cargo -Balmaceda, Aguirre Cerda y Allende-  han sido ex presidentes con gran raigambre popular.  Más que eso, se transformaron en iconos que encarnaron aspiraciones y banderas de futuro. Sus liderazgos post mórtem no importan tanto por aquello que efectivamente hicieron. Balmaceda no era el defensor de los sectores populares en contra del imperialismo; Aguirre Cerda no fue en los hechos el gran impulsor de la educación popular, ni Allende fue el artífice de una revolución  truncada sólo por los poderes del capital extranjero y doméstico.  La memoria de Aguirre Cerda es pacífica y representa un proyecto exitoso, aquel de la industrialización y la educación guiada por el Estado. En cambio los presidentes de trágica muerte representan proyectos  frustrados, abortados, derrotados por los grandes poderes.

El liderazgo de Allende ha sido mayor como ex presidente que como presidente. Sigue vivo hoy porque aglutina la identidad de la izquierda más allá de sus partidos.

Casi horas tras su muerte, Balmaceda  personificó en la poesía popular al mártir y al héroe defensor del pueblo. Reflejaba la profunda desprotección de los sectores populares. Pocos años después, sus partidarios reconstituyeron un partido liberal con su nombre, tan partícipe del establishment como los otros, pero con un aura que le permitió participar exitosamente en el sistema hasta la crisis de los años 20. 

El liderazgo de Allende ha sido mayor como ex presidente que como presidente. Sigue vivo hoy, 40 años después de su muerte, porque aglutina la identidad de la izquierda, incluso más allá de sus partidos. 

Si los juicios recientes de  Aylwin sobre su gobierno -los mismos que ha sostenido en las mismas cuatro décadas-  producen escozor es porque se leen desde la encarnación de esa identidad. Tanto es así, que dirigentes de izquierda e incluso algunos democratacristianos consideraron que sus críticas eran  inoportunas para la alianza concertacionista. Bien pueden leerse de manera enteramente contraria.  La crítica de  fondo de Aylwin es que Allende no vio en la alianza de centroizquierda un camino posible ni deseable y que esa alianza terminó por ser la que dio gobernabilidad democrática al país. Por ello, de acuerdo a su criterio, es la alianza que debe gobernar, aludiendo con ello al eje DC-PS.  Pero ése es un análisis político que se estrella contra un liderazgo simbólico, nada de retórico, sino identitario. Allende es a la izquierda lo que Aylwin a la Concertación.  La derecha, para su pesar, no tiene héroe, por ahora.

La forma de hacer política ha cambiado mucho en este período democrático, pero la tradición de los ex presidentes fuertes  continuó. Frei tomó un camino institucional, en cambio Aylwin y Lagos  asumieron un liderazgo emblemático, moral el primero, intelectual el segundo. Ambos profundamente políticos. Por eso son figuras controversiales, respetadas, influyentes. Por lo mismo,  libres.

Los presidentes chilenos de un siglo a esta parte -los democráticamente elegidos- han sido figuras de un  peso político específico; por ello  su influencia ha perdurado.

 Michelle Bachelet  sigue esta tradición, salvo que no sabemos si seguirá en esta calidad. Lo que sí es nuevo en su caso, y revela una crisis del sistema político de marca mayor, es que nunca las candidaturas dependieron casi enteramente de un ex presidente cuya postulación aún no se materializa.

Estamos en un momento francamente original. Por un lado,  tenemos a la oposición en  un compás de espera  que inmoviliza el surgimiento de nuevos liderazgos; y por el otro, a un presidente con su poder menoscabado por la fronda de sus partidos, la desobediencia de sus ministros presidenciables, y su baja popularidad. Es el mundo al revés: una ex presidenta ausente que parece todopoderosa y un mandatario en ejercicio que parece un tanto abandonado. 

Sebastián Piñera será posiblemente un ex presidente con un carisma diverso. No creo que opte por un cargo representativo. Su pasión no es tanto la política como ganar. Y si ya ha ganado como empresario y como político, seguramente le interesará ganar como un innovador con  influencia pública. 

El poder y la autoridad presidencial, tan propia de la tradición política chilena, tiende hacia la baja. A los presidentes, una vez electos, hay que tenerles  un poco de miedo, un aliño no menor de la autoridad. Y ésta va a la baja en una sociedad más autónoma. Además, dicho sea de paso, habrá un sobre-stock de ex presidentes con períodos de cuatro años  y una larga expectativa de vida.

No hay modelos de ex presidentes ni menos reglas sobre  cómo debieran ser. Sólo parece justo pedirles cumplir con los rituales republicanos que legitiman las reglas del juego democrático. Digo ritual en su sentido estricto, es decir, como aquel  momento simbólico que reúne. La democracia es pluralismo, competencia, diversidad y es también una convicción compartida sobre la cual se construye la unidad. 

 

Relacionados