Por Javier Rodríguez, desde Puerto Montt // Foto: Mauricio Ravanal. Julio 14, 2017

El mate es grande, hondo. Alrededor tiene varias chapitas de metal que brillan. Si se observa con atención, se pueden distinguir los escudos de Nacional de Montevideo, de River Plate, de Rosario Central. También del Deportivo de La Coruña, del Beitar Jerusalén, del Santa Tecla de El Salvador. Todos equipos donde Washington Sebastián Abreu, también conocido como el Loco, dejó su huella.

—¿Ya le pusiste la chapita de Puerto Montt?

—No, no todavía. Lo que pasa es que las hago siempre con el mismo joyero y, como vive en Uruguay, aún no tengo tiempo de verlo. Cuando pase, le llevo el mate para que me la instale —dice, jugando con la tapita de un termo blanquiceleste, adornado con una imagen suya celebrando un gol con Uruguay, selección que defendió en los mundiales de 2002 y 2010 y con la que ganó la Copa América de Argentina 2011.

El frío no le molesta. Tampoco la lluvia. El clima de Puerto Montt, cuenta, es similar al invierno de Montevideo. Llegó el 27 de junio y, desde ese día casi no ha parado de llover. Vive en un hotel mientras busca casa. Su familia se quedó en la capital uruguaya, donde decidieron radicarse su mujer y sus cuatro hijos.

“A Chile le faltó una referencia de área en la Confederaciones. Hoy las inferiores buscan otras cosas. Pero el fútbol, increíblemente, está volviendo a necesitar a los 9 de área”.

—Este es el bonus track de mi carrera. Ya estoy siendo egoísta al mantener este sueño futbolístico, en el sentido de no ser un padre presente físicamente. Entonces, además, pedirles que se trasladen, me parece excesivo. Hace un par de años optamos por esta modalidad: ellos viven en Montevideo y viajan a verme donde quiera que esté.

—¿Por qué hablas de bonus track?

—Porque muy pocos jugadores siguen activos a los 40 años. Es un privilegio que me están dando el fútbol y Dios.

—En una entrevista decías que te consideras un dinosaurio, que te estás quedando solo, que el último delantero de área como tú había sido Martín Palermo, quien ya está retirado.

—Es que no hay. A la selección chilena le faltó una referencia de área en la Confederaciones, por ejemplo. Y eso es porque las inferiores buscan otras características. Privilegian los punteros, los mediapuntas. Ya no salen jugadores de área. Pero el fútbol, increíblemente, está volviendo a necesitarlos. Debido a la dinámica, la presión excesiva y las líneas que juegan muy juntas, los equipos están ocupando un 4-3-3 que necesita a ese nueve goleador, que hoy escasea, pero que se hace necesario volver a formar.

—Puerto Montt es tu equipo número 25, con el que alcanzas el récord de más camisetas vestidas junto al alemán Lutz Pfannenstiel. ¿Buscaste pillarlo o se dio?

—No, no es que haga los cambios de club por el récord. Lo hago porque me movilizan los desafíos. Me encanta cuando te llaman y te dicen “eres el 9 que necesitamos, el jugador que precisa el equipo”. Y eso me fascina, porque es lo que busco: competitividad, ser un jugador productivo. Y bueno, es lindo ganarles en algo a los alemanes también. Y otra cosa que no la digo por hablar, de hecho puedes chequear el archivo: para la última Copa América dije que tenía ganas de venir al fútbol chileno. Hubo opciones en O’Higgins, Palestino, tiempo atrás en la U. de Chile. Tenía ese desafío pendiente. Y acá estamos.

—¿Por qué querías venir a Chile?

—Los equipos del Pacífico tuvieron una modificación táctica conceptual muy grande. Como los peruanos y ecuatorianos, Chile tenía un juego de posesión de balón muy lateralizados, consistente, pero sin profundidad. Y de una parte hasta acá, con la llegada de Bielsa, el aporte de Pellegrini, se empezó a hacer una posesión de balón productiva, más vertical. Sampaoli la continuó, Pizzi lo mismo. Quería tener esta experiencia de vivir una posesión más direccionada hacia el arco rival. Y acá la estamos experimentando y creo que encontré el lugar correcto en lo que tiene que ver con una metodología de entrenamiento como la de Óscar Correa, entrenador de Puerto Montt.

—¿Cómo te mantienes vigente?

—Hay muchos aspectos que ayudan al mantenimiento. Como vivís, jugás, y como entrenás, jugás. Eso difícilmente se modifique, salvo los monstruos, los cracks, pero los terrenales debemos mantener una línea. Otro aspecto que me acompaña hace años es un personal trainer. Entreno a la mañana, pero a la tarde voy al gimnasio a trabajar aspectos específicos. Después, sumado todo eso, hay uno que es el más importante: la pasión. La pasión no la podés perder. Ese cosquilleo, esa ilusión necesaria para disfrutar el entrenamiento, llegar el fin de semana y vivir el partido con ese nerviosismo de que fuera una final de Copa América, aunque sea un partido normal de campeonato. El hambre de querer ganar, de dejar un sello en el lugar donde estás, no pasar por pasar. Bueno, eso lo mantengo intacto.

—¿Te gusta que te digan Loco?

—Es necesario conocer el origen del apodo. A mí me pusieron así en San Lorenzo en 1996, por ser una persona alegre, divertida, siempre tratando de mantener al vestuario contento. Viene de loco lindo. Y ahí me quedó el apodo artístico, que para nada me incomoda. Me molesta cuando algún periodista sin conocer a la persona tergiversa el apodo para poder hacer una nota más sensacionalista y no le está dando el real sentido. Cuando pasa eso, lo llamo y aclaramos las cosas.

—Manifiestas una necesidad de mantener al día tus cifras. Sabes cuántos goles hiciste en cada equipo, cuántos minutos jugaste exactamente. ¿Por qué te interesa tanto llevar ese registro?

—Porque hoy en día en el fútbol hay poca memoria. La gente rápidamente ante un gol errado, un mal partido, se olvida. Entonces creo que estar constantemente dejando en claro lo que hiciste, sea mucho o poco, ayuda a generar un respeto. De decir, está bien, tuvo un mal partido, pero no nos podemos olvidar de su trayectoria, de sus últimas estadísticas, de saber el presente, cómo viene. Porque después de los 36, 37 años queda muy fácil el preconcepto de la edad. Y creo que hay que saber individualizar y no generalizar. No todos los de 40 pueden jugar, como no todos los jugadores de 22 están preparados para jugar. Todo eso conlleva poder tener una ayuda memoria, como mi mate con los escudos de los equipos.

—¿Eres un hombre de ritos? Ocupas la 13, entras a la cancha con el pie izquierdo.

—Sí, pero son ritos contra la tradición. Empecé a entrar con el pie izquierdo a la cancha, paso por debajo de las escaleras, juego con la 13, un poco para erradicar esos mitos y demostrar que se puede construir un camino haciendo lo que normalmente se interpreta como de mala suerte.

—Eres de hacer bromas en la cancha. Leí una vez que ibas entrando al área y les dijiste a los defensas: “Cuidado, muchachos: ¡Se viene el tsunami del área!”. ¿Lo sigues haciendo?

—Fue un par de veces. Cuando me di cuenta de los daños que causa un tsunami, entendí que no estaba bueno utilizar el término porque murió mucha gente y se puede malinterpretar, y ese no era mi afán.

—¿Pero sigues con ese tipo de bromas?

—Si vos ves, normalmente soy muy pasivo y amigable. No entiendo a aquellos que “se transforman en la cancha”. Si estoy jugando contra un amigo y queda una pelota dividida, no iré a partirlo. Un amigo sigue siendo amigo y no voy a ir con mala intención, iré con las mismas ganas de ganar esa dividida como voy a ir contra alguien que no conozca y voy a querer ganar, disfrutar el juego. Voy a querer jugar mejor que el rival, mejor que quien me marca.

—No haces esa separación.

—No me va eso de tener tres huevos y aquí vengo yo que soy guapo y me las voy a llevar. No, fútbol. Quiero jugar, quiero disfrutar. Y voy a entender si un defensa viene y me marca fuerte, no me voy a molestar. Me ha pasado, por ejemplo, que un defensa contrario erra un penal y le digo dale, levantá, esto pasa en el fútbol, sobre todo cuando uno es joven. Trato de romper con el saquito de rebelde y de acá mando yo. No es mi filosofía de vida. El fútbol es para disfrutarlo. Con responsabilidad, con compromiso, pero disfrutar, porque es un juego. Siempre lo digo: de chico nos íbamos al campito y decíamos vamos a la guerra, a jugar a la lucha. No, vamos a jugar al fútbol. Esa esencia no se puede perder.

***

 

Si Timoteo Carrasco —ex entrenador de la selección uruguaya sub-17 de básquetbol— hubiera sido más permisivo, quizás el quinto penal, ese picotón para algunos hermoso, para otros irresponsable, que clasificó a Uruguay a las semifinales del Mundial de Sudáfrica 2010 en un partido inolvidable contra Ghana, no hubiera sucedido.

“Compartí con Alexis en River. Era muy receptivo, humilde, respetuoso y eso lo hacía muy querible, porque se sabía su potencial. También tenía salidas muy graciosas”.

La escena, decisiva para la historia del fútbol uruguayo, sucedió cuando Abreu tenía 16 años y su futuro parecía estar en el básquetbol. Desde pequeño había jugado fútbol, también, pero no se decidía por ninguno de los dos. Hasta que llegó aquel día, cuando después de un entrenamiento, Carrasco les dio libre hasta la medianoche. Junto a un amigo, el joven Abreu fue a un pool. Se les pasó la hora. Llegaron atrasados. Al otro día dieron la nómina final. Abreu quedaba fuera por indisciplina. Sólo él.

—Como mi amigo era más alto, medía 1.96, lo dejaron. Yo tenía códigos de barrio y me quedé con eso. No se me pasó por la cabeza alegar. Me fui triste a mi ciudad e, increíblemente, a los cuatro días me llegó la convocatoria a la selección sub-17 de fútbol.

—¿Te has vuelto a encontrar con ese entrenador?

—Sí, cada vez que lo veo nos reímos y le agradezco la decisión.

—Hablando de picotones. ¿Te sentiste identificado cuando Alexis pateó así contra Argentina en la última final de la Copa América?

—No es que me sienta identificado, simplemente me da tranquilidad que tenga esa personalidad para ejecutar de esa manera. Porque uno no lo hace por el qué dirán; se hace lo que uno cree será lo más efectivo en el momento.

—Compartiste camarín con él en un River plagado de estrellas. Además de ustedes, estaban Falcao, Ariel Ortega, Ponzio. ¿Se veía lo que podía llegar a ser Alexis en ese entonces?

—Sí, tenía un potencial enorme. Y el hecho de haber estado con el Cholo Simeone en ese torneo que fuimos campeones y después haber ido al Udinese en Italia le ayudó mucho. Porque las condiciones naturales las tenía, lo que pasa es que estaba en esa disyuntiva de entender cuándo era la gambeta en velocidad y cuándo tenía que tocar. Porque muchas veces agarraba la pelota de mitad de cancha y quería gambetearse a todos. Empezó a entender dónde era productivo en lo táctico, dónde podía ser productivo su juego individual y terminó siendo un jugador fantástico, con esa madurez que tiene y que, sobre todas las cosas, mantiene ese niño que lleva dentro, pero con la responsabilidad de un líder. Y cuando uno ve a los compañeros con los que tuvo una buena relación crecer, explotar, ser figura, se termina generando un orgullo de decir: “compartí cancha con él”, con Claudio Bravo también. Cuando uno los ve, recuerda los momentos en el vestuario y se disfruta. Alexis era muy receptivo, muy humilde, respetuoso y eso lo hacía muy querible, porque se sabía su potencial, pero se le valoraba más por la humildad de estar siempre dispuesto a escuchar.  Él en el vestuario era muy cómico, muy divertido. Tenía salidas que nos generaban mucha risa.

—¿Alguna que recuerdes?

—Después jugó en el Barcelona, pero él siempre bromeaba con festejar los goles mostrando el abdomen como Cristiano Ronaldo. Entonces estábamos en los entrenamientos y practicábamos definiciones, y por ahí te decía: “Mira, si hago un gol lo celebro como Cristiano”. Y hacía un gol en la práctica y corría y se tiraba resbalando de rodillas al pasto llevando la camiseta a los dientes para mostrar el abdomen. Y bueno, cosas como esa.

—¿Estás de acuerdo con que se ha generado una rivalidad tan grande entre chilenos y uruguayos en el último tiempo?

—Sí, porque Chile se ha transformado en una selección supercompetitiva, ganadora y también por la jugada famosa en la Copa América del dedo. Es una mezcla.

—¿Qué te pareció esa jugada?

—Para mí ya fue. Ni opino porque me parece que se le dio demasiada trascendencia a un hecho aislado, que no tendría por qué ser el centro de atención en un diálogo futbolístico. Son cosas que pasan y que no deberían pasar.

—¿Tú hubieras reaccionado como Cavani?

—No, yo no soy de reaccionar. Me ha pasado, pero tengo una forma de poder administrar esa situación, pero porque ya me ha pasado.

 

***

 

Abreu ha sido dirigido por Manuel Pellegrini, Martín Lasarte, el Maestro Tabárez y Diego Simeone, entre otros. En Dorados de Sinaloa, en México, se hizo amigo de Guardiola. Con ellos, dice, intenta ser una esponja; absorber todo lo posible para cuando, como dice su amigo Juan Manuel Lillo, hoy ayudante de Sampaoli en Argentina, “el entrenador le gane al jugador”. En agosto da el último examen de entrenador en la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino. Dice que no lo había contado antes porque podía ser mal visto.

—En todo orden de cosas, hay gente buena y mala leche. En el fútbol, lo mismo. A veces, si hay un jugador grande, con personalidad, empiezan a decir que quiere aserrucharle el piso al entrenador. Porque queda fácil: Abreu tiene 40 años, quiere ser entrenador, y a veces se utiliza para generar un mal ambiente. Pero ahora que doy el examen no tiene sentido esconderlo.

—¿Cómo será el “Loco” Abreu entrenador?

—Tratará de entregar las ideas de la forma más simple posible, siempre transmitiendo la pasión. Buscaré un equipo competitivo, dinámico, dentro de las características de los jugadores que tenga, tratar de adaptar la idea a lo que tengo. Tiene que haber una identidad, que no quiere decir un mismo sistema. Sistemas puede haber dos, tres. La identidad tiene que ser la misma. La mentalidad, la convicción. Pero lo del sistema va a ir siempre de la mano de las características de los jugadores. Es un desafío hermoso, debe ser fantástico pensar que el fin de semana verás a tu equipo reflejando en el partido lo que trataste de transmitirles.

—En esa línea, te has declarado fanático de la democracia corinthiana. Aquel movimiento liderado por Sócrates, capitán del Corinthians que, en plena dictadura brasileña, estableció un modelo donde decisiones como las contrataciones, las reglas para las concentraciones eran decididas a través del voto igualitario de sus miembros. Donde el voto del entrenador valía lo mismo que el de un dirigente o un jugador, por ejemplo.

—Total. Es algo que quiero incorporar. En base a lo vivido y en lo que vivió Sócrates en una etapa en la cual estaba complicado lo político en ese país. Era complicado hablar en Brasil que el jugador no concentre, como hasta el día de hoy; que él llegara, propusiera eso y fuera aceptado y respetado, pensé por qué no poderlo incorporar el día de mañana como entrenador, dándole la responsabilidad al futbolista, creyendo en él. Y el día previo a la concentración pasar con un listado y decir quién concentra, quién no. Generás un compromiso para que él mismo se valore y vaya decidiendo. No es inventar nada, lo hizo Sócrates y generó el vínculo de responsabilidad más grande entre entrenador y jugador.

—Terminemos con los penales. Acá todos esperarán que piques alguno en caso de que te toque.

—Llevo 24 picados, erré dos. Pero como Picasso hizo su mejor obra y no la repitió, quedémonos con la imagen positiva del penal de esa manera, el que pateé con Ghana. Y por más que los arqueros crean que es mentira, para que cuando llegue el partido se tiren a un costado, y me esperen hasta último momento, date cuenta de que desde 2011 hasta hoy no volví a ejecutar más penales de esa manera. Igual, ¿quién te dice que el subconsciente no me traiciona camino a patear y cambio de opinión?

* Abreu Periodista

—Así como pudiste ser basquetbolista, también pudiste ser colega nuestro, ¿no?

—Claro, fui periodista del diario Serrano. A los 15 años.

—¿Es cierto que una vez te entrevistaste a ti mismo?

—Exacto. Me pidieron que fuera a cubrir la final de básquetbol de juveniles entre Olympic y Libertad. Y como era la final, que le hiciera nota al goleador del torneo y campeón. Yo jugaba en Libertad, donde era dirigido por mi padre. En ese partido hice 54 puntos, fuimos campeones, fui goleador y mejor jugador del torneo. El partido terminó a las 10 de la noche, llegué a casa, me bañé. Tenía que hacer la crónica para el otro día. Y era la época antigua, entonces se metía como parche al final, la metían los impresores directo en el diario. Y como todo lo que me habían pedido justo me había tocado a mí, bueno, pecando de la falta de experiencia, me hice la nota a mí mismo. El error fue que la firmé. Si no lo hacía, pasaba. Pero firmé Sebastián Abreu, una entrevista a Sebastián Abreu. Entonces al otro día salió el periódico y era el comentario del pueblo. Vino la exigencia del director que la próxima vez, si me tocaba jugar, le avisara para que mandara a otro a cubrir porque si no perdía un poco de credibilidad el periódico.

—¿Recuerdas qué te preguntaste?

—Como éramos campeones, puras cosas positivas. Qué sentís en este momento, a quién le dedicás el título, qué significa ser goleador, campeón. Qué significa salir campeón con tu padre. Todas positivas, no había polémicas.

—¿Te ha quedado ese bicho? ¿Te gustan los medios?

—Me ha tocado cubrir como analista la Copa América de Chile, el Mundial de Brasil. Para ese tipo de cosas me ha gustado. No sé si me veo por una temporada completa hablando de una liga, de un torneo, porque me di cuenta estando ahí de que me gustaría ser entrenador. Porque de arriba veo cosas pero no puedo modificar cosas en el campo. Veía cosas, pero no participaba. Por eso mi anhelo para más adelante es ser técnico. Ahora, como las copas América y mundiales son otro tipo de torneos y te incrementa el conocimiento porque ves el mejor fútbol, eso está bueno. No lo descarto, pero no es una prioridad.

—¿Lees bastante también, no?

—Sí, pero cosas que me identifiquen. De liderazgo, de deportistas. Me gustó Liderar en tiempos difíciles, de Juanma Lillo, cosas de Valdano. En este momento estoy leyendo un libro de Daniel Baldi, una historia verídica pero ficcionada, donde habla de sueños por cumplir de un niño que termina siendo futbolista y sobre las necesidades y carencias que tiene que vivir. Mi mundial, se llama. De hecho, ahora estrenaron la película.

—La murga también ocupa un lugar importante.

—Más que la murga, el candombe. Soy afrodescendiente por parte de mi padre y tenemos la cultura de candombe, una música típica uruguaya como es el carnaval, la murga, que es otro tipo de género, pero que sí tengo arraigada esa cultura carnavalera. Es una forma de sentir la vida, que se traslada a través de la música, la alegría.

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