Por Diego Zúñiga Septiembre 21, 2011

Él sabe, de alguna forma, lo que viene. Nosotros, los que repletamos el teatro del GAM el jueves 15 de septiembre, simplemente observamos a María Izquierdo arriba del escenario, con una guitarra y una vela, cantando en medio de la oscuridad. Se acerca el final y ella repetirá, una y otra vez, la frase "Qué patria tan desolada". Luego, la oscuridad.

Juan Radrigán (74) escucha cantar a María Izquierdo esas líneas que él escribió en  el musical Amores de cantina y sabe que ahora viene el silencio y luego, probablemente, los aplausos correspondientes. Pero lo que no sabe es que ahora, cuando ya está todo oscuro, cuando el público entiende que ha terminado la obra, los aplausos son muchos, demasiados, y que no son, simplemente, los aplausos correspondientes, sino que son otra cosa. Son el comienzo de una ovación. Son la forma de felicitar a Juan Radrigán por haber ganado el Premio Nacional de las Artes de la Representación; por sus historias, por Emilio y Marta de Hechos consumados, por las hermanas analfabetas de Las brutas, por esos hombres y mujeres que lo han llevado hasta donde está, como dice él.

Ahora, cuando los aplausos no acaban, los actores junto a la directora Mariana Muñoz invitan a Radrigán al escenario. Y él, con la timidez de siempre, se queda un momento sentado, entremedio del público, y luego se pone de pie y se sube al escenario para escuchar cómo los aplausos se vuelven más intensos. En algún momento intentan pasarle un micrófono, pero él no acepta. Simplemente recibe de regalo el texto de Amores de cantina empastado y luego baja, en silencio, sonriendo.

Minutos más tarde, afuera del teatro, lo felicitan y lo abrazan actores, directores, dramaturgos jóvenes. Ahí están Catalina Saavedra, Luis Barrales, Rodrigo Bazaes. Y ahí está esa señora que se acerca y le pregunta: "¿Pero por qué escribe tan triste". Y Radrigán la mira y le dice que él escribe no más, que es sincero. "¿Pero cuándo la va a cortar?", pregunta ella.

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Han pasado algunos días desde que el ministro de Educación, Felipe Bulnes, llamó por teléfono a Juan Radrigán para avisarle que había ganado el premio. Es martes -faltan dos días para el estreno de Amores de cantina- y, como todos los martes de este semestre, Radrigán está en el hall del GAM, esperando que sean las siete de la tarde para subir a la biblioteca y dar comienzo al taller de dramaturgia que dirige. Quiere fumar, pero ahora, cuando quedan algunos minutos para que empiece el taller, no puede. Una muchacha lo entrevista para un video institucional del GAM y él responde. Habla de sus inicios, de sus primeras obras de teatro que estrenó a fines de los setenta, de lo que ha significado ganar el Premio Nacional.

Al día siguiente de la ovación que recibió en el estreno de "Amores de cantina", Radrigán dice que le gustó mucho la interpretación de María Izquierdo, que tiene todo el aire de un personaje de Juan Rulfo, que puede ser la muerte.

Habla y mira a la cámara. Luego llega otra mujer y le comienza a sacar fotos. Él sonríe, le coquetea. Le piden que se ponga de pie para tomarle un par de retratos. Y Radrigán hace caso. Está de buen humor. Parece que, en realidad, eso de que es serio y difícil es un mito. O quizá se le acabó la rabia. Él dice que en realidad es tímido. "Por eso me puse a leer, por la timidez. Era solitario, por lo que no quedaba otra que leer", cuenta Radrigán una vez que se sienta y las cámaras se han ido. Quiere prender un cigarro -uno de los muchos que se fuma al día-, pero antes recuerda su infancia, sus primeros años en Santiago, el día en que su padre se fue de la casa y que su madre quemó sus ropas, sus primeros trabajos, sus primeros escritos -esos cuentos y poemas que no quiere recordar porque eran muy "charchas"- y cómo se fue forjando su vida, su mundo, ése que lo llevaría por completo a las obras que le dieron notoriedad en el panorama del teatro chileno: Las brutas (1980), Hechos consumados (1981), El toro por las astas (1982).

Dice que no está cansado de tantas entrevistas. Que otras veces, con el estreno de algunas obras, le había tocado un ritmo parecido, pero claro, ahora es distinto. "Es un poco más agotador, pero como es bueno, no te agota mucho", dice y se ríe. No entiende por qué no les dan, a los dramaturgos, el Premio Nacional de Literatura, si son escritores. Pero tampoco se calienta la cabeza. Después de cinco postulaciones -gestionadas por su hija Flavia- le dieron el premio y está feliz, aunque dice que se lo debieran dar a otros también: "Debieran ganarlo Egon Wolff y Alejandro Sieveking. No sé qué están esperando".

Ahora, a minutos de empezar el taller, Juan Radrigán fuma. Fuma cuando está conversando con gente, fuma cuando escribe. Se parece, sin duda, a un personaje del peruano Julio Ramón Ribeyro: un hombre sentado que escribe y fuma; un hombre que habla, justamente, de los olvidados, de los que no tienen voz; un hombre que vive junto a su mujer, Silvia Marín, y su hija Rocío, de 14 años ("me las di de choro"); un hombre que no sabe expresarse y que por eso escribe; un hombre que, en realidad, parece más un poeta que un dramaturgo; un hombre que no se conmueve mucho, pero que cuando ganó el premio, lo que más lo emocionó fue recibir los saludos de distintas juntas de vecinos de esas poblaciones en donde, durante los ochenta, presentó sus obras más famosas, en plena dictadura: "Eso me gustó mucho, es como un cariño desde abajo".

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El incansable Juan Radrigán

En unos minutos más subirá al tercer piso del GAM, entrará a la biblioteca y se sentará en una sala, junto a su hija Flavia y los alumnos, y en algún momento hablará de eso: de la vida, de los mundos propios, de que se puede enseñar estructuras y técnicas, pero que no hay ningún libro que enseñe el contenido. "Yo puedo hablarles algo de las formas, pero no les puedo ayudar a corregir el contenido. Eso es de cada uno", dirá.

Y el contenido de Juan Radrigán es eso: su vida, los marginados -como han reiterado los críticos y académicos-, los hechos brutales que nadie quiere contar.

Habla poco, pero cuando habla no se guarda nada. Y así lo viven los alumnos de sus talleres. Son jóvenes que quieren ser dramaturgos. Radrigán escucha y los critica. Les dice que no abusen del garabato, que es un recurso muy fácil. Les habla de la profundidad de los personajes. Sugiere cambios, se detiene en detalles y de pronto dice: "La única manera de ser original es ser sincero".

Se produce un silencio. Y ellos anotan. Escriben rápido en sus cuadernos, pues saben que ahí, en esa frase, hay algo. Algo del mundo de Radrigán. Algo que nace de la experiencia, de la vida, de ese hombre al que admiran y escuchan en silencio.

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La rutina es la siguiente: levantarse a las siete de la mañana, tomar desayuno y encerrarse en la pieza a escribir. O leer algún libro de Samuel Beckett -uno de sus autores favoritos-, si es que no llega la inspiración. Pero tomar desayuno siempre, pues si no lo hace le duele la cabeza. Son las consecuencias de la diabetes que sufre desde hace tres años. Pero nada más. Apenas come, se acaba el dolor y puede escribir. A veces, parte a dar clases a la Universidad Mayor o a la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Ésta es la rutina de Radrigán, que cambiará después del 29 de diciembre, cuando reciba el dinero del Premio Nacional. "Esto me va a permitir dejar algunas clases y poder escribir más", dice.

A eso ha dedicado gran parte de su vida y no piensa dejarlo. Aunque comenzó a escribir obras de teatro cuando tenía más de 40 años, no se cansa de armar proyectos. Y no piensa en la muerte. Siente, de hecho, que tiene cuerda para rato. Así lo demuestra cuando dice que tiene lista su nueva obra, El ceremonial del macho cabrío, que enviará al Fondart este año, y también prepara otra acerca de tres personas -dos hombres y una mujer- que sobreviven al fin del mundo. Y, además, quiere armar una librería junto a Flavia y su hijo Juan, que es economista: "La idea es que sea una librería grande, enorme, que haya espacio para que alguien se pare y haga un monólogo, que tomen café, y que compren también", dice, mientras come un lomo con ensalada en el Torremolinos, en Lastarria, el viernes 16 de septiembre, un día después del estreno de Amores de cantina.

Eligió este restaurante porque en el segundo piso se puede fumar, claro. Y eso hace: come, fuma y dice que le gustó mucho la interpretación de María Izquierdo, que tiene todo el aire de un personaje de Juan Rulfo, que puede ser la muerte. Y vuelve a hablar de la escritura. Dice que no le muestra a nadie lo que escribe. "Es que tengo una soberbia espantosa. No escucho consejos", explica en voz baja.

"Para todos yo soy el marginal, ¿no? Si yo escribiera un tratado de filosofía nadie me tomaría en serio. Dirían: 'Está hueveando, se puso tarado...', pero yo creo que uno tiene que escribir de todo. Me interesa lo popular, pero también lo sicológico".

-¿Qué le produce que sea un gobierno de derecha el que le dio el Premio Nacional?

-La Concertación nunca se concertó para hacer lo que hizo un gobierno de derecha en dos meses… No les tengo buena por eso, me caen pésimo, pero no sé. Me gustaría preguntarle a alguien de la Concertación por qué no me premiaron antes.

-¿Qué piensa de que se lo lea con tanta atención en la academia, siendo que su obra está enraizada en la calle, en lo popular?

p>-Yo no me lo explico, porque sencillamente escribo y los demás ponen etiquetas. Me preguntan mucho y yo les digo: pero si yo no sé, yo escribo no más.

-Claro, como la etiqueta de que es un autor marginal.

-No creas que me gusta mucho. No me gusta para nada. Si conocieran todo lo que hice después… Claro, para todos yo soy el marginal, ¿no? Si yo escribiera un tratado de filosofía nadie me tomaría en serio. Dirían: "Está hueveando, se puso tarado"… pero yo creo que uno tiene que escribir de todo. Me interesa lo popular, pero también lo sicológico.

-¿Qué le genera el hecho de haber montado harto tiempo obras en poblaciones y ahora estrenar en el GAM?

-Hubo un momento cuando entendí que no había que automarginarse y que lo que  hago hay que mostrárselo a los otros, no a los que están viviendo lo que cuento.

Radrigán termina de comer su lomo y enciende un cigarro. De pronto, se acuerda de la vez que Soledad Cortés lo tuvo varios meses grabando un documental sobre su vida: La tierra señalada. Cuenta que lo iban a transmitir por TVN, pero que finalmente despidieron a la directora. "Dijeron: 'este huevón habla de pura política'. No les gustó y no salió. Y la echaron", cuenta Radrigán acerca del documental que se mostró en el último Fidocs y que era parte de un proyecto más grande, junto a dos documentales biográficos de Gonzalo Rojas y Raúl Ruiz.

Radrigán se queda pensando.

-Ellos dos se murieron este año…

Radrigán abre los ojos.

-¡Ah, esta vieja anda matando a todos!

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