Por Axel Christensen, director de Estrategia de Inversiones para América Latina e Iberia de BlackRock Marzo 11, 2016

Ya lo decía Albert Einstein: “Tres grandes fuerzas gobiernan el mundo: la estupidez, la codicia y el miedo”. Las dos primeras (y la ausencia de la tercera) son las que explican por qué las personas caen en el tipo de fraudes piramidales que se han hecho notorios con AC Inversions y otras firmas similares, a pesar de que existen casi el mismo tiempo que las pirámides de Egipto.

Una rápida revisión histórica permite identificar esquemas similares documentados en detalle desde fines del siglo XIX hasta hoy, pasando por los 1920s en EE.UU. Carlo Ponzi –cuyo apellido ha sido inseparable de este tipo de ardides desde entonces– hasta los 2000 con Bernie Madoff, quien hoy cumple una sentencia de 150 años en prisión luego de cometer el mayor fraude financiero en la historia, embaucando a miles por más de diez millones de dólares. Pero el país del Norte no tiene la exclusividad de este tipo de estafas. Casos similares se han registrado en todo el planeta: India, Inglaterra, Haití, Rusia, Colombia, Alemania, Costa Rica. Incluso en Albania, un fraude piramidal masivo a fines de los noventa llevó a desmanes sociales que derribaron al gobierno de entonces.

Perfiles en la Pirámide

Con un esquema más viejo que el hilo negro, ¿por qué sigue habiendo víctimas de este tipo de estafas? Desde mi punto de vista, es posible distinguir dos tipos de personas que suelen participar en este tipo de esquemas.

En primer lugar están los vivos, aquellos participantes atraídos por la posibilidad de un alto retorno sin demasiado esfuerzo y que está significativamente por sobre lo que consiguen a través de alternativas tradicionales de inversión. Muchos de ellos saben que se trata de algo ilegal pero su codicia los lleva a participar con la esperanza de que la estafa dure lo suficiente como para que puedan hacer una jugosa utilidad y salirse antes de que la pirámide irremediablemente se desmorone. Por lo mismo, suelen ser los primeros que participan y reciben más utilidades mientras más rápidamente crezca el número de participantes.

En primer lugar están los vivos, aquellos participantes atraídos por la posibilidad de un alto retorno sin demasiado esfuerzo y que está significativamente por sobre lo que consiguen a través de alternativas tradicionales de inversión.

Es por eso que estos fraudes son frecuentes entre miembros de grupos de personas con alto grado de afinidad como miembros de asociaciones religiosas o sociales. En el caso reciente de AC Inversions, la participación de personal de las Fuerzas Armadas permite un rápido crecimiento, posibilitando a los primeros optar a las mejores rentabilidades.

Precisamente este grupo de participantes son los que suelen acelerar la caída de las pirámides. A medida que la pirámide aumenta en tamaño, en algún punto su crecimiento empieza a hacerse más lento al irse agotando las redes de conocidos que se pueden unir a ella en su base. Es en ese momento que se salen en masa, buscando una pirámide más nueva donde puedan volver a realizar altas ganancias. Si el grupo que se va es lo bastante grande, pueden acelerar la caída del esquema fraudulento ya que no quedan recursos suficientes para pagar las rentabilidades que los estafadores han prometido a los que se quedan.

Eso nos lleva al segundo grupo, los incautos, que por falta de conocimientos financieros suelen ser engañados al creer que se trata de una operación legítima. Para atraer a este tipo de participantes los gestores del fraude suelen disfrazar su operación como la de un asesor financiero, comúnmente llevando a cabo seminarios que paradójicamente buscan impartir educación financiera a los asistentes. Apuntan a construir una imagen de expertos financieros, opinando sobre todo tipo de instrumentos, aunque mantienen en completo secretismo la estrategia que ellos supuestamente utilizan para generar los altos retornos que prometen. Asimismo, suelen desplegar certificados y otros documentos que buscan avalar su legalidad, como su constitución como sociedad ante el Servicio de Impuestos Internos o la patente comercial otorgada por la municipalidad donde operan. Aunque sean auténticos, nada revelan respecto a la naturaleza de su negocio.

Es precisamente esa diferencia de perfiles lo que hace tan difícil a reguladores identificar este tipo de estructuras maliciosas. El primer grupo en cierta medida participa como cómplice en la ilegalidad; el segundo cree que está verdaderamente trabajando con un asesor financiero legítimo, hasta que despierta a la desagradable sorpresa de que todo su dinero se ha esfumado, yendo a parar a los organizadores del fraude, pero también a los del primer grupo, que habilosamente se salieron justo a tiempo.

Es por ello que recuperar el dinero de los estafados en pirámides es casi imposible: la mayor parte no está en una cuenta en un paraíso fiscal del falso “gurú” financiero, sino en las manos de quienes arrancaron a tiempo. En el caso de Madoff,la mayor recuperación no ha venido de las cuentas del condenado sino de reclamaciones a clientes que habían tenido ganancias netas positivas (es decir, que terminaron con un mayor capital del que inicialmente aportaron).

Breve Manual de Supervivencia

¿Cómo evitar, entonces, caer en este tipo de fraudes? Algunos consejos, aunque aparentemente simples a primera vista, pueden ser muy efectivos:

Primero. Lo que parece obvio, pero no hay que dejar de mencionar. Trabajar con empresas o asesores que estén regulados. Si bien la regulación actual no obliga a que todos sean supervisados, siempre será preferible operar con aquellos que, ya sea de manera obligatoria (porque son filial de un banco, por ejemplo) o de manera voluntaria, sean reguladas por una autoridad competente en lo que se refiere a inversiones (como la SVS o la SBIF). Estas entidades no sólo son fiscalizadas por entidades gubernamentales; también tienen que ser auditadas en sus estados financieros. Aunque no son controles 100% infalibles, reducen considerablemente el riesgo versus un asesor que no es regulado.

Segundo. Entender claramente cómo el asesor produce los retornos que promete generar. La prueba de la blancura es muy sencilla: si no es capaz de entender cómo lo hace (o peor aún, si el asesor se niega a revelarlo argumentando que se trata de una “estrategia secreta”), simplemente diga no y siga buscando hasta entender de qué manera ganará plata. Tenga especial cuidado con productos exóticos, particularmente aquellos que se transan en mercados no regulados (como el de divisas) o que requieren de altos niveles de apalancamiento para generar los retornos anunciados. También hay que ser cuidadoso con ofertas que requieren mantener la inversión por largos períodos de tiempo (12 meses o más).

Tercero. Si el asesor le ofrece un retorno “asegurado” (en sí una señal de alerta), pregúntele de qué manera funciona esa garantía. Si no recibe una respuesta satisfactoria, no invierta. Si le responden que el asesor lo garantiza con su propio patrimonio, solicite una certificación presencial (no un documento falsificable) de un tercero (un banco, por ejemplo) de que el asesor cuenta con el patrimonio con el que efectivamente lo puede hacer efectivo.

El segundo grupo:los incautos, que por falta de conocimientos financieros suelen ser engañados al creer que se trata de una operación legítima. Para atraerlos, los gestores del fraude suelen disfrazar su operación como la de un asesor financiero.

Cuarto. Busque asesores que no tengan acceso directo a su dinero. Los asesores serios y confiables suelen trabajar con custodios independientes. Estos últimos son los que mantienen cuentas a su nombre con sus inversiones; suelen ser unidades de banco u otras entidades financieras fiscalizadas y entregan reportes periódicos con el detalle de saldos y transacciones. Son un control indispensable para evitar que un asesor fraudulento tenga acceso a sus cuentas para transferir dineros a otros, elemento esencial en una pirámide.

Por último, si algo parece demasiado bueno como para ser cierto, probablemente no lo sea (cierto o bueno, o ambos). Si el retorno ofrecido es varias veces superior a lo que obtendría en una entidad regulada, como un banco o un fondo mutuo, es probable que esté frente a un fraude o a una inversión de mucho mayor riesgo de lo que le informan. Esto no es sencillo si no se cuenta con algún grado de educación financiera. Aunque también hay que reconocer que no es fácil –particularmente a los afectados de menores ingresos– distinguir si un retorno es sospechosamente alto (como el 5% mensual que ofrecía AC Inversions) cuando están pagando un tasa no tan distinta –máxima convencional– en la tarjeta de la casa comercial.

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