Por Alberto Fuguet* Junio 14, 2012

Hay que tratar de no juzgar a un libro ni por su portada ni por su título. En este caso, Desarticulaciones (Eterna cadencia, 2010), el que me remite más a un inexpugnable paper académico que a la poderosa e intensa reducción literaria que ha escrito la crespuscular argentina Sylvia Molloy. Por suerte la autora, famosa crítica literaria, de las densas, y sinónimo de lo que durante una época se llamó meta, no colocó el des entre paréntesis.

No. Pudo ser ese tipo de libro. Quizás es ese tipo de libro. Pero lo supera. Lo potencia. Deja en vergüenza ese tipo de textos que desean ser objeto de análisis. Este libro da la impresión de ser un experimento que, al descontrolarse, al conectarse con la energía de la emoción y alejarse de la impostura intelectual, termina siendo algo que sucede poco: una entrañable novela corta acerca de la pérdida, el duelo y el deterioro.

Molloy posee un prestigio académico poderosísimo (¿quién le teme a Sylvia Molloy?) y ha dejado a amigos míos impactados al sentirse innobles, incultos y pop. La autora, al parecer, es una de las mentes más brillantes e inteligentes de nuestro continente, el tipo de mujer que consideraría frívola a Susan Sontag, que ha escalado hasta una de las torres más influyentes de la academia norteamericana (hizo clases en la Universidad de Nueva York).

A pesar de todo eso, a pesar de las declaraciones de la autora (“aquí el título no lleva a nada sino a su propia desconexión, a su intemperie”), leí Desarticulaciones, esta breve novela de no-ficción pues iba a un congreso donde literalmente le iban a brindar un jubileo. Devoré este  libro (sí, eso es: un libro) con prejuicio pues me cuesta arrodillarme ante alguien que dice cosas como “no creo que sea un relato de personajes, o por lo menos, al escribirlo, no quise darle esa dimensión”. Aun así, el libro vuela, cuela y penetra. Y, a propósito o no, lo cierto es que aquí  hay historia, hay emoción, hay relato.

Para no ser “un relato de personajes”, Molloy crea dos mujeres únicas, y eso que una de ellas ya casi no existe  porque ha olvidado quién es. Y sí, es cierto: es un relato centrado en una desarticulación, pero aquí es la de una mente, de la memoria, de un pasado, de una vida. Todo es tan simple como devastador: una mujer que escribe y lee y vive en Nueva York (¿Molloy?) visita todos los días a una amiga muy cercana que padece de Alzheimer. El backstage es ambiguo: sabemos poco de la relación de ellas. ¿Qué hubo entre ellas?  ¿Cómo se acompaña a alguien que de alguna manera no sabe ya quién eres?

En “Desarticulaciones”, Molloy crea dos mujeres únicas, y eso que una de ellas ya casi no existe porque ha olvidado quién es. Todo es tan simple como devastador: una mujer que escribe y lee y vive en Nueva York (¿Molloy?) visita todos los días a una amiga muy cercana que padece de Alzheimer.

El libro comienza con una dedicatoria que es más que una dedicatoria: es la llave que abre el relato, el misterio, la agonía. 

Para M.L., que todavía está.

Luego parte, sin aviso, casi:

Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar/no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos. Tengo que hacerlo así para seguir adelante, para hacer durar una relación que continúa pese a la ruina, que subsiste aunque apenas queden palabras.

Está claro que hay un deseo (una opción) de distanciamiento y frialdad pues la amiga, a la que la narradora va a ver es M.L. Lo más probable es que se llame María Luisa o Mónica Lourdes, pero al poco rato M.L. deja de ser dos letras (una moda hipster que ningún personaje se merece) y todo se vuelve carne, emoción, desgarro.

El distanciamiento se vuelve cercano.

El artificio, verdad.

Desarticulaciones es, en ese sentido, una excepción. Es un libro cerebral acerca de la memoria, que termina siendo un testimonio en extremo emotivo. Además, es una pequeña maravilla. Desarticulado, arbitrario, híbrido; cada minicapítulo es único y no sigue una narración clásica pero acá, a diferencia de otros experimentos, hay unidad: una misma narradora (que es la autora en una suerte de no ficción pudorosa) y esta amiga que no está muerta, pero que de alguna manera ya no está. En pocas páginas, Molloy hace un bricolage y usa todo tipo de técnicas, partiendo por reflexiones que surgen de la confesión: “Para mantener una conversación es necesario hacer memoria juntas o jugar a hacerla, aun cuando ella ya ha dejado sola a la mía”.

Sus capítulos parecen los post de un blog que cerró. ¿O es un diario de vida? ¿Anotaciones en una Moleskine? Fracturas y retazos para hablar de una mente que se ha fracturado, derretido, que ya es una sombra. A Molloy le gusta hablar del “espíritu de la anotación”. Pocas anotaciones, entre triviales y sentidas, inteligentes y lúcidas, se han potenciado tanto.

Sylvia Molloy una vez dijo: “Yo no practico una escritura original, en el sentido de que no me gusta o no sé inventar. A lo mejor es por pereza. En cambio, me gusta trabajar a partir de reliquias, de restos o ruinas, a los que doy nueva circulación”.

Aquí no hay pose; la verdad se palpa. Aquí  domina la cotidianidad, la sabiduría de la que está escribiendo sin esconderse detrás de los paréntesis o los pies de página.

La autora, al parecer, tuvo la voluntad de no melodramatizar o incluso de negarle al lector lo que quiere. Lo insólito de este libro (“…hablar es buscar complicidad: nos entendemos, sabemos de dónde somos…”) es que parece frío, pero es cálido y es urgente y está cargado de años, de recuerdos, de vida. En ese sentido, quizás Molloy no logra su objetivo porque provoca cosas que claramente el “tipo de literatura experimental” no es capaz: uno empatiza, uno entiende, uno reconoce y se reconoce; al final (y quizás de eso va todo, quizás para eso está el arte, quizás para eso uno lee) uno recuerda y la memoria habla.

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