Por Álvaro Bisama, escritor y profesor de Literatura Abril 11, 2013

Hace poco volví a Downton Abbey. Tuve que ver sus tres temporadas y recordé por qué la había abandonado. Aquello había sucedido de modo paulatino. De hecho, cuando me cansó, no supe muy bien cuál era la razón. Todo era perfecto: la ambientación, los diálogos, los actores, la velocidad. Pero había algo que fallaba.

Ahora lo descubrí. Metido de nuevo en las entrañas de esa gigantesca casa, en la intensidad de la distancia de las clases sociales que es el centro de la serie, me di cuenta de que Julian Fellowes, su creador y guionista principal, en el fondo odiaba a sus personajes. De eso se trataba todo y creo que no es una percepción azarosa. Pero ese odio, en vez de volverse mala leche, tomaba la forma de un culebrón. Ahí desfilaban todas las cosas que una telenovela latina podía desplegar sin demasiada parafernalia y sin venderse como arte: paralíticos, ciegos, muertes en el parto, abortos, chantajes, muchachas abandonadas en el altar, infertilidad, accidentes de última hora, matrimonios express, encarcelamientos injustos, etc.

Así, que se trate de un drama histórico importa poco. En Downton Abbey todo es un simulacro y la elegancia es apenas una suerte de impostura que depende más de los actores que de la serie. Por supuesto, alguien podrá decir que ahí radicaba la verosimilitud del asunto, aunque a mí me parece más bien que se trata de un simple efectismo, lo que sucede en la pantalla cuando nadie está preocupado de la trama. Pero aquello no compensa el resto del programa, que es televisión con una moral del pasado. Por supuesto, tiene su encanto: el que se trate de una serie que parece ser idéntica a la que recordaban nuestros padres, donde lo que importa es el hálito de lo clásico, un barniz que sirve para que las cosas -un mueble, una serie de televisión, un mundo- se vean como viejas.

“Downton Abbey”.

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