Por Andrés Gomberoff. Enero 29, 2014

© Frannerd

Dos moléculas pueden ser muy parecidas pero tener consecuencias diametralmente opuestas en el organismo humano. El agua y el agua oxigenada difieren apenas en un átomo de oxígeno, pero no por eso tendremos temor a beber un vaso de agua.

Damos a beber, sin miedo, agua potable clorada a nuestros hijos, porque la dosis es suficientemente  alta para matar parásitos, hongos y bacterias, pero no para poner en peligro nuestra salud. Si buscamos en internet, también encontraremos los peligros de la cloración.

Signo de los tiempos. Lo que antes sucedió con una carta al diario; ahora pasó con un tuit. Me avergüenza un poco, lo confieso, pues sé que estoy usando argumentos que no son los importantes para captar la atención hacia los que sí lo son. Si los parlamentarios hubiesen hecho bien su trabajo, jamás se me habría ocurrido leer el texto del proyecto de ley que “Elimina las vacunas multidosis con timerosal o compuestos organomercúricos”.  Al leerlo -al igual como me ocurrió con un proyecto del senador Navarro años atrás-, el lenguaje enciclopédico, poco natural, me hizo sospechar. Google me ayudó a verificar que dos párrafos habían sido copiados y pegados, literalmente, de otros sitios de internet, de data mucho más antigua que el proyecto. Twitter “explotó”, la prensa llamó, y tuve un poco menos de 15 minutos de fama. Es triste. No soy inmunólogo, soy físico. No me gusta hacerme parecer experto en cosas en que no lo soy. Pero ya han sido muchos los científicos expertos en el tema que han expresado enérgicamente su indignación frente a lo arbitraria y equívoca de esta ley, que ya ha sido aprobada. Pero casi no los llaman. No quiero culpar a los medios ni a los parlamentarios; no sé cuál es el origen del desencuentro, pero el hecho es que el ninguneo hacia la ciencia es transversal.

Es extraño, ya que en el discurso público la ciencia siempre está en el centro. La sociedad del conocimiento, la innovación, la formación de capital humano avanzado, son frases que salen indiscriminadamente de la boca de nuestros líderes. Pero a la hora de hacer leyes, presupuestos, o incluso reportajes, la ciencia parece tener un valor similar al de la pseudociencia.  Como no es muy fructífero sentarnos a llorar, debemos encontrar técnicas para penetrar la sociedad y sembrar antorchas en los reductos oscurantistas que nos rodean.

Un pequeño consejo para captar la atención sobre proyectos de ley pseudocientíficos, algo que conocemos todos lo que hemos hecho clases: cuando un trabajo es malo, suele ser malo no sólo en sus aspectos fundamentales. La desprolijidad se desborda por todos sus ángulos. Lea el proyecto contra el timerosal y sabrá de lo que hablo.  Una de las cosas que verá es el estilo sospechoso. De inmediato pensamos en el copy/paste de sitios de internet, una de las razones principales por las que  reprobamos trabajos de alumnos de los primeros años. Cuando son sorprendidos, su humillación suele ser grande. Es una sensación que muchos han experimentado y por eso mismo tiene un efecto mucho más importante que una buena defensa científica. En el caso de la “ley timerosal”, el copy/paste de la primera sección es el menos importante de sus errores. Pero es el que llama la atención. Denunciarlo nos permite captar la atención pública para luego pasar a hablar de lo que nos importa: la ciencia. Y la mala ciencia.

De los aspectos técnicos ya se ha hablado mucho. De hecho el mismo proyecto lo reconoce: no existen evidencias que permitan afirmar que el timerosal, en las dosis recomendadas, tenga efectos nocivos sobre la población.  Pero quisiera comentar un par de errores conceptuales. Errores lógicos que sólo muestran el grado de desconexión que sus redactores tienen con el mundo científico. Al primero lo llamaré “el principio de continuidad”. El segundo ya tiene nombre en el texto: “el principio precautorio”. Y si no me sirven para convencerlo de nada, al menos me sirven a mí para dejar la política y la prensa, y desde este punto, hablar de ciencia.

FALLA DE CONTINUIDAD

La continuidad es un concepto matemático. Se da con frecuencia en muchas circunstancias: si usted cambia muy poco alguna variable, sus consecuencias también debieran cambiar poco. Por ejemplo, si lanzamos una piedra con apenas un poco más de velocidad, esperamos que llegue un poco más lejos. Si calentamos la sopa sólo una pequeña fracción más de tiempo en el microondas, esperamos encontrarla con un pequeño aumento de temperatura. La continuidad es lo que nos dicta el sentido común. Pero la ciencia nos enseña que hay muchos e interesantes casos de fenómenos naturales que presentan discontinuidades. Así, por ejemplo, si aumentamos la temperatura del agua una pequeñísima cantidad, desde una pequeña fracción bajo cero a una pequeña fracción sobre cero, algo impresionante ocurre. Pasa de sólido a líquido. Un cambio radical producto de un aumento despreciable en una variable que, en este caso, es la temperatura.

Estas discontinuidades ocurren en diversas áreas del conocimiento y es algo que sabría cualquier asesor científico al que los parlamentarios le hubiesen pedido ayuda. Pero definitivamente no lo sabían los que redactaron el proyecto de ley. En el texto, se compara la molécula de metilmercurio, tremendamente tóxica, con la de etilmercurio, uno de los productos de la degradación del timerosal en el cuerpo. Esta última si bien también es tóxica, es mucho menos tóxica que la primera y se elimina más rápido del cuerpo. De hecho, los estudios indican que en dosis suficientemente bajas no tiene efectos nocivos. (Usted podrá decir aquí que preferiría no darles dosis bajas de veneno a sus hijos. Más sobre este punto más adelante).  Para justificar la acusación en contra del timerosal, sin embargo,  los parlamentarios escriben una frase de antología en el proyecto de ley: “La única diferencia entre el metil mercurio y el ethyl mercurio es que este último contiene una molécula de carbono más en su composición química”. Más allá de la ortografía errante, la confusión entre átomos y moléculas y el hecho de que la diferencia no es sólo de un átomo de carbono, sino que además en un par de átomos de hidrógeno, aquí hay un problema más serio. No tiene por qué haber continuidad en este sistema. Dos moléculas pueden ser muy parecidas pero tener consecuencias diametralmente opuestas en el organismo humano. El agua y el agua oxigenada difieren apenas en un átomo de oxígeno, pero no por eso tendremos temor a beber un vaso de agua.

La sal de mesa y el cloro (no hablo del elemento, sino del producto con que usted desinfecta el baño, cuyo nombre completo es hipoclorito de sodio) difieren también en apenas un átomo de oxígeno. No por eso aliñará su ensalada con Clorinda.

CIUDADO: ¡EL AGUA TIENE CLORO!

El principio precautorio, por otra parte, no es un principio científico. Es un acuerdo político que básicamente dice que si no estamos seguros de si cierta acción puede ser peligrosa para nuestra sociedad (salud, medioambiente), entonces no debemos ponerla en práctica.

Este principio, si bien políticamente correcto, puede en ocasiones ser contradictorio en sí mismo. El problema es que el no poner en práctica cierta acción es también una acción en sí misma. La responsabilidad de nuestros líderes no está sólo en aquello que hacen, sino también en lo que dejan de hacer. La pregunta entonces no es sólo si es peligroso usar timerosal. También es si es peligroso dejar de usarlo. Lo hemos usado por años y no hay ningún estudio que indique que ha producido daño. Sí tenemos estudios respecto de los grandes éxitos de los programas de vacunación del país. ¿No podríamos usar el mismo principio precautorio para no cambiar nada? ¿para dejar nuestro programa de vacunación tal como está?

También es importante tener en cuenta otra característica general de la ciencia. Ésta no puede demostrar que el timerosal, en toda circunstancia, sea inocuo. De igual modo como no puede demostrar, para poner un caso extremo, que los unicornios no existen. La búsqueda constante de unicornios sin éxito aumentará la evidencia de su inexistencia. Pero nunca estaremos seguros.

Finalmente, quisiera dedicar un par de líneas al veneno. Ciertamente el timerosal es venenoso. Pero también es cierto que casi todo es venenoso en dosis suficientemente grandes. Veamos un ejemplo extremo usando de nuevo al hipoclorito de sodio. La cloración del agua potable consiste en mezclarla con este compuesto altamente tóxico, y que usted consigue sin receta médica  y en botellas plásticas en cualquier supermercado. Un compuesto que le damos a beber sin miedo, diariamente, a nuestros hijos. Lo que sucede es que la dosis es suficientemente alta para matar parásitos, hongos y bacterias, pero no para poner en peligro la salud de organismos de nuestro tamaño. Si buscamos en internet, también encontraremos artículos llamando la atención respecto de los peligros de la cloración. ¿Debemos, entonces, usar el principio precautorio para terminar con la cloración del agua potable? Obviamente no. La cloración del agua es uno de los hitos más importantes en la historia de la salud pública. Uno que ha salvado infinidad de vidas. Ciertamente quizás sea aun mejor llenar los estanques con agua mineral. No tengo que explicar que es ridículo (espero).

La ignorancia es la semilla de los miedos irracionales. Por eso la ciencia debe penetrar todos los recovecos de la sociedad, iluminando las tinieblas del oscurantismo, parafraseando el título de aquel libro de Carl Sagan (El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad). Los miedos obstaculizan nuestro desarrollo y encarecen de manera absurda nuestras políticas públicas. Los miedos nos frenan, nos ahogan, y permiten que charlatanes e ignorantes tengan tribuna para liderar nuestro futuro.

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