11 de febrero 2011
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Actualidad

  • Vivir sin agua

    Al interior de Combarbalá están los pueblos más afectados por la sequía de la IV Región. Aquí, en el mejor de los casos, la gente vive con un sexto del agua diaria que dispone una persona en cualquier otra ciudad de Chile. Darse una ducha, lavar ropa o enjuagar la loza caen en la categoría de lujo. No podría ser de otra forma: sus llaves sólo dan agua día por medio y por apenas 20 minutos.
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    En El Sauce, un pueblo pequeño y polvoriento al interior de Combarbalá, lo simple es tarea titánica. Ducharse, lavar la ropa, regar los árboles, alimentar animales o encontrar un durazno en algún huerto es, hace años, un esfuerzo mayor. Y tirar la cadena del baño, un lujo que muy pocos se pueden dar. "Yo les digo a mis hijas que se aguanten de ir al baño para que ahorremos agua. Que vayamos una sola vez y todas juntas", cuenta la temporera Marisol Rojas. Está en el patio de su casa, frente a un parrón que apenas sobrevive y con el sol pegándole duro en la cara. Yupi, su perro, pega un ladrido flojo y se acomoda bajo el único pedazo de sombra del lugar. Pocos metros más allá, está el recuerdo de lo que fue una noria.

    Marisol nació en El Sauce y vive aquí con sus tres hijas. En el verano, este pueblo de 570 habitantes tiene temperaturas que no bajan de los 33 grados a la sombra. Por eso, las cortinas y las puertas de las casas pasan cerradas y -entre el mediodía y las siete de la tarde- ni un alma camina por las calles. Pero el verdadero problema no es el calor, sino la falta de agua. No hay ni siquiera riachuelos. Abundan los cactus ordenados en hilera y separados por milímetros. Y eso no es todo: la llave de agua se puede abrir día por medio y sólo por 20 minutos.

    La situación del pueblo es complicada desde hace cuatro años, pero se puso más dramática en octubre debido a la sequía que azota la zona del secano. Desde entonces, aquí viven a sobresaltos. Si no viene el camión aljibe que la Municipalidad de Combarbalá manda dos veces por semana, los vecinos se quedan simplemente a secas. Por eso, en el breve rato que pueden abrir la llave, llenan unos pocos tambores plásticos que tienen repartidos en sus casas. Unos tiestos están destinados al estanque del baño, otros para cocinar, saciar la sed y, eventualmente, lavar ropa, lo cual ocurre cada dos semanas y sólo en tiempos de vacas gordas. Los demás envases son para bañarse. Si es que puede llamarse así al acto de lanzarse chorritos con una botella, y nunca usando más de dos litros por persona. Nada se desperdicia: muchas veces, la lavaza que queda tras la "ducha" se echa a un tarro y sirve para tirar la cadena.

    "Esto es horrible. Hace dos años que no tengo agua y ahora no tengo ni para la ducha", se lamenta Carlos Henríquez, presidente de la junta de vecinos de El Sauce. "Si no llueve este año, estamos perdidos".  Agrega que es tanta la desesperación, que hace tiempo que en el pueblo nadie se duerme sin antes ver el tiempo después del noticiario. "Si llueve en Valparaíso, siempre nos llega una gotita", dice.

    Apenas 23,9 litros

    En la IV Región, Combarbalá es la comuna donde más ha golpeado la sequía. De sus 13 mil habitantes, sólo 3 mil viven en la ciudad y sin problemas de abastecimiento. El resto está repartido en zonas rurales, que en su mayoría dependen hoy del agua que les llevan seis camiones municipales. De estos pueblos, hay cinco que encabezan la lista donde beber, bañarse, refrescarse y regar son verbos que se conjugan en  pasado: El Sauce, Manquehua, Quilitapia, El Huacho y Medialuna. Los pozos que los surtían de agua están secos desde hace meses.

    Gladys Araya y su esposo tienen un almacén en la calle principal de Manquehua: hace meses que los productos menos vendidos son el champú y el jabón. En cambio, los chicles de menta y las colonias son los más demandados.

    Las cifras dan cuenta de la complicada situación. Si la media de consumo de agua de un chileno en una zona rural es de 80 litros diarios, en estos pueblos sobreviven con apenas 23, 9 litros. Para hacerse una idea de lo exigua de esa cantidad, basta saber que en una ciudad cualquiera cada chileno usa en promedio 120 litros de agua al día, sin contar la que corre por el alcantarillado. Aquí, en estos pueblos del norte, es apenas un sexto de eso. 

    La peor parte, en todo caso, no está en quienes reciben chorritos de agua en determinados días, sino en los que abren la llave y no obtienen ni una sola gota. Una situación que es bastante común en estas localidades: las copas donde los camiones depositan el agua están en los cerros, por lo cual el líquido corre sin problemas por las cañerías que abastecen a las casas que están en bajada, pero no llega a las que están en los sectores más empinados.

    "Abro la llave y el agua apenas me sale por 15 minutos. Con suerte, saco 80 litros para toda mi familia, y somos cinco", insiste Carlos Henríquez, desesperado. El escenario no es mucho mejor en Manquehua, donde la gran parte de sus 700 habitantes vive en lo alto y, por eso, sufre de escasez. Bien lo sabe Gladys Araya, la presidenta de la junta de vecinos de este pueblo y quien, junto a su esposo, tiene un almacén en la calle principal: hace meses que los productos menos vendidos son el champú y el jabón. En cambio, los chicles de menta y las colonias son los más demandados.

    "Nadie que no viva aquí se puede imaginar lo que es vivir con un par de litros de agua para bañarse, beber y cubrir sus necesidades básicas", dice el alcalde de Combarbalá, Solercio Rojas.


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