Por Paula Molina Marzo 26, 2015

“El universo me entusiasmaba muchísimo. Me gustaba mirar el cielo por la noche. Yo veía estrellas, la luna, la poesía, pero Stephen estaba haciendo los cálculos de las fuerzas que gobiernan el universo. Para mí eso era una maravilla”.

Jane Hawking tuvo una cena en el Palacio de Buckingham la noche anterior a la entrevista con Qué Pasa, por eso esta tarde su español no es tan fluido como ella quisiera.  Jane ama el español, más bien el castellano, porque es el idioma de los sueños que no abandonó, pese a los años que dedicó sin descanso a velar por los estudios y la sobrevivencia de su esposo, Stephen Hawking.

Exhausta y minimizada en la ciudad universitaria de Cambridge, donde las señoras de los académicos ocupaban un muy discreto lugar en los años 60, Jane -de apellido soltera Wilde- se hizo cargo casi sin ayuda de un marido con una enfermedad degenerativa y un diagnóstico mortal, además de su casa y los tres niños del matrimonio, Robert, Lucy y Tim. Nunca dejó de estudiar. La primera esposa de Hawking -se separaron en 1990- es doctora en Filología Hispánica y experta en poesía medieval española.

La vida de los Hawking fue llevada el cine en la película La teoría del todo y ganó un Óscar y tres Bafta, además de una larga lista de nominaciones a los Globos de Oro y otros premios. Pero aunque se basa en el libro de Jane, Travelling to Infinity, y es un hermoso relato sobre lo irremediable y lo irreversible en el universo y el corazón humano, la cinta no hace justicia al doloroso detalle con el que la ex esposa describe en sus memorias cómo la pareja vio surgir y avanzar una enfermedad devastadora.

No sería justo decir que el mundo le debe a Jane Hawking la teoría del Big Bang y la segunda ley de la termodinámica, o que gracias a ella sabemos cómo se desvanece un agujero negro y cómo surgen las galaxias, entre otros espectaculares hallazgos de su esposo Stephen. Pero no sería sensato ignorar que gracias a ella el científico más famoso del mundo tuvo el aliento necesario para desarrollarlos. Literalmente el aliento: entre otras cosas, Jane Hawking debía vigilar día y noche que su esposo no se ahogara. Un trozo de comida, una tos repentina, podrían haber sido mortales. Hawking tenía un pronóstico de dos años de vida.

-No todo el mundo ve su vida proyectada en un cine, ¿cómo se siente?
-La de la película es una historia larga. El guionista me visitó el 2004 para proponerme el proyecto, y yo le dije que no, porque era algo que en ese momento no podía imaginar ni para mí, ni para Stephen, ni para nuestros hijos. Pero el mismo autor volvió varias veces, hasta el 2013, cuando nos invitó a las oficinas de Working Title, la mejor empresa de cine en Inglaterra. El 2 de mayo del 2013 me reuní con el director de la empresa y los productores, y salí de sus oficinas tan impresionada por su sensibilidad y sus ideas sobre la película, que tenía que firmar. Tuve mucho tiempo para considerar el proyecto. Stephen está vivo y mis hijos y yo somos muy sensibles, y no quería trastornar nuestras relaciones ni nuestra vida de familia. Yo tenía una idea respecto a cómo representarnos, quería que fuera una celebración de nuestra vida, sin mostrar demasiadas dificultades, porque hubo muchísimas. Pero estoy contenta. Y estoy contenta con los actores. Toda la película es una obra de belleza y sensibilidad increíbles y las emociones que muestra son absolutamente verdaderas.

-La película muestra a un matrimonio en sus primeros años, lleno de fuerza, amor y optimismo, pero también muestra que usted llevaba todo el peso de la relación, algo que queda aún más claro en su libro. ¿Cómo cree que logró hacerse cargo de esa situación sin desaparecer como mujer y académica?
-Lo que pasa es que de joven yo era muy optimista y quería muchísimo a Stephen. Quería que todo fuera posible para él durante los dos años de vida que le habían pronosticado, incluso que tuviéramos niños. Creía muchísimo en su inteligencia, en su genio y quería que el mundo viera lo inteligente que era. Además me interesaba su área de estudio. El universo me entusiasmaba muchísimo. Me gustaba mirar el cielo por la noche. Yo veía estrellas, la luna, la poesía, pero Stephen estaba haciendo los cálculos de las fuerzas que gobiernan el universo. Para mí eso era una maravilla. Así que, por un lado, yo quería muchísimo a Stephen, y además los dos queríamos fanáticamente a nuestros hijos, los hijos más hermosos del mundo, por supuesto.

-Como todos los hijos.
-Claro. Pero además, aquí en Cambridge me di cuenta de que era imposible para mí vivir sólo como mujer y madre de mis hijos. Porque no había ningún respeto de parte de nadie hacia las mujeres que no eran académicas. Así que de algún modo logré empezar mi tesis sobre la poesía medieval de España, y de esa manera gané una identidad y algún respeto. Yo tenía que hacer mi proyecto y tenía que terminarlo, aunque me tomó 13 años. Cada vez que tenía cinco minutos libres me escapaba a tomar notas a la biblioteca, a buscar referencias, pero logré hacerlo. Más tarde la vida se hizo más difícil, cuando descubrí que no éramos dos en el matrimonio sino cuatro: yo, Stephen, la enfermedad, y la diosa de la Física. Stephen quedaba tan absorto en su amor por la física que no se daba cuenta de que nosotros, yo y los hijos, estábamos ahí, a su lado.

-Ustedes eran cuatro, en el matrimonio de Albert Einstein decían que eran tres: él, su mujer y la física.

-Sí, y para la señora de Einstein eso fue motivo suficiente para el divorcio. Me parece que fue un caso algo extremo. Sí, puedes vivir con la física, pero en nuestro caso, la enfermedad hizo todo mucho más difícil.

-Cuando uno lee su libro, hay mucho de batallas cotidianas. Los desvelos con los hijos recién nacidos, las dificultades de la alimentación, de los traslados. Aunque estaba casada con un hombre extraordinario, usted pasaba por cosas muy parecidas a las que pasan muchas otras mujeres.
-Creo que sí, creo que la nuestra es una historia de fines del siglo XX. Es la historia de muchas mujeres, en muchos lugares del mundo que querían hacer algo importante con sus vidas. En mi caso, yo pensaba que cuidando a Stephen y a mis hijos estaba haciendo lo más importante que podía hacer en el mundo.

-Usted dice que Stephen Hawking hacia los cálculos de las fuerzas del universo, mientras usted estudiaba poesía española. ¿Qué tan distantes estaban esos dos mundos, o ve alguna similitud entre ciencia y poesía?
-Creo que hay algunas similitudes. Los matemáticos creen en los cálculos como una poesía que sólo ellos pueden interpretar. La poesía que yo estudié, en cambio, la podemos entender todos. Piense en Pablo Neruda. Alguien ha dicho que el trabajo de Stephen es como una sinfonía de Mozart que uno lleva escrita en la cabeza. Stephen pudo comprenderla. Y cuando ya no podía comunicarse por escrito, aprendió a calcularla en su cerebro.

-Pero había también otra tensión en esos cálculos y los que a usted le interesaban, que tenían que ver con la religión. Usted, que a diferencia de Stephen Hakwing es creyente, escribe sobre la diferencia entre el qué y el por qué. Usted plantea que ciencia y religión quedan lamentablemente separadas en tiempos de Copérnico, y lamenta que no puedan volver a juntarse.

-Es cierto, pero creo también que hoy en día todo eso empieza a reconsiderarse. Aquí en Cambridge tenemos el instituto Faraday, donde se encuentran científicos y religiosos, y creo que por fin los científicos empiezan a darse cuenta de que hay más cosas en el universo de las que ellos creían. Pero en el caso de Stephen es distinto. Si a los 21 años uno tiene un diagnóstico de una enfermedad que va a matarlo en dos o tres años, ¿cómo se puede creer en un Dios benevolente? Es muy difícil. Además, Stephen es alguien que tiene que probar todo, todo por métodos racionales. Para él, todo el universo debe tener una explicación racional. Pero si toda cosa en la tierra y el universo está gobernada por leyes matemáticas, ¿de dónde vienen estas leyes? Creo que los científicos pueden explicar cómo es que estamos aquí, pero no pueden explicar por qué estamos aquí.

-¿Nunca se convirtió, ni siquiera estando casada con uno de los ateos más famosos del mundo?

-Yo no cambié, él no cambió y yo no traté de cambiarlo. Yo hablo más de fe que de religión, porque hoy la religión puede aplicarse a fundamentalistas, evangelistas. Para mí la fe es algo íntimo que no trato de imponer sobre otros, porque creo que las personas tienen sus propias ideas.

-Usted habla de Neruda en su libro, así como habla de Federico García Lorca, por quien expresa gran admiración y gran compasión por su muerte. Vio a Neruda, además, en Cambridge.

-Sí, lo vi cuando dio una conferencia en el King’s College, en Cambridge, hace muchísimo tiempo, 1964, 1965 quizás. Neruda me impresionó muchísimo. Hay poesías de Neruda que me gustan tanto como las líricas del siglo XI y XII que estudié. Pienso en un poema como “Aquí te amo”, de Neruda, que mezcla de una forma muy hermosa la naturaleza con la ausencia. Y no sabemos si esa ausencia es también una muerte. Yo viví con la muerte, porque aunque Stephen todavía está con nosotros, en esa época no sabíamos cuánto tiempo viviría. Cada día era como vivir sobre un precipicio. Pudimos echar raíces en el precipicio, pero el vacío estuvo ahí, todo el tiempo.

-En su libro cuenta que estuvo en Polonia, cuando conocen al físico chileno Claudio Bunster, el mismo día que cae el gobierno de Salvador Allende en Chile.

-Lo recuerdo muy bien. Ellos estaban muy deprimidos por las noticias que habían llegado de Chile, y yo con ellos, porque nos entendimos muy bien. Poco después, creo, oímos las noticias de la muerte de Pablo Neruda, que era gran amigo de Allende. No sé dónde está Claudio ahora, pero me gustaría decirle que quisiera verlo.

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