Por Francisco Javier Díaz Abril 23, 2010

Hace algunos años leí un libro fascinante, What if?, donde un grupo de connotados historiadores expertos en guerras realizan el ejercicio contrafactual de imaginar qué habría pasado en una serie de batallas y episodios bélicos si es que algún hecho puntual no hubiera ocurrido o hubiera ocurrido de manera diferente.

Analizan, por ejemplo, qué habría pasado si la tormenta que precedió al desembarco de Normandía no hubiese amainado tan abruptamente como efectivamente lo hizo en la madrugada del 6 de junio de 1944: la invasión pudo haber fallado, Alemania se habría visto fortalecida por algunos meses y con ello podría haber ganado el tiempo necesario para fabricar su propia bomba atómica. Similar consideración puede hacerse respecto del conflicto naval de 1588 entre la Armada Invencible y las fuerzas de Inglaterra, cuando con un clima más benigno los ibéricos pudieron haber sorteado las aguas del canal de la Mancha sin ser avistados por los ingleses, ganar la batalla y avanzar hasta Londres. Y así el texto va examinando diversos contrafactuales a lo largo de la historia: ¿Y si los persas hubiesen derrotado a los atenienses en la batalla de Salamis? ¿Qué habría pasado con la conquista de México si en 1521 Hernán Cortés hubiese sido aprehendido en el sitio de Tenochtitlán?

Lo interesante del libro es que no se limita a analizar el episodio anecdótico -como una determinada invasión o determinada batalla- sino que aventura teorías acerca del proceso histórico que hubo detrás de cada episodio, como una guerra completa o una crisis más general.

Interesante método para analizar a la actual oposición. ¿Qué habría pasado en la Concertación si no se hubiese bajado Insulza, o si se hubiese subido Lagos? ¿Qué habría pasado si la Concertación hubiese realizado primarias abiertas y competitivas? ¿Y si ME-O hubiese competido en esas primarias? ¿Qué habría pasado si Bowen se empoderaba? ¿Si Andrés Velasco hubiese asumido como jefe de campaña? ¿Si Frei hubiese anunciado menos Estado, pero con reforma tributaria? ¿Qué habría pasado si renunciaban los presidentes de los partidos después de la pifiadera del court central? ¿Y si, después de la segunda vuelta, ME-O hubiese apoyado con fuerza a Frei, y no con sorna "al candidato del 29%"?

La Concertación, como alianza, casi no tiene historia como oposición (se fundó recién en febrero de 1988) y ciertamente no la tiene como oposición en democracia. Quizás es por ello que las primeras semanas de gobierno de derecha han mostrado a una Concertación tan desconcertada. Que no da con el tono ni con el contenido de su voz opositora. Es cierto que el terremoto es capaz de alterar la agenda de cualquiera. Pero el problema aquí es mayor. La Concertación sencillamente no halla por dónde apearse para hacer su política.

¿Se atrinchera en el Parlamento y obstruye cada iniciativa, cruzando los dedos para que ningún congresista individual decida atravesar la línea y regalar la mayoría? ¿Inicia un diálogo político sustantivo con el gobierno a través de los partidos y sus cuadros técnicos, a riesgo de que surjan por el lado otros partidos y otros técnicos con propuestas populistas? ¿O se vuelca definitivamente a las bases y se abre al mundo de las ONG y los movimientos sociales, de amplia popularidad, pero contradictoria consistencia?

En el fondo, parte del problema de la Concertación radica en el hecho de que no tiene un locus definido para vivir. La centroizquierda en Chile, al perder el gobierno, se ha quedado sin espacio para procesar diferencias y articular propuestas. Cada iniciativa de coordinación se hace tortuosa y eso es así, en parte, porque nunca se pensó en fortalecer la institucionalidad mínima que una sensibilidad debe tener para actuar en política.

No es ésta la primera vez que una coalición de gobierno pierde. Pero en otras latitudes, bajo otras leyes, la oposición se encuentra menos desdibujada que la Concertación de hoy a la hora de rearmarse como fuerza política. Lo curioso de esto -y lo contrafactual- es que muchas de esas reglas en Chile hoy no existen, precisamente, porque la Concertación o no quiso, o no pudo, o no tuvo la fuerza para hacerlas aprobar.

Si la Concertación, por ejemplo, hubiese aprobado primarias abiertas y vinculantes, otro gallo pudo haber cantado en la elección. Pero aun si igual hubiese perdido, hoy al menos tendría un mecanismo con fecha cierta del cual aferrarse a la hora de programar su vida futura. Porque más allá de la reflexión que se realiza, lo cierto es que un mecanismo abierto, amplio y previamente definido podría ordenar el proceso de discusión, el que sin estas reglas puede terminar no sólo sin ninguna conclusión, sino que con más y más división.

Si la Concertación hubiese avanzado más en descentralización, ya habría elegido democráticamente a numerosos representantes ante los gobiernos regionales y parte importante de su activo militante estaría volcado a las labores ejecutivas a nivel subnacional. Es cosa de preguntar a los alcaldes concertacionistas: no existe mucho tiempo para lamentaciones cuando se tiene la responsabilidad de llevar adelante un gobierno local.

Si la Concertación hubiese ido más allá aprobando la elección directa del jefe del gobierno regional, tendría 9 de 15 intendencias (tomando como base la votación de la Cámara), las que estarían hoy concentradas en un diálogo mayúsculo con el presidente Piñera para sacar adelante las políticas de reconstrucción. Y, ciertamente, medio Chile protestaría por los cortes presupuestarios en las regiones que no fueron afectadas por el terremoto. Jacqueline Van Rysselberghe seguiría como alcaldesa alegando en contra del intendente electo de la oposición, el que muy probablemente no usaría ni parka roja ni Toy-Watch.

Si la Concertación hubiese aprobado una ley de cuotas, habría más mujeres en el Congreso, potenciando de esa manera el legado político de Bachelet. Laura Albornoz podría ser la tercera senadora DC, mientras que Cecilia Valdés, Danae Mlynarz o Paula Narváez habrían sido candidatas en distritos relativamente elegibles (donde muchos hombres no lograron ser elegidos).

Si la Concertación hubiese aprobado alguna de las iniciativas de democracia participativa -como la iniciativa popular de ley-, hoy podría movilizar con un objetivo concreto a las bases que dice representar y no quedar a la espera de las decisiones gubernamentales.

En definitiva, si la centroizquierda hubiese devuelto poder a la ciudadanía a través de la representatividad, la descentralización y la participación, hoy se encontraría en mejor pie para hacer su oposición. Importante, aunque algo inútil, lección.

* Abogado y cientista político. Fue asesor de Michelle Bachelet y hoy trabaja en Cieplan.

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