Por Alberto Fuguet, escritor y cineasta Diciembre 26, 2009

Volver a Galvarino Gallardo (My Own Private Donoso)


La otra noche pasé por la calle Galvarino Gallardo, en bicicleta, para fijarme sí era cierto lo que decía Pilar Donoso en el libro que acabo de terminar de leer: que la casa ya no existía. La casa donde estuvo el taller de su padre, ese taller envidiado, denostado, ninguneado, mitificado; la misma casa helada y llena de crujidos y perros ("¡Clarisa!, basta; ¡Cirilo, córtala!") que yo sentía era un lugar sin límites pues estaba conectada al mundo (en un momento en que parecía que nada estaba conectado con nada) y a un mundo al que yo quería desesperadamente pertenecer; la casa que era el set principal de su cuento Los habitantes de una ruina inconclusa. La misma casa a la que, algún día soleado, ya al final de sus días, yo pasé a tomar té  ("té, no onces", me corrigió doña Pilar) después de haber ido -quizás- al sicólogo (no al sicoanalista, como anota Donoso en una de las dos menciones que hace de mí) que quedaba cerca. Luego de leerlo, y subrayar esa parte de Correr el tupido velo, capto lo que quizás en ese momento estaba demasiado paranoico para sentir o articular: de todos los lugares en Santiago, y de todos los lugares literarios de la ciudad, esa casa de Galvarino Gallardo era uno de los pocos lugares donde no me sentía ni odiado ni mirado en menos, sino acogido, seguro, tomado como el igual que claramente no era; uno de los pocos lugares, durante esos años de aprendizaje y oscuridad, donde me sentía más inteligente, culto y mejor escritor que todos los que insistían que no lo era y que nunca lo sería.

Para mí, José Donoso no fue ni lejos mi mejor amigo y tildarlo de maestro sería, como él mismo lo hubiera dicho, "un poco siútico, ¿te fijas?". No lo siento como mi maestro, entre otras cosas porque no creo que él andaba por la vida recogiendo escritores vagos y perdidos. Pero fue un gran aliado, un notable profesor, una suerte de abuelo como nadie podría pensar que podría ser un abuelo porque, por un lado, parecía de noventa años (siempre tuvo noventa) y, por otro, estaba lleno de preguntas, curiosidad y vida. Nunca estábamos de acuerdo en cine. Una vez le comenté que, por culto y leído que era, no era un hombre de cine ni un cinéfilo, sino, a lo más, un espectador que se dejaba llevar "por la cintas de época". Él se rió. Yo lo envié, me acuerdo, a ver Las montañas en la luna, cinta acerca de uno de sus ídolos: Sir Richard Burton. Pienso: ahora que La nana es la cinta del año, ¿qué pensaría al respecto?, ¿le hubiera gustado?

Me echó del taller por no haber leído a Dostoievski. Yo le respondí que si él había leído a Bukowski. Me dijo que no. Entonces yo le dije que cómo se atrevía a seguir publicando. Me preguntó qué estaba estudiando. Periodismo. "Lejos vas a llegar, es la peor profesión de todas y no tiene nada que ver con crear, sino con robar".

Donoso me intrigaba porque claramente nuestros mundos y estéticas eran tan, tan opuestos, pero teníamos una conexión y ese día, el día en que él escribe de mí, tengo que haber estado muy cómodo y contento. Si mi memoria no me traiciona, estaba ahí para despedirme y darle las gracias por haberme recomendado para ir a Iowa City a pasar unos meses al célebre Writer´s Workshop. Iba a ser el primer chileno en regresar a ese sitio en el medio oeste americano que el propio Donoso había idealizado (con razón, por lo demás) en sus escritos y conversaciones. Donde topábamos era en Chile. Según él, debía aprovechar el viaje para no regresar. No le hice caso. Yo no podía aceptar, no quería aceptar, la idea de ser un exiliado o de sentir que Chile era un sitio despreciable, malvado y peligroso. Subrayo esto que seleccionó Pilar Donoso: Maldito el día en que se me ocurrió regresar de España! ¿A qué, para qué? Es bien poco, fuera del dolor, lo que obtengo de vivir aquí.

Correr el tupido velo me hizo volver a las novelas de Donoso, pero también a la experiencia extremadamente donosiana de haber ido a su taller, a su casa de la calle Galvarino Gallardo. Leyendo este insólito e inesperado libro (el libro más híbrido y siglo XXI de un autor tan siglo XX; un libro escrito a tres voces acerca de lo ficticia que puede ser la no-ficción; quizás el más aterrador tratado acerca de lo que encierra una casa y de lo enferma y tóxica que puede ser una familia, un matrimonio y una mente creativa, frágil y no tratada a tiempo) he podido regresar, de una manera casi proustiana, tal como a él le hubiera gustado, a esa calle, a esa buhardilla del tercer piso. Ahí me tocó escuchar cómo nos leyó la parte del medio de La desesperanza (tiene que haber sido durante ese primer taller, del cual me echó, porque mi ejemplar del libro dice Nov 86: año desesperanzado, ya no recuerdo por qué).

Nunca he podido olvidar esa tarde y cómo su capacidad de narrar la sensación de recorrer la Providencia profunda de noche es la misma que siento ahora al recorrerla en bicicleta más de veinte años más tarde: ¿O esta calle drogada de madreselva y jazmín era sólo una representación del follaje perteneciente a la experiencia de alguien que aún no era él? …el vigor clorofílico de estas calles… prados húmedos donde aúllan perros resguardados por las rejas; …el ilang-ilang abrazando la cuadra hasta deslindar con la extravagancia de su aroma el olor de la vereda caliente manguereada…

En esa misma buhardilla, años después, en el taller dos, como le digo, el taller del año 89, del cual no me echó, todos escuchamos su nouvelle Naturaleza muerta con cachimba, que luego sería drenada de toda vida por Caiozzi, el cual quizás inconscientemente ha ayudado, junto con legiones de profesores bien intencionados, a transformar a Donoso en un autor "de lectura obligatoria" y no en nuestro William Burroughs/David Lynch local.

Deconstruyendo a Donoso

Para aquellos que tuvimos la suerte de pertenecer, aunque sea tangencialmente, a su círculo, Correr el tupido velo termina por ordenar y reconfirmar datos y eventos que yo, al menos, pensaba que eran parte de mi imaginación. La primera vez que circulé por Galvarino Gallardo, creo que el año 85 u 86, me aterraba tener que pasar frente a una pieza que daba a la puerta principal, pues veía a una señora que estaba muriendo. Yo tenía veintiuno o veintidós y la idea de la vejez me asqueaba. Siempre pensé que la presencia de "esa vieja" era algo así como una alucinación mía. Pero, en efecto, era verdad. Ocurrió. Pilar Donoso lo confirma. Era la madre de doña María Pilar la que estaba en esa cama con ventana a la puerta de entrada y estaba ahí agonizando. Lo otro alucinante para alguien que estuvo en el taller es confirmar cosas que no anoté, pero que quedaron almacenadas en mi mente todos estos años: uno escribe una novela no porque uno tenga una vida novelesca, sino porque quiere hacer una novela con su vida.

Respecto a "el caso Dostoievski", sí es verdad. Aunque se ha mitificado. Donoso fue el que empezó a contar la anécdota. En efecto, me echó del taller por no haber leído al ruso. No duré más de seis sesiones. Yo le respondí que si él había leído a Bukowski. Me dijo que no. Entonces yo le dije que cómo se atrevía a seguir publicando. Me preguntó qué estaba estudiando. Periodismo. "Lejos vas a llegar, es la peor profesión de todas y no tiene nada que ver con crear, sino con robar". Luego me preguntó cuál había sido la última exposición de arte a la que había asistido. "Dedícate a otra cosa, no me hagas perder el tiempo".

Leo su versión del encontrón: Cuando yo creé mi taller de escritores… me encontré en la primera sesión con dos cosas que parecieron intolerables: que carecieran de la experiencia de viaje, de la visión del afuera, de la óptica distinta… su conocimiento de la literatura, de la novela específicamente, se remontaba sobre todo hasta los escritores latinoamericanos de mi generación, que éramos, como quien dijera, los clásicos. Yo, naturalmente, monté en cólera. ¿No conocían a Stendhal, a Dostoievski, a Tolstoi, a Proust, a Balzac? ¿Por qué querían ser escritores, entonces? …furioso, los despaché y juré no volver a enseñarle a gente tan joven, que sólo podían leer a aquellos autores que creían podían  parecérseles…

José Donoso no fue ni lejos mi mejor amigo y tildarlo de maestro sería, como él mismo lo hubiera dicho, "un poco siútico, ¿te fijas?". Pero fue un gran aliado, un notable profesor, una suerte de abuelo como nadie podría pensar que podría ser un abuelo porque, por un lado, parecía de noventa años y, por otro, estaba lleno de preguntas, curiosidad y vida.

Pero las cosas cambiaron, leí algo de Dostoievski (Memorias del subsuelo) y él me confesó que había "hojeado a Bukowski". Le pareció "bastante pedestre". Volví al taller que luego fue tildado como "plagado de donositos" pero la verdad es que aún no leo una novela que intente siquiera copiar o imitar a Donoso. Para mí, ingresar a ese mundo era, entre otras cosas, alejarse del país y, sobre todo, de la Escuela de Periodismo, donde el tema urgente era la política, seguido del ping-pong, y no el mundo de los libros o lo creativo.

Cuando pienso en mi educación superior, pienso en la casa de Galvarino Gallardo. No tuve la suerte de ir a Yale o Harvard o Cambridge, pero en esa casa, con doña María Pilar gritando del segundo piso ("Pepe: te llama Mario de Lima"), con repisas enteras de libros que nunca había leído, con conversaciones donde me quedaba mudo y todos hablaban de arte y música y ciudades y cine (de mal cine, pero bueno…), me sentía el tipo más afortunado. Cuando me tocó leer por primera vez el primer capítulo de mi primera novela, Mala onda, les expliqué a todos que "era de época y que me faltaba aún mucha investigación en la Biblioteca Nacional". Donoso quedó de una pieza y feliz. Luego, al partir leyendo, captó que la época era 1980. "Pero ésa no es una época, sucedió la semana pasada". Yo le respondí que no, que ya habían pasado ocho años. "Más de un tercio de mi vida, don Pepe". Sonrió y me dijo: "Sigue, veamos de qué va tu novela histórica". Sólo diré esto: no hay nada como sentir la aprobación de gente que uno admira y respeta cuando más lo necesitas. Eso te salva. Al taller uno no iba a aprender a escribir, uno iba a ser escuchado, apoyado, tomado en cuenta. Uno iba a escapar e ingresar a un mundo que, por viciado o dañado que estuviera, claramente era mejor que el que estaba afuera.

Cuando pienso en mi educación superior, pienso en la casa de Galvarino Gallardo. En esa casa, con doña María Pilar gritando del segundo piso ("Pepe: te llama Mario de Lima"), con libros que nunca había leído, con conversaciones donde todos hablaban de arte y música y ciudades y cine, me sentía el tipo más afortunado.

El trabajo de Pilar Donoso impresiona y asombra. Ella escribió de ella y de ellos y de él y de sus libros. Sobre todo de ellos: Pepe y María Pilar, imposible juntos, impensable separados (creo que con el tiempo me voy a poner peor  y que tú, María Pilar, vas a tener que ser una especie de intérprete mío, un puente para comunicarme con el mundo, porque solo no puedo). Hay muchas formas de correr velos y hay muchos velos, unos más tupidos que otros. José Donoso, de mano de Pilar Donoso, lo ha hecho de manera magistral. Mucho se puede y se debe hablar y escribir de este libro, partiendo por algo no menor y, a la vez, intrascendente: ¿de quién es?, ¿quién es el autor? Yo creo que es Pilar Donoso. El libro, como se ha dicho, es más -mucho más- que una antología de sus diarios. Y de los diarios y cartas de doña María Pilar. No son las páginas más amarillas seleccionadas con mala leche, no. Esto es otra cosa. Son muchas cosas. Es, por de pronto, una suerte de manual en ácido para todo aquel que desea ser escritor o es escritor o conoce a alguien que lo sea (me gustaría tener más fuerza de la que tengo, pero por otro lado tengo una fuerza que la gente no tiene, mi escritura). Pero también es la más extraña de las novelas familiares. Es una novela plural acerca de esa casa de Galvarino Gallardo y de muchas otras casas donosianas. Correr el tupido velo es quizás su mejor libro desde El jardín de al lado. Definitivamente mejor que sus propias no-memorias: Conjeturas sobre la memoria de mi tribu.

A pesar de todas las reediciones y los libros póstumos, lo cierto es que José Donoso llevaba más de doce años muerto y estaba algo embalsamado. Correctas pero aburridas adaptaciones, y la idea, incrustada en nuestro inconsciente colectivo, que Donoso era "un autor para leer en el colegio" lo habían transformando en un escritor poco leído, quizás pasado de moda, tan arcaico como sus viejas. Pocos autores han sido tan mal leídos y peor marqueteados. Uno de los mayores temores de Donoso era ser reducido a una sola cosa. Correr el tupido velo deja claro que era demasiadas cosas a la vez y quizás su tiempo era éste tiempo, lleno de freaks, emos y vampiros. Ahora es necesario, relevante, indispensable. Y contemporáneo. Donoso regresa a la vida no en manos de otros, sino por sí mismo y con la aliada más indicada: su hija, que en vez de dedicarse a censurar se enfrenta cara a cara con sus fantasmas y los de su familia y los de su casa que ya no está, es cierto, pero aún queda ese olor a vereda caliente manguereada y el aroma a los ilang-ilang.


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