Por Diego Zúñiga Diciembre 13, 2012

La novela estaba ahí, en la vitrina de una librería de París. Su portada negra, las letras amarillas, el dibujo de un juego cuyo nombre es, también, el del libro.

Luis Harss tenía poco menos de 30 años cuando vio la novela ahí, en el escaparate de esa librería, y recordó lo que le había dicho un amigo en Buenos Aires antes de partir a Francia: 

-Allí vive un escritor argentino muy bueno. Es amigo mío. ¿por qué no lo buscas?

Ese escritor argentino era Julio Cortázar y esa novela que estaba mirando Harss, en el escaparate de la librería, era nada menos que Rayuela (1963). 

Lo que hizo, entonces, fue entrar a la librería, comprar la novela, volver a su hotel y no salir por un buen rato, porque no podía dejar de leerla.

Cuando terminó, Luis Harss era otro. Como lector, al menos, empezaba a descubrir un lugar que cambiaría, por completo, la geografía literaria del siglo XX. Porque en ese momento, en esos años 60, la literatura que importaba era la europea y la estadounidense. Harss había estudiado, de hecho, en Stanford, California. Pero Latinoamérica no existía. Salvo algunos poetas -como César Vallejo y Neruda que, justamente, habían vivido en Europa-, la literatura de este lado del mundo era un misterio. Hasta que aparecieron ellos: eran jóvenes, entusiastas, amigos. Profundamente talentosos. Se llamaban Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa. Habían publicado sus primeros libros, y en el caso de García Márquez, ni siquiera había terminado de escribir Cien años de soledad. Eran un secreto que empezaba a expandirse, y uno de sus descubridores, el primero que se dio cuenta de que aquí había algo distinto, de que sus libros estaban destinados a cambiarlo todo, fue ese joven que se detuvo frente al escaparate de una librería y compró Rayuela.

Cuando terminó de leerla, Harss consiguió el teléfono de Cortázar, lo llamó, se juntaron, lo entrevistó y ahí empezó esto. Después de esa entrevista, después de que hablaran de sus cuentos y de esa novela tan particular, Cortázar le recomendó contactar a Mario Vargas Llosa, y así durante dos años Harss los empezó a conocer a todos, a este grupo, a esta pequeña mafia literaria que se terminaría transformando en el Boom latinoamericano y que él, que Harss, los reuniría en un libro que se convertiría en un mito.

El libro se llama Los nuestros, se publicó en 1966 y contiene diez entrevistas realizadas en Francia, Italia, México, Brasil, Uruguay y Argentina, cuando casi ninguno podía imaginar que se terminarían transformando en los autores que cambiarían, para siempre, la literatura latinoamericana.

Pero aquí está el libro, reeditado por Alfaguara el mes pasado, en España, a propósito de la  celebración de los 50 años del Boom, que coincide con la fecha en que Vargas Llosa publicó La ciudad y los perros. Y aquí está Luis Harss (76), el chileno que, para muchos, inventó al Boom latinoamericano.

***

Los nombres, en orden de aparición en el libro, fueron los siguientes: Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, João Guimarães Rosa, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. 

Era noviembre de 1966. Tiempo después Los nuestros alcanzaría las 10 ediciones, García Márquez publicaría Cien años de soledad y sería un éxito sin comparación posible, Borges se moriría sin recibir el Premio Nobel de Literatura, Asturias y García Márquez sí, Cortázar nunca volvería a escribir nada parecido a sus cuentos y Rayuela, varios de ellos obtendrían el Premio Cervantes, varios se pelearían entre sí, Rulfo moriría en silencio y se convertiría en un imprescindible sólo con dos libros, Onetti se retiraría del mundo y nunca más saldría de su casa, Vargas Llosa intentaría ser presidente de Perú y obtendría, finalmente, el Premio Nobel en 2010.  

¿Y Luis Harss? ¿Qué pasó después de 1966 con Luis Harss?

Lo primero que pasó es que nunca más los volvió a ver. Tuvo, eso sí, que responder muchas veces por el libro, por la elección de los nombres, pero, sobre todo, por las ausencias, por los nombres que dejó de lado porque eran autores que no le interesaban: José Donoso, Ernesto Sabato, Clarice Lispector, Augusto Roa Bastos o Guillermo Cabrera Infante, a quien sí conoció tiempo después y se hicieron amigos.

Al único que vio, mucho tiempo después de entrevistarlo, fue a Julio Cortázar.

-Con él me pasó algo raro. Dio una charla en Nueva York, lo fui a saludar, él estaba por hacer una gira en auto por el país, no sé qué oscuridades perseguía, tenía estas andanzas solitarias. Dijo que me iba a llamar cuando pasara por mi casa, y una vez en medio de la noche sonó el teléfono y no sé cómo supe que era él en la otra punta del país, en otra zona y otra hora, pero cuando me desperté lo suficiente como para contestar había colgado... 

Luis Harss tenía 30 años cuando publicó Los nuestros. Nació en Valparaíso en 1936, pero vivió muy poco tiempo en Chile.

-Mis padres se divorciaron cuando yo era chiquito y me crié en la Argentina, muy distanciado de los chilenos, aunque dicen que me parezco más a ellos que a nadie. Recuerdo unos meses que pasé en la escuela Grange, en Santiago. Me nacionalicé argentino más adelante. Tenía mucha confusión en la cabeza. Mi mamá, nacida en Managua, me tenía anotado como nicaragüense. Uno qué sabe quién es. Ahora soy ciudadano de los Estados Unidos.

Ahora, Luis Harss vive en Pennsylvania y ha tenido que hacer memoria para recordar todo el proceso que significó escribir Los nuestros. Porque la historia del libro es singular: primero se encontró con Rayuela, luego entrevistó a Cortázar y recordó el encargo que le había hecho tiempo atrás un editor de Nueva York: una serie de entrevistas a escritores latinoamericanos.

Entonces, ésta era la posibilidad. Y lo hizo. Y Los nuestros fue, primero que todo, un libro escrito en inglés cuyo título original es: Into the Mainstream: Conversations with Latin-American Writers. El problema es que el editor se suicidó poco antes de que el libro se publicara, entonces Los nuestros se quedó a la deriva hasta que Paco Porrúa, el mítico editor de Sudamericana, se enteró, por Cortázar, del proyecto, y le propuso a Harss traducirlo.

-Yo no había previsto una edición en español, se dio nomás. Paco era un entusiasta. Me ayudó a traducir mis textos, con el apuro. En esa época, muy desconectado de ese mundo, yo apenas sabía componer una frase en español. Fue un proceso penoso y torpe. Quedaron incoherencias, hilos sueltos. Para esta nueva edición de Alfaguara he hecho muchas correcciones de estilo.

Al momento de hacer el libro, Harss no era un experto en literatura latinoamericana. Sin embargo cuando leemos Los nuestros pareciera que Harss lo había leído todo. Hace comentarios inteligentes, agudos, no escribe postales inofensivas acerca de los autores. 

-Justamente porque miraba desde afuera, sin compromisos ni ideas hechas, dije lo que me daba la gana, y puse el énfasis más bien en gestos y actitudes, como si moviera personajes de una novela. Evité la jerga y la mayoría de las pedanterías con que los enjundiosos críticos literarios encaran sus temas -dice.

La entrevista más difícil fue la que le hizo a Alejo Carpentier.

-Quizá porque me disgustaba personalmente el personaje -explica y agrega-: Y la de Guimarães Rosa porque era demasiado difícil de leer en el original. Lo leí en francés y mi colaboradora (Bárbara Dohmann) en alemán, y comparábamos. La entrevista se hizo en una ensalada de idiomas de la que el buen Guimarães se reía porque le parecía todo un gran chiste. 

-¿Y cómo fue entrevistar a Borges?

-Borges ya había publicado casi todo lo que importaba (Ficciones, El Aleph). Pero yo no conocía ni entendía bien sus cosas, por eso me concentré más en la figura, en sus sombras, su presencia en la ciudad, donde él decía que sus paseos iban dibujando los rasgos de su cara. Es un poco escalofriante pensar que casi todos los locales exóticos de los cuentos de Borges se sitúan mentalmente en las calles y casas de Buenos Aires. Cuando lo vi, pensé que él no me veía, pero que me imaginaba a mí también.

-¿Qué le pareció el texto que publicó en El País Diamela Eltit, donde mencionaba la importancia del mercado que hubo detrás del Boom?

-Diamela Eltit arma un “muñeco de paja”, como dicen los americanos. Es decir, inventa un blanco para poder dispararle un tiro. Por supuesto que el Boom fue un acontecimiento publicitario y comercial, la misma palabra lo dice. Una explosión editorial, el crecimiento masivo del público lector, la difusión a través de una prensa que empezaba a ser “mediática”, etc. Pero eso ni quita ni agrega al mérito de las obras.

***

Dice que no sabe en qué momento despegó el libro. Que pensaba que sólo le interesaría a los estudiantes, pero no. El libro explotó justo en el momento cuando Vargas Llosa y García Márquez y Cortázar empezaban a ser autores reconocidos en todas partes.

-Casi tuve que huir de ese libro que se identificó con mi nombre. Yo, en cambio, nunca me identifiqué con él  -dice Harss.

Y no se identificaba con él porque cuando lo publicó, él también era un escritor. Había publicado dos novelas en inglés y venía otra en camino. 

Después de publicar el libro, Harss desapareció. Tomás Eloy Martínez, en una entrevista que le hizo en 2008, cuenta que a principios de ese año le escuchó a García Márquez preguntar: “¿Qué se ha hecho de Luis Harss? ¿Quién ha sabido algo de él?”.

Y Harss responde ahora:

-Los nuestros me revolucionó todo. Me resurgió una identidad perdida. Quise ser un escritor argentino, a mi modo, pasé años luchando con esa dificultad. A nadie le interesaba lo que yo quería hacer, era demasiado raro o ajeno. Hace poco autopubliqué fragmentos que fui juntando a través de los años y que hasta ahora nadie ha visto. Se llama Momentos de vida. Publicar así es una forma de salir sin que nadie se dé cuenta. Ahora trabajo en inglés -dice.

Tras décadas haciendo clases de Literatura en distintas universidades norteamericanas, Harss ahora está retirado. Anda en bicicleta por el pequeño pueblito de Pennsylvania en el que vive, donde hay ciervos y ardillas. Dice que está terminando un libro sobre unos santos vagabundos.

 -¿Cómo siente que envejeció el Boom? 

-La verdad, no estoy nada actualizado. Releo algunas cosas que me significan. Borges sigue vivo para mí. Hay algo mío en Cortázar, en Rayuela. Algunos autores han dejado totalmente de interesarme. No tengo una opinión global sobre el Boom. Creo que no se puede ignorar. Haber leído a García Márquez es tan fundamental para un escritor joven de cualquier nacionalidad como haber leído a Faulkner.

-Sé que ha leído a Bolaño y que le han gustado algunos de sus libros. ¿Siente que podría haber sido uno más de Los nuestros? ¿El último del grupo?

-Sí, para mí Bolaño es de esa familia, vivía y escribía en profundidad.

 

Relacionados