Por Diego Zúñiga Abril 20, 2018

Hay nombres que se repiten siempre en cada muestra que se hace sobre “arte latinoamericano” y que han configurado —para bien y para mal— lo que hoy entendemos por ese término. Aquí, en la muestra Grandes artistas latinoamericanos. Colección FEMSA que se está exhibiendo en el Centro Cultural Palacio de La Moneda, están por supuesto: Diego Rivera, Frida Kahlo, Roberto Matta, Botero, Torres García, Fernando de Szyszlo, Siqueiros, Tamayo, Guayasamín, Remedios Varo, Guillermo Kuitca, Liliana Porter, Gabriel Orozco, Alfredo Jaar, Cildo Meireles y Wilfredo Lam, entre otros.

Son 170 obras de más de cien artistas pertenecientes a la colección de la multinacional FEMSA que nos entregan una mirada sobre Latinoamérica que a ratos se vuelve demasiado obvia, como quien nos cuenta una historia que ya escuchamos más veces de las necesarias.

Lo interesante, por supuesto, son los quiebres, las grietas que surgen entre el paisaje, la violencia y los cuerpos. Las fisuras de un discurso —de un continente— que está siempre cambiando. En ese sentido, las mayores revelaciones vienen desde México —el lugar de origen de FEMSA—, donde destacan las fotografías de Oswaldo Ruiz (1977) o las pinturas del Dr Atl, un personaje fascinante que fue el ideólogo del muralismo mexicano y profesor de Rivera, Siqueiros y compañía. Entremedio, un tríptico de Carla Rippey (1950) hecho con grafito sobre papel —sí, Carla Rippey: la misma que inspiraría uno de los personajes de Los detectives salvajes de Bolaño—.

Miramos Latinoamérica e inevitablemente nos detenemos en aquello que conocemos, nos buscamos en las pinturas, en las instalaciones, en las fotografías: allá están los acantilados de Raúl Zurita; por acá el registro de la intervención Estudios sobre la felicidad, de Alfredo Jaar; más allá los neones de Iván Navarro y en el suelo el continente de América hecho de telas por Francisca Aninat. Sin embargo, quizá una de las obras que más llaman la atención es La XXIV historia del rostro, de Eugenio Dittborn, una de sus pinturas aeropostales, esas que muy pocas veces se han exhibido en Chile, y que registran una parte importante de nuestra historia reciente.

En esos pliegues, en esas grietas, encontramos otra Latinoamérica –otro Chile, incluso—, alejada de los lugares comunes con los que se nos define habitualmente. Mucho más cerca del humor, del desparpajo, de lo inesperado.

 

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