Por Marisol García Agosto 29, 2016

«Todo mexicano se sabe de memoria tres canciones —leemos en los comentarios bajo un video de YouTube—: 1. el Himno Nacional; 2. “Las mañanitas” y 3. una de Juan Gabriel».

Es importante recordar al célebre mexicano fallecido el pasado domingo también como un autor. El impacto de su cancionero podría ubicarlo en un lugar de popularidad comparable al de clásicos de la tradición romántica de su país como José Alfredo Jiménez, Agustín Lara o Roberto Cantoral, mas no en un nivel poético o autoral que puede asemejárseles. No es que Juanga sea «menos», en un sentido de comparación jerárquica, sino que sus letras eran sólo una parte de su identidad, encandiladora también por un montón de elementos biográficos y por claves interpretativas que dejaban a sus canciones muchas veces supeditadas a su figura y personaje escénico.

Por poner un ejemplo, “María bonita” se expone en su esplendor no importa mucho quién la cante. Pero quien toma “Hasta que te conocí”, en cambio, lo hará siempre como un tributo al autor crecido en Juárez.

Las canciones de Juan Gabriel (nacido en 1950 como Alberto Aguilera Valadez) eran muchas cosas aparte de ser canción —o acaso eran otra cosa por completo—, y por eso no siempre se sostienen si uno las aborda con la frialdad del análisis. Su hipérbole es parte de razón de ser, y se hace inevitable buscar en el perenne drama de sus relatos claves que exceden lo que esperamos conocer de una historia particular de amor. Frente a él se activaban ansias de empatía relacionadas con la reivindicación de una diferencia (que podía ser sexual, social, de clase o incluso de trato con lo público), la liberación de una visualidad (estética, gestual) desafiante al molde, y el modelo ejemplar de un triunfo.

«Nada se le dio fácil, salvo el éxito—escribió Carlos Monsiváis, su gran defensor desde el mundo intelectual, sobre un ídolo de multitudes que conoció tempranamente la orfandad, la pobreza, el abandono materno, la cárcel y la marginación—. Surgía ante él el rencor por el éxito de quien, en otra generación, bajo otra moral social, hubiese sido un paria, un invisible socialmente».
Se veía y se escuchaba en él a toda una biografía.

En el universo Juanga el amor no es un encuentro, un accidente ni una salida sino el absoluto definitivo, la única causa de felicidad y razón para la existencia (hay un tema suyo titulado “Ya no vivo por vivir”). Su pérdida —inevitable— se experimenta como un sufrimiento de obsesividad insoportable («¿y qué voy a hacer? / ¡No sé! / No encuentro nada, nada, nada…»), que se curará no con las lecciones aprendidas sino que solamente con otro amor. Y entonces vuelta al éxtasis y al drama.

Por eso, y si es por volver a frases hechas, puede uno tomar legítima distancia de aquella idea que circula en torno a que no disfrutar de al menos una canción de Juan Gabriel «es no saber nada de amor». El amor en el universo del cantante no es el mismo que nos llega a nosotros, simples ocupantes de su espacio, dueños de vidas simples y planas, sino una construcción ficticia que se levanta y se entiende dentro de un cosmos particular, que no es el empírico sino el escénico, y que como tal pudo permitirse ser todo lo excesivo y catártica que se le antojara. Con eso asimilado, se valora aún mejor el talento en la construcción de un personaje, en el pulimiento de una identidad distintiva, que en verdad es el objetivo más difícil en la competencia de la música popular. Y se entiende, también, que frente a él los juicios en torno a la cursilería o los gustos del pueblo no caben sino como observaciones del analfabetismo emocional y social de quienes intentan leer con lupa lo que está escrito con tipografía tamaño gigante.

«Cosas que aprendí viajando a México: que bajo ningún concepto, aunque estuvieras rodeado de modernos y rockeros, podías burlarte de Juan Gabriel», observa en su obituario el gran crítico español Diego A. Manrique. Hay cosas más importantes que la opinión y más imperecederas que el gusto, y quizás sean todas esas cosas las que el propio Juan Gabriel sugería en un mensaje desplegado a megapantalla completa durante el montaje de su última gira, clausurada sin querer el viernes pasado en California:
«Felicidades a toda la gente que está orgullosa de ser como es».

El reconocimiento es una fuerza movilizadora. El dejarse ser quien se es, el más liberador de los esfuerzos. Juan Gabriel era el ejemplo contemporáneo de una épica personal que consiguió ser más grande que su música.

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