Por Álvaro Bisama, escritor y profesor de Literatura Octubre 13, 2011

Las marcas de estilo siempre son involuntarias. La semana pasada, en el debut de La doña y Su nombre es Joaquín, las nuevas nocturnas de Chilevisión y TVN, aparecieron sendos y humeantes jacuzzis. Así, mientras en la primera Claudia Di Girolamo lavaba los pecados de su sobrina abusada luego de un malón de indios; en la otra, Álvaro Rudolphy verificaba las delicias de la poligamia (ya sabemos que el líder de una secta no debe tener menos de tres mujeres y un par de amantes) en el momento exacto en que erupcionaba un volcán y se desataba un terremoto. Por supuesto, es imposible saber de dónde venía la idea de la hot-tub, pero aquello se agradecía, era un oasis tan idiota como leve en medio de un océano de violencia y miseria de todo tipo. Porque sí, por ahora desaparecieron el thriller, el humor, los asesinos seriales, el soundtrack de los 80 y los cuarentones promiscuos. Por ahora, volvieron el incesto, los secuestros, los asesinatos y degollamientos, la gente marcada con fuego, la poligamia hippie, la brujería y entierros clandestinos, el aborto y el tráfico de esclavos, las violaciones colectivas y los curas y sus cilicios, las sectas milenaristas y el porno blando.

Quizás se escapa alguna clase de perversión de la lista, pero si esperamos que termine la temporada, seguro que va a estar. En realidad, da lo mismo, porque cuesta hacer distinciones entre ambas ya que entre las 22:30 y las 23:15 horas el Chile colonial y el del presente se parecen demasiado. Son el mismo país, hecho de latigazos y caudillos desquiciados, construido a partir del relato detallado de las formas de la sumisión y los modales del abuso. Así, ambas teleseries bocetean una geografía hecha de puro sadismo, ordenada por los deseos de Joaquín y la Quintrala, donde el goce del espectador es enumerar la lista de horrores que les van a perpetrar al resto de los personajes. Tiene sentido: a estas alturas el prime aguanta de todo. Contra esto, Peleles de Canal 13, que quiere representar a una clase media atrapada entre el peso de las deudas y los límites simbólicos de una capital gris, no tiene nada que hacer. La doña y Su nombre... están filmadas desde otro lugar, más inhóspito y menos sofisticado, pero más efectivo, el de una tele que no le teme a explotar casi todo, incluso el riesgo de vaciarse y perder todo sentido. Que ambas tengan un pie anclado en la realidad (la historia colonial y el escándalo de la secta de Pirque) no importa. Por el contrario, las dos canibalizan la misma ficción televisiva como referente de origen: El señor de la Querencia (2007), que estaba escrita por Víctor Carrasco, el guionista histórico de Sabatini, que ahora escribe Su nombre...Por eso, no es raro que el papel de Joaquín, antes que Rudolphy, parezca hecho a la medida de Julio Milostich. Están ahí la seducción y la neurosis, la cara de loco, la actuación como una especie de demolición continua de cualquier sanidad mental. Aquel es el molde, que no sólo corre para el culebrón de TVN sino también para el de Chilevisión.

"Ambas teleseries bocetean una geografía hecha de puro sadismo, ordenada por los deseos de Joaquín y la Quintrala, donde el goce del espectador es enumerar la lista de horrores que les van a perpetrar al resto de los personajes".

Todo lo que vemos hoy viene de él; toda esa violencia sin tregua, los psicopatías que estallan a cada minuto, los héroes antagonistas y sin voz que apenas brillan. No hay drama acá; la tragedia está tan sobregirada que se vuelve una parodia que pierde sentido si no se da en un efecto acumulativo, en un chute de adrenalina donde no importa el desarrollo o la historia sino que la capacidad de perturbar como sea al espectador en los cinco minutos siguientes. En el caso de La doña, que la teleserie cumpla la ambición de Vicente Sabatini de hacer de Michael Mann y volver a rodar su propia obra -la mítica La Quintrala, que data de 1987- importa bien poco. No funciona, porque aunque hayan mejorado los encuadres y la ambientación, Raquel Argandoña siempre va a ser una mejor "doña" que Di Girolamo. Ya lo sabemos: la Argandoña se esforzaba por borrar cualquier máscara, explotando los intersticios de su biografía para que el espectador sospechara del mecanismo de la ficción, leyendo al personaje con las claves de ese presente de glamour falso y relaciones tortuosas que era su vida en los 80. No hay nada de eso en La doña. El riesgo va por otro lado, por pelar la cáscara de la telenovela hasta dejar a la vista los nervios y los huesos. Para el espectador, tal y como le sucedía al pobre Camacho en La tía Julia y el escribidor, la novela de Vargas Llosa, tal cantidad de estímulos lo confunde, lo ciega, lo deja mudo. Las tramas se mezclan porque hablan de lo mismo, de un despliegue vulgar de poder que se transforma en pura explotación. Ahí, si no hay una violación, un degollamiento o un azote cualquiera en el episodio del día, éste no tiene gracia, no vale la pena. En el fondo, las nuevas nocturnas son el Morandé con Compañía del presente: una gestualidad de sexploitation que se escenifica el show de un patrón de fundo que hace lo que quiere y no teme exhibir cómo reparte por igual prebendas y horrores sobre quienes lo rodean porque todos le pertenecen, porque la pantalla está hecha a la medida de sus deseos. Ahí, si algo puede degradarse, se va a degradar; si algo puede romperse, que se rompa.

 

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