Por Antonio Díaz Oliva Marzo 7, 2013

Hasta que sucedió: hoy todos hablamos -y adoramos- de Jennifer Lawrence (22). Razones, claro, hay varias. Pensemos en su tropiezo al recibir el Oscar a la Mejor Actriz (hasta para caerse tiene estilo); o que más tarde, en la conferencia de prensa, haya llegado algo “feliz” por culpa de un shot que se tomó en el backstage; o ese encuentro que tuvo algo de flirteo con Jack Nicholson. La clave de todo está en ese largo artículo que la revista Rolling Stone le hizo hace un año, donde fue portada bajo el sugestivo título “America’s Kick-Ass Sweetheart”, y en el cual explicó que para ella la felicidad es poder sentarse en un bar, masticar una hamburguesa y tener una Budweiser a mano. Nada extraño: nacida en Louisville, Kentucky, Jennifer Lawrence se escapa del prototipo de las actrices de nariz respingada que circulan por Nueva York o Los Ángeles. Y tal vez por eso verla en El lado bueno de las cosas, en alguna de esas escenas que llegan a dar miedo, tiene tanto sentido (cuando está en el diner,  le da un ataque de locura y grita con los ojos desorbitados, a la vez que el personaje de Bradley Cooper observa pasivamente sin entender demasiado). Y por todas esas razones no podemos más que seguirle la pista y aplaudir que vuelva a la franquicia X-Men, donde Lawrence -oh, sí-, una vez más, se desnudará y se pintará enteramente el cuerpo de azul para interpretar a nuestra mutante favorita: Mystique.

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