Por Diego Zúñiga Noviembre 1, 2012

Está el ruido de las máquinas, que no se detienen. Están los golpes y los murmullos de los maestros trabajando, cortando. Se escuchan los golpes adentro de ese galpón que es la galería de artes visuales de Matucana 100, donde Juan Pablo Langlois Vicuña (76) no deja de hablar. Describe, con tranquilidad, cada una de las obras que en unos días más llenarán este lugar. Sus obras. Las que viene haciendo desde 1969 y que lo han situado como uno de los artistas visuales más importantes de las últimas décadas. El primer artista -dicen varios historiadores del arte- que realizó una instalación en Chile.

-Aquí van a ir los dibujos de los 70 -explica indicando una pared- y ahí van a estar los libros, al medio, en una vitrina, pero no se podrán tocar.

En esos libros están contenidos los registros de su obra. Desde Cuerpos blandos -entre los que se pueden ver fotos de esa primera instalación, realizada en el Museo de Bellas Artes- hasta De Langlois a Vicuña, el último libro que publicó en 2009 y en el que están las huellas de todo su trabajo, el mismo que se podrá ver desde el próximo 6 de noviembre en Matucana 100, cuando se inaugure Juan Pablo Langlois: Retrospectiva 1969-2012.

Ahí se podrán ver los libros -a través de un video que los mostrará, pues muchos de ellos están a punto de desarmarse- y también varias de las obras que aparecen en esos libros: sus dibujos, los objetos de los 80, las esculturas hechas con papel de diario y los videos donde estas esculturas cobran vida a través del stop motion.

Es el último viernes de octubre, sólo quedan unos días para la inauguración de la retrospectiva y Langlois, cuando termine de describirme cómo quedará la exposición, me dirá:

-Lo que más me carga es el título: Retrospectiva… ¡Me desespera! ¿Por qué no pensamos otro nombre? ¿Por qué no lo cambiamos?

Lo va a decir después de hablar de una idea que siempre lo ha acompañado: todo es efímero, la obra material no es trascendente, no importa destruir lo que uno hace.

-Pero una retrospectiva es lo contrario de la destrucción, ¿no?

-Es exactamente lo contrario. ¡Por eso me carga! Pero hay un momento en la vida en que uno dice: “Ya, renuncio a todo lo que he dicho”. Capaz que diga otra cosa mañana. Capaz qué cosa voy a decir.

***

Una de las cosas que va a decir es esto: que el responsable de todo es Gonzalo Pedraza (30). Que hace dos años, el joven curador -a cargo del área de Artes Visuales de Matucana 100- le dijo a Langlois que quería hacer una retrospectiva de su obra. Langlois lo miró extrañado, se rió y le dijo: “¿Para qué?”.

Langlois, el hombre de las obras de arte efímeras, de esas esculturas hechas de papel de diario que muchas veces terminaron en la basura, era convocado para realizar una exposición que apuntaba hacia el lado contrario: una retrospectiva como el gesto definitivo de la conservación, la señal de que las obras perduran y, además, un dato que no puede pasar inadvertido: las retrospectivas generalmente se hacen cuando el artista ya está muerto. Y Langlois está más vivo que nunca. A veces cansado, a veces no, pero más vivo que nunca.

-Vi a Gonzalo muy decidido. Entonces le dije que bueno, pero que se encargara él.

No fue fácil: muchas de las esculturas que había hecho Langlois a lo largo de su vida ya no existían. Algunos de los objetos que realizó durante los 80 tampoco estaban. Y no se podía reproducir Cuerpos blandos, esa primera instalación que hizo en el Museo de Bellas Artes en 1969, donde llenó unas mangas de bolsas de basura con papel de diario hasta darle una forma parecida a una serpiente gigante que recorría todo el museo hasta salir, incluso, y rodear una palmera que está en la fachada del recinto.

-Pasamos mucho tiempo buscando material -cuenta Pedraza-. Registrábamos en los cajones de su casa, en su taller, hasta que empezamos a encontrar obras.

Fueron cerca de 160, por lo que Langlois le dijo que debían escoger las más emblemáticas. Así, empezaban a darle forma a lo que sería la retrospectiva.

***

Camino junto a Langlois por el galpón de Matucana 100 y me va describiendo cada obra que estará expuesta, me va contando, de alguna forma, su biografía y también la historia de las últimas cuatro décadas de nuestro país.

Juan Pablo Langlois Vicuña nació en Santiago, estudió Arquitectura en la Universidad Católica de Valparaíso donde conoció, entre otros, a Godofredo Iommi, quien le enseñó a pensar la arquitectura desde un lugar más cercano al arte que a hacer, simplemente, planos. Entonces vivió en Valparaíso por cuatro años, hasta fines de los 50. Cuando volvió a Santiago, primero trabajó en un estudio de arquitectos y luego en la administración pública, donde terminó en uno de los puestos más altos de la Junta de Aeronáutica Civil.

-Trabajé más de 20 años. Al principio recorríamos Chile para ver lugares donde se pudieran hacer pistas de aterrizaje de emergencia. Después me dediqué al tema del tráfico aéreo.

Ahí trabajó hasta el 2000. Se casó dos veces, tuvo cinco hijos, tenía que mantenerlos.  Pero entremedio de todo ese trabajo más formal y de oficina, Langlois fue capaz de armar una obra que no ha cesado de mutar. Porque primero fue una instalación, y luego volvió a montar en el Museo de Bellas Artes una obra llamada Monumentos (1971) -en la que expuso una serie de pedestales sin esculturas, es decir, sólo la base-, después pasó a los dibujos y algunos objetos, hasta que en los 70 empezó a experimentar con las esculturas de papel de diario. Ese material era el que tenía más a mano: los diarios, la cola fría, algunos alambres. Eso fue suficiente para comenzar a trabajar en una de sus obras más representativas: primero fueron personas, pero también hizo árboles, caballos e incluso un auto de tamaño real y también una muralla. Casi todo eso se perdió. Sólo quedaron, para esta retrospectiva, tres figuras y decidió, además, volver a hacer esa muralla, que es la que lo recibe a uno cuando entra a la exposición: debemos recorrer un pasillo largo, junto a la muralla, antes de entrar al mundo de Langlois. Antes de ver sus libros y los dibujos y esos objetos que decidió empezar a armar, una vez que se aburrió de las esculturas, durante los 80. Y ahí resalta, por sobre todo, El carnet sentimental, obra en la que vemos adentro de un florero, flotando en el agua, el carné de Langlois intervenido con la frase: “Nadando en mi carnet te espero vida mía”.

En plena dictadura, cuando distintos artistas, como Eugenio Dittborn, Gonzalo Díaz y Carlos Leppe armaban una obra transgresora y política, Langlois optaba por volcarse a los objetos más personales, a una intimidad.

Fue amigo de algunos de esos artistas -admira la obra de Dittborn y las fotografías de Paz Errázuriz-, pero nunca se sintió parte de ese grupo. De hecho, Cuerpos blandos pasó inadvertida por la crítica hasta que en los 80, con el boom de las instalaciones, críticos y artistas se fijaron en esos primeros trabajos de Langlois.

-Me siento un poco ajeno al mundo de los artistas. Yo no soy muy bueno para hablar del arte y esas cosas. Esa gente que habla del arte desde el punto de vista de la teoría no me gusta. Ese raciocinio no me interesa.

Por eso Langlois no ha hecho clases en la universidad ni ha dictado talleres. No tiene discípulos, pero sí muchos amigos jóvenes, artistas y estudiantes, que se han acercado a él para hablar de su obra. Durante los 90 trabajó en un proyecto llamado Misses, en el que buscaba, a través de esculturas, dibujos y fotocopias, plantear el tema de la belleza, discutir sus cánones. Lo expuso en el Bellas Artes y se puede ver, nuevamente, en esta retrospectiva.

Fue en el 2000 cuando se volvió a obsesionar con las esculturas. Se obsesionó, en realidad, con la posibilidad de crear una persona.

***

Era una mujer a la que había querido mucho, pero que ya no estaba a su lado. Hace mucho tiempo que no la veía, entonces quiso darle vida a ese recuerdo. Quiso, en realidad, hacer una figura lo más parecida a esa mujer. Darle la forma de sus ojos y de su boca y moldear esa cara y esas piernas y esos hombros.

Quiso crear de nuevo a esa mujer.

-Por supuesto que no quedó igual -dice Langlois-, pero apareció una figura y así me puse a pensar en las relaciones.

Y así volvió a hacer esculturas con papel de diario y a darle forma a una de sus obras más importantes: Papeles ordinarios, en la que Langlois planteaba el tema de las relaciones marginales, de afectos, entre lesbianas, homosexuales, todo en un contexto de pobreza. Imágenes perversas, hombres y mujeres famélicos, como si fueran los protagonistas de una película de terror.

Tiempo después las filmaría en stop motion junto a Nicolás Superby -la idea original de la animación fue de Joaquín Cociña- y se transformaría en la exposición Recetario/Papeles sádicos, que se montó en galería AFA y con la que ganaron el Premio Altazor 2012.

Cuatro videos -tres en stop motion- en los que se puede ver interactuando a estas esculturas hasta llegar a una última imagen en la que el mar se lleva a una pareja. Los destruye. Está ahí, en esa composición, la poética de Langlois llevada al extremo: ya no existen esas esculturas -sólo algunas que se pueden ver en la retrospectiva-, pero queda el registro audiovisual, el momento en el que todo se acaba.

-Trabajamos más de dos años, sacamos más de 16 mil fotos. La otra vez sacamos la cuenta de que caminamos 104 km, porque debíamos sacar una foto, ir al escenario, mover un centímetro las esculturas, volver, sacar la foto -cuenta Langlois. Dice que no lo volvería a hacer.

-¿Pero está trabajando en una nueva obra?

-No, ya no me da el cuero para hacer una obra, es un trabajo físico importante. Es agotador. Me falta la fuerza vital para decir: quiero ver esta imagen en forma concreta. Pero en realidad ya la imaginé, ¡ya no necesito verla!

-Me imagino que es raro que esto sea una retrospectiva. Casi siempre se hacen cuando los autores están muertos.

-Sí. Tengo miedo del día de la inauguración. ¿Y si no alcanzo a llegar? -dice y se ríe-. Me siento raro jugando al papel de casi muerto. Pero bueno, vamos a ver qué pasa ese día.

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