Por Álvaro Bisama, escritor y profesor de Literatura Febrero 25, 2011

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A las doce de la mañana del primer día del Festival de la Canción de Viña del Mar, en el hotel Sheraton Miramar, el humorista Óscar Gangas luce triste en su propia conferencia de prensa. Está vestido con un cortavientos que lleva bordado su propio nombre. Detrás suyo, cuatro promotoras lo flanquean. La conferencia no está llena. Los periodistas le preguntan lo obvio: cómo ha sido su vida después del fracaso en la Quinta Vergara en 1998, cómo va a enfrentar las pifias del "monstruo". Gangas contesta de modo lánguido, casi resignado. A estas alturas, hasta los tarotistas de los programas de farándula han decretado su fracaso. Su pasado y su futuro se juegan acá, es un héroe dramático involuntario. Su última aparición mediática importante fue la del extraño affaire que tuvo con la vedette Tatiana Merino. La farándula ofrece a veces historias como la suya, relatos de amores perdidos, fracasos fulminantes, posibilidades de redeción irremontables. La cara de Gangas concentra todo eso: se va al matadero, ahí no cabe humor posible, se huele el drama en el aire.

Es lo que hay. Más allá de la conferencia de prensa, en una terraza afuera del Sheraton, el programa "S.Q.P." transmite en vivo: los panelistas especulan sobre el escándalo entre dos modelos chilenas, que incluye infidelidades, llantos, golpes, siliconas y delicadezas de todo tipo. Las dos son candidatas a Reina del Festival.

Por supuesto, hay una pequeña multitud mirando el programa de la terraza. El festival cobra sentido en esta espera. La Quinta no importa. Lo que vale es lo que está afuera; los fanáticos apoyados tras las rejas que esperan a alguien famoso. Es en ese momento, cuando se baja de una van el humorista Pancho del Sur. La gente le grita y lo saluda.  El humorista reparte calendarios con la imagen de Pamela Díaz en  traje de baño. Ella también es candidata. Díaz, una opinóloga que se hizo famosa por estar casada con un futbolista que alguna vez le regaló joyas robadas, posa en un traje de baño con los colores de la bandera chilena. "La princesa del pueblo", remata el calendario.

Más allá, el cielo está nublado. Más allá, hay un horizonte hecho de un mar gris.

La elegancia fingida de Vodanovic fue un estilo que luego se volvió tardío y anacrónico. Ahora, los modales hipercorregidos de Rafael Araneda quieren animar un festival que dejó de ser lo que era hace mucho tiempo.

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Tesis: habría que escribir la historia de la vida acelerada del urbanismo chileno pensando en Viña. En escasos diez años el lugar, que siempre se vio a sí mismo como un balneario crepuscular cuyo centro era el boulevard de la calle Valparaíso, se convirtió en una ciudad hecha de cerros cuyo eje real era el mall Marina Arauco. Ese cambio no fue menor. La calle Valparaíso perdió sus tiendas históricas, se llenó de importadoras chinas, locales de computación y farmacias. Sobrevivieron, con suerte, un par de cafés históricos.

El Festival de la Canción, por supuesto, metaforizó esto. Si en sus orígenes  tuvo ese sesgo local, quedó siempre anclado en el esplendor kitsch de la década de los 80. Viña era un Montecarlo en plena dictadura. No había príncipes ahí, sino una alcaldesa que manejaba con mano de hierro sus veleidades. Cuando esto terminó, el evento empezó a decaer, enfermó. Sus animadores somatizaron la peste: la elegancia fingida de Vodanovic fue un estilo que luego se volvió tardío y anacrónico; Sergio Lagos intentó rejuvenecerlo, pero su hiperkinesis lo impidió; Camiroaga no pudo seducir jamás a la galería.

Ahora, los modales hipercorregidos de Rafael Araneda quieren animar un festival que dejó de ser lo que era hace mucho tiempo. Araneda es un héroe popular: se fogueó en esa corte de los milagros llamada "Rojo". Su compañera es Eva Gómez, la conductora de un talk show donde los adolescentes pokemones abrían sus corazones cada tarde al ritmo del reggaeton. Ambos explotaban las miserias y los dramas humanos hasta que dejaban de tener sentido y se volvían parodias de la pobreza o las tragedias familiares. Ese estilo calza con la ciudad; en ambos, cualquier glamour desapareció en aras del show.

Como la risa de Araneda, la ciudad viste por estos días un esplendor que desapareció hace rato, mientras Chilevisión le concede a la alcaldesa Virginia Reginato un gusto privado como apertura: la presencia del cantante Roberto Carlos. Pero la ciudad real sigue ahí, más allá de la Quinta y no le importa esa nostalgia que sobrevive, como las viejas fotos que alguna vez la disquería Casamar exhibió en sus paredes con orgullo. En esas fotos, los artistas que firmaban discos en el local hablaban con los fans, se retrataban como estrellas fulgurantes de una peregrinación donde ellos eran el santo de turno.

Viña: El ritual de lo habitual

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Chilevisión quiere recuperar esa ciudad perdida, sacar de nuevo esas fotos. Que no se note pobreza. Este año el evento es suyo. Coquetearon con la Bolocco, levantaron a Araneda de TVN, contrataron a la mexicana Yuri para el show pero también para un programa satélite, rediseñaron la competencia copiando el formato de sus programas de concursos, limitaron el número de artistas por noche y no llamaron a Horacio Saavedra, el director histórico de la orquesta del evento. Entremedio, Álex Hernández, el director de la transmisión, colapsó: terminó internado en una clínica por problemas estomacales.

Pero eso ahora da lo mismo. La Quinta está llena. La noche inaugural programa a  Roberto Carlos y Yuri, y se presenta el humorista Dino Gordillo. Lo que importa: señoras con cintillos en el pelo, parejas que se abrazan a la espera del brasileño. Todos miran el escenario, que se ha agrandado, creciendo hacia los lados, como si fuera un set de televisión hipertrofiado que carece de cualquier clase de intimidad. Donde alguna vez Arjona instaló un dormitorio y el millonario Leonardo Farkas se hizo invitar para tocar ese show psicotrónico que alguna vez hizo en Las Vegas, ahora hay una orquesta sinfónica.

Cuando la apertura estalla, se entiende todo: el hambre de Chilevisión. En escasos ocho minutos todo se revela, al punto de que el show de Roberto Carlos  lucirá plácido y reposado, como si lograra una intimidad y una delicadeza imposibles a primera vista en este escenario. Pero eso será después, cuando la nota más divertida del show la dé por Twitter el senador Ricardo Lagos Weber, diciendo que el ministro Rodrigo Hinzpeter se parece al trompetista del brasileño. Pero ahora, al comienzo, todo explota: suena la cantata "Carmina Burana" (la música de fondo de las galas de "Rojo", que alguna vez animó Araneda); Víctor Díaz (el niño conocido como el "Zafrada") canta "Caballito blanco" y luego es abrazado por Martina Maturana (la muchacha que avisó el maremoto en Juan Fernández); un tenor canta temblando; se proyecta la imagen del hombre que muestra la bandera chilena rota en medio de los escombros; una veintena de bailarines aparece en escena; las pantallas proyectan estrellas como si fuese un planetario. Hay fuego y humo y fiesta y pena y más fiesta, como si se tratase de una ceremonia simbólica, un bautizo, una boda, un funeral.

Todo eso dura hasta que un ascensor sube con Gómez y Araneda. Ambos se saben de memoria los clichés de la Quinta. Leen el teleprompter, saludan a la galería, coquetean de modo forzado. Cuando se dan un beso, la galería lo pide sin estridencia. El riesgo, por ahora, es calculado: Roberto Carlos alarga su show y nadie se emociona particularmente. Roberto Carlos no provoca el éxtasis sino el recogimiento. Atrapado en ese ritual de lo habitual, el público no se incendiará jamás.

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Luego del show de Roberto Carlos, en la carpa de la prensa, los periodistas comen pizza y beben champaña, gentileza de Telepizza y Undurraga. Ha sido un día duro: Chilevisión los hizo esperar hasta última hora para entrar al palco de prensa, vigiló la cantidad exacta de minutos que se grababan de cada show. Hay una camaradería invisible: sobreviven. Ellos están sentados donde pueden.  Esperan. Hablan por teléfono. Escriben. Entremedio, se pasean rostros menores de Chilevisión. Nadie parece tomarlos en cuenta. La mayoría comenta sardónicamente el show de las muchachas ucranianas en la competencia, que se ve en un televisor instalado en la carpa.

En un país donde el espectáculo se ha tomado todo, los periodistas de farándula son, a veces, nuestros mejores cronistas políticos porque su material es la condición ilusoria de las palabras y los cuerpos, la fragilidad de las reputaciones.

La felicidad de los periodistas de espectáculos es quizás lo mejor del evento. Ellos son los verdaderos cronistas de Viña: los que se encargan de su memoria secreta.  Algunos vienen desde demasiado lejos: radios del sur, diarios del norte, medios de otros países. Vienen con sus equipos o vienen solos. A veces, están armados sólo con libretas de notas y su grabadora. En esas notas está la historia de la ciudad. Si alguien quisiera reconstruirlo todo debería recurrir a ellos, que transmiten las conferencias de prensa por teléfono, se esfuerzan por sacarles una cuña a los artistas, se pierden entre la carpa de prensa y el palco, en las residenciales que apenas pueden pagar, en los pubs que quedan cerca del Casino, en los terminales de computadoras del Sheraton. Alguna vez, Farkas les dio una fiesta. Cada vez tienen menos espacio para reportear: la profesionalización de la organización los deja a la deriva, viendo el show de lejos, soportando las veleidades del canal de turno.

Pero ellos se matan y mueren por el festival. Viña es para ellos porque son quienes la escriben y quienes la recuerdan. El glamour que sobrevive en la ciudad es justamente el que queda en su memoria. La mayoría son los mismos que se repiten el plato año a año. Han envejecido juntos. La fiesta, la verdadera fiesta, es suya. Cada año eligen a una reina y se juntan en una tallarinata. Casi siempre los escándalos más sabrosos del evento vienen de acá: el topless de Luciana Salazar,  las acusaciones mutuas de las candidatas, el deseo de los organizadores de imponer sus rostros. Por un rato, los testigos son los protagonistas: las starlets en ascenso sudan sangre para agarrar el pedacito de fama que ellos les ofrecen.

Porque quizás el festival de Viña esté hecho de sus afectos, de sus cicatrices. En un país donde el espectáculo se ha tomado todo, los periodistas de farándula son, a veces, nuestros mejores cronistas políticos porque su material es la condición ilusoria de las palabras y los cuerpos, la fragilidad de las reputaciones, los modos en que se exhibe el afecto de la ciudadanía.

Y Viña tiene todo eso. Ahora, la mayoría están tranquilos. En unos minutos, Dino Gordillo actuará y, más tarde, en la conferencia de prensa tardía dirá que se le negó la Gaviota de Plata, que fue sacado antes, que demoró la conferencia de prensa porque estaba en su camerino, frustrado, "pateando la perra". Los periodistas mirarán a Gordillo sonriendo. Le harán las preguntas de rigor. Apretarán donde duele. Algo cederá y se romperá. Viña tendrá su primera polémica. Habrá algo que contar. La sangre, que no se veía por ningún lado, empezará a correr lentamente hacia el río.

Ese río tardará un día en ser rojo.

El martes 22, en la conferencia de prensa, el cantante Américo culpa de nuevo a Araneda por bajarlo antes del escenario, diciendo que con eso se ha truncado su carrera internacional. Ese mismo martes, Óscar Gangas logra su revancha. Los periodistas están atentos. Las apuestas están en su contra. Nadie, la verdad, ha escuchado a Gangas en años. En menos de media hora, el tipo triunfa con una rutina tan llena de alusiones escatológicas y homofóbicas, que hace que los sketches de "Morandé con Compañía" luzcan como los Monty Python a su lado. Gangas se burla de los homosexuales y cuenta historias donde mujeres desnudas llevan bototos en la vagina. Nunca supimos quién era hasta ahora: alguien que repite hasta la saciedad la palabra "picardía" para justificarlo todo, apelando a una suerte de identidad que yace en el corazón del Chile profundo. Es triste porque funciona; la gente celebra su intolerancia, su vulgaridad, su violencia. Los afectos del "monstruo" son raros, inesperados. Gangas apela al pequeño fascista que el público lleva dentro. Ese pequeño fascista lo unge. La Quinta celebra con fruición, lo vuelve un héroe improvisado. Acá se acaba el drama y comienza otra cosa, más terrible, más viscosa, más insoportable.

Gangas marca 54 puntos de rating.

La imagen final del show queda registrada para la posteridad: abandonando toda melancolía, Gangas baila sobre el escenario, transfigurado por las luces; con el alma devuelta, por fin, al cuerpo.

*Escritor y profesor de Literatura.

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