Por Gonzalo Pavón, desde Londres Febrero 26, 2014

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El historiador Niall Ferguson declaró que Gran Bretaña “debió haberse quedado fuera de la Primera Guerra Mundial”, y que la decisión de sumarse a la guerra en 1914 fue “el mayor error en la historia moderna”. El Reino Unido, dice, habría sabido sobrellevar un eventual triunfo alemán.

A juicio de David Stevenson, Gran Bretaña pudo haberse restado. “Había gente en el gobierno que sostenía que debíamos permanecer neutrales”. La vieja controversia no sólo se relaciona con la guerra. Cien años más tarde, la distante cercanía entre los británicos y el continente permanece inalterada.

Casi 9 millones de soldados movilizados. 908.371 muertos y más de dos millones de heridos. Una generación destruida, la economía devastada y la moral, que poco pudo nutrirse de la satisfacción de la victoria. Este marco sintetiza las razones esenciales por las que la Primera Guerra Mundial sigue siendo un episodio tan relevante en el Reino Unido. También, entrega luces de por qué no pierde actualidad. En su discusión permanente, la ciudadanía, la prensa y la academia siguen rastreando las mismas preguntas que se descuelgan de estos cuatro años. A primera vista, parece algo grotesco: el trabajo de un siglo todavía no despeja las controversias. Pero acercando un poco más la vista, y considerando las densas capas que involucra, el tiempo y el espacio dedicados a su análisis puede que sean proporcionales a su -todavía- inasible complejidad.

La expresión de este interés se hizo presente en los medios desde antes del año del centenario. En octubre pasado, la BBC dio a conocer su programación conmemorativa. “La más grande y más ambiciosa temporada jamás emprendida” de su historia, rezaba el comunicado. La cobertura es “pan-BBC”: incluye todos los canales de contenidos del acorazado mediático británico. Durante los próximos cuatro años, serán emitidos 130 programas que totalizan unas 2.500 horas al aire. Este compromiso editorial es una de las muestras de la importancia del centenario y del interés público que suscita.

LA HISTORIA QUE NO FUE

Para los británicos, el desgarro de la guerra es una experiencia más bien íntima. Del mismo modo, the british way señala que la discusión pública viva en las ideas y el debate. La industria editorial anuncia más de 8 mil títulos que giran en torno a la Primera Guerra Mundial (para comparar la magnitud, en 2012 fueron editados, en total, poco más de seis mil libros en Chile). La vorágine de textos y best-sellers por venir y la maratónica promesa de la BBC fueron parte de la mezcla que encendió a Simon Jenkins, un importante columnista de The Guardian. “Alemania, pido perdón por esta repugnante avalancha de adoración a la Primera Guerra Mundial”, es la traducción aproximada del sarcástico título de la columna que fue publicada el 30 de enero. “Pido disculpas”, dice Jenkins, “porque los alemanes están a punto de sufrir una repugnante avalancha de memorabilia en gran parte a sus expensas. Van a ver lo peor de los británicos: santurrones, autocomplacientes, adorando en la tumba a los desconocidos y horribles alemanes”.

Furibundo, Jenkins también disparó contra los medios. A su juicio, el centenario ya está “inundando” las grillas programáticas “antes de la fecha de su estallido (en el otoño de 1914)”. En su punzante reflexión, el columnista agrega que “el horror, los errores, la crueldad, la estupidez de la guerra serán revividos una y otra vez ‘para que no olvidemos’”.

Qué duda cabe: cien años no han sido suficientes ni para menguar las pasiones ni para restarle actualidad al debate.

La columna de Jenkins criticaba también una de las opiniones más controvertidas que han aparecido durante los últimos meses. En la edición de febrero de la BBC History Magazine, el historiador Niall Ferguson dijo que Gran Bretaña “debió haberse quedado fuera de la Primera Guerra Mundial”. Radical, el profesor de Harvard cree que la decisión de sumarse a la guerra en 1914 fue “el mayor error en la historia moderna”, y que el Reino Unido habría sabido sobrellevar un eventual triunfo alemán. “Para Gran Bretaña el costo de la Primera Guerra Mundial fue catastrófico, y dejó al imperio británico debilitado… Argumentos sobre el honor, por supuesto, resuenan hoy, tal como resonaron en 1914, pero puedes pagar un precio muy alto por sostener esa noción de honor”, comentó a la BBC. ¿Y cuál habría sido la manera correcta, entonces? El historiador británico asegura que “dados los recursos que tenía disponibles en 1914, una mejor estrategia habría sido esperar y ocuparse del desafío alemán más cuando Gran Bretaña pudiese responder bajo sus propios términos, tomando ventaja de su mayor capacidad naval y financiera […] Crear un ejército más a o menos que a partir de cero, y luego enviarlo a combatir contra los alemanes era la receta para pérdidas desastrosas. Y si uno pregunta si ésa era la mejor manera que tenía Gran Bretaña para enfrentar el reto planteado por la Alemania imperial, mi respuesta es no”.

Polémico, por situarlo en alguna categoría. Por lo mismo, la pregunta que despierta rápido es si está en lo correcto. Y la respuesta, como suele ocurrir en estos casos, es depende.

Para David Stevenson, profesor del Departamento de Historia Internacional de la London School of Economics, lo expresado por Ferguson da cuenta de una de las principales controversias que permanecen vivas respecto de la Gran Guerra. Y esa controversia apunta a su estallido. Stevenson, quien ha publicado una serie de libros que abordan el tema (entre ellos 1914-1918, The History of the First World War, “hasta el momento tal vez la mejor historia completa de la guerra escrita en un solo volumen”, según la reseña del New Yorker), se toma un largo silencio antes de responder. “Hay varios problemas con su argumento, pongámoslo de esa manera”, precisa. “Lo principal”, arguye, “es que él asume una teoría demasiado benigna respecto de cómo habría sido una victoria alemana”. Para Stevenson, el planteamiento de Ferguson señala que si los alemanes hubiesen ganado “habría sido como la Unión Europea que tenemos ahora, y eso ciertamente no habría ocurrido”.

Según el académico, gracias al valioso trabajo de los historiadores alemanes durante la década del 60, ahora hay muchísima claridad respecto de los planes de guerra del imperio germano. Entre ellos, el reasentamiento forzado en Europa del Este. “Es cierto que querían una unión aduanera en Europa Central, pero también había una especie de lado siniestro, ya que Bélgica habría sido convertida en un estado vasallo”, señala Stevenson. “Ésa era la frase utilizada en la ocupación militar germana. Había planes similares para Polonia y partes de Francia”. Es en parte por estas razones que, a su juicio, Ferguson presenta un cuadro demasiado optimista respecto de cómo habría sido una Europa continental dominada por Alemania.

“El segundo problema con su argumento”, agrega Stevenson, “es que dice que la Primera Guerra Mundial conduciría inevitablemente a todo lo que ocurrió después, incluyendo el ascenso de Hitler e incluso la Segunda Guerra. A mi parecer, eso no está realmente claro. Hay suficiente en el tratado de Versalles. Y si por diversos motivos criticas el tratado de Versalles, de todas formas fue el tratado que se impuso. Alemania no podía comenzar otra guerra. Por lo tanto, en 1919 no estaba completamente determinado que ocurriría una nueva guerra mundial”. Para finalizar, Stevenson recoge el espanto de las víctimas. “Qué podría ser peor”, reflexiona. A la vez, advierte que “hay que recordar que [Ferguson] es de derecha, no es un pacifista. Está presentando una especie de argumento político para decir que Gran Bretaña debió permanecer fuera de la guerra. Si fuese un argumento pacifista o un argumento de izquierda sería más sólido, mucho más persuasivo”.

Luego de un siglo, la inevitable sombra contrafactual sigue rondando entre los expertos. ¿Podría haberse tomado otra decisión? A juicio de Stevenson, Gran Bretaña pudo haberse restado. “Había gente en el gobierno que sostenía que debíamos permanecer neutrales. Dos ministros renunciaron debido a este asunto. Permanecimos afuera de la guerra franco-prusiana en 1870 debido a esa especie de tradición británica de no participar”. Con todas sus variaciones, la vieja controversia no solamente está relacionada con la guerra. Cien años más tarde, la distante cercanía entre los británicos y el continente permanece inalterada.

LA FIEBRE DE LA MEMORIA

Todos los periódicos importantes han elaborado especiales de la Primera Guerra. Regularmente, publican entrevistas y columnas de opinión. Un tema recurrente han sido las analogías entre el contexto internacional en 1914 y el actual. Una suerte de “quién es quién” en una especie de juego de máscaras en donde el final es oscuro y abominable. Una de las tesis es la expuesta por la historiadora de Cambridge Margaret MacMillan, cuya postura fue publicada por The Independent. En un ensayo escrito para la Brookings Foundation, titulado “The Rhyme of History”, la académica propone que en parte la guerra nos sigue obsesionando por “la magnitud de la carnicería”. También, tal como propone Stevenson, porque todavía no hay un acuerdo respecto de su origen. Y de esta duda, MacMillan presenta la advertencia: “Si no podemos determinar cómo ocurrió uno de los momentos trascendentales de la historia, ¿cómo podemos evitar una catástrofe similar en el futuro?”. En esa línea, MacMillan hace un temible paralelo entre lo que hoy ocurre en Medio Oriente y lo que un siglo atrás hervía en los Balcanes.

En la misma trinchera, The Economist señaló que la “comparación sigue siendo preocupante. Estados Unidos es Gran Bretaña, la superpotencia en declive, incapaz de garantizar la seguridad global. Su principal socio comercial, China, hace las veces de Alemania, una nueva potencia económica erizada con una indignación nacionalista y que está construyendo sus fuerzas armadas con rapidez”. Para completar el delicado cuadro, el semanario describe a Japón ocupando el rol de Francia. “Los paralelos no son exactos”, precisa The Economist, “pero están lo suficientemente cerca como para que el mundo se ponga en guardia”.

“Esto es algo que viene creciendo desde hace algún tiempo”, dice Stevenson. “Hay que entender que desde la perspectiva británica es lo peor que ha pasado en su historia”. A juicio del académico, esto necesariamente tiene que ver con la gran cantidad de muertos, pero también “con el carácter de la guerra”. “Muy poco después de que terminara se hicieron preguntas muy serias respecto de si valió la pena”, señala. Hoy, la misma duda prevalece.

En cien años se han acumulado argumentos, controversias, ideas, certezas y preguntas.

“Recordar es un impulso humano básico, es lo que nos hace humanos: recordamos cosas y enterramos a los muertos”, explica Stevenson. “Y si vas a recordar cualquier cosa del pasado, desde la perspectiva británica esto es algo extremadamente esencial de ser recordado”. Lo sobresaliente, dice, es que la memoria colectiva se mantiene por un canal paralelo al de las pesquisas académicas y los debates en la prensa. “La pérdida de vidas afectó finalmente a cada familia del país. Hay mucha gente que hace historia familiar, que es algo que se ha convertido en una gran manía en este país durante los últimos años. Prácticamente cualquier persona que esté investigando su familia va a llegar a esto”.

A un siglo de la guerra, las preguntas siguen siendo públicas, y el dolor sigue siendo privado.

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