Por Víctor Hugo Moreno // Fotos: Mabel Maldonado Marzo 8, 2018

¡Cómo! ¿ya llegó el helicóptero? ¿no nos teníamos que ir en una hora más? —le pregunta la presidenta Michelle Bachelet a su jefa de prensa, Haydée Rojas, en su despacho presidencial, ubicado en el ala sur-oeste del Palacio de La Moneda.

Es martes 6 de marzo: 12:15 de la tarde y Bachelet no descansa. No pierde el control de su agenda, hasta el Sin título-1.jpgúltimo día, sin freno, sin espacio para nada. Se le nota algo cansada, con las ojeras propias de quien duerme no más de cinco horas al día. Tiene sólo unos minutos (exactamente diez) para recibir a Qué Pasa para una sesión de fotos, quizás la última como Presidenta de la República. No hay tiempo para nada más. Pero accede a la propuesta de reflejar en imágenes sus últimos momentos como máxima autoridad de la nación, sus últimas horas en Palacio y sus últimas giras a regiones para la despedida. Ya vivió esto hace unos años, cuando terminó su período presidencial en 2010. Pero esta vez es distinto. Esta vez no hay vuelta atrás.

 

Una presidenta resiliente

Michelle Bachelet aterrizó en Chile un 27 de marzo de 2013 para retomar el liderazgo político de una Concertación extraviada por la derrota electoral de 2010. Los partidos la buscaron, viajando en procesión a Nueva York para que dejara su cargo como Secretaria General de ONU Mujeres, volviera a Chile y la centroizquierda pudiera, así, recuperar el poder. Todo ello alentado por la enorme aprobación ciudadana con la que dejó su mandato en 2010 (84%). Era ella y sólo ella la opción.

Bachelet arribó con energía renovada y con un semblante resplandeciente que siempre la caracterizó desde que fuera ministra de Salud y Defensa en el gobierno de Ricardo Lagos. Su sonrisa natural, sus manos hacia el pecho en señal de pleitesía hacia la gente la conectaban directamente con la ciudadanía. Ese era, quizás, su principal motor y virtud en su retorno, que se sumaba a una supuesta mayor experiencia política adquirida durante su paso por Naciones Unidas. “Ahora sí estaba más preparada para gobernar”, era la frase que se repetía entre los dirigentes de la entonces oposición. Se cumplía la ecuación perfecta: carisma y experiencia.

La presidenta asumió el 11 de marzo de 2014 con todo el viento a favor y, bajo el brazo, con un programa de gobierno transformador, quizás el más completo y exhaustivo desde el retorno a la democracia y que recogía las demandas ciudadanas expresadas desde el 2011 en el estallido del movimiento social por la educación. Nadie, por ese entonces, aunque no hubiese leído bien las 198 páginas del programa, lo ponía en discusión. Además, por primera vez se contaba con mayoría parlamentaria en ambas cámaras. Bachelet sonreía y llegaba a La Moneda bajo el clamor popular.

Ese primer año las cosas anduvieron bien. En las giras internacionales acostumbraba a recorrer el avión presidencial para hablar con los periodistas e invitados. Siempre con un rostro acogedor y con alguna broma para lanzar, incluso en momentos de tristeza absoluta, como ese 28 de junio de 2014 cuando la Roja quedó fuera en el Mundial de Brasil. Esa tarde Bachelet emprendía su primer viaje a Estados Unidos. El ánimo estaba por el suelo y la presidenta —hincha furibunda de la selección— compartía ese dolor al momento de subirse al avión, comentando esa derrota épica por penales.

 En el Partido Socialista ya comenzaron a organizarse para ser los primeros en salir a defender el legado de la presidenta. Paula Narváez, Ana Lya Uriarte, Álvaro Elizalde, entre otros, serán los principales articuladores de la operación

Sin embargo, llegaría febrero de 2015 y, entonces, todo iba a cambiar. Estalló el caso Caval y para la ciudadanía su credibilidad —quizá su mayor arma— decayó casi por completo. Muchos en La Moneda piensan que esos días para Bachelet fueron los más dolorosos de su gestión. Y algo también cambió en ella. Dejó de sonreír y su hermetismo y distancia se incrementaron como nunca. Poco a poco se comenzó a aislar más: el dolor de madre luchaba por minimizarse ante su rol de máxima autoridad del país. Nadie en Palacio se atreve, aun hoy, a hablar con total confianza sobre ese dolor, pero la gran mayoría concuerda que después de eso dejó de ser la misma.

Con todo, Bachelet se levantó y siguió adelante, sin detenerse: “Soy una persona resiliente”, dijo el martes pasado en la entrevista con Don Francisco. La presidenta continuó su lucha hasta el final, sin ya importarle nada, ni siquiera el fuego amigo de su propia moribunda coalición.

 

Despedida en terreno

Llegó la hora de mostrar la obra, de cortar las cintas y visibilizar los avances.

Es viernes al medio día y la presidenta llega a la estación de Metro Ñuñoa de la línea 6, futura ruta de combinación con la 3. La mandataria baja por un ascensor hacia el subterráneo para observar los avances de la obra. La visita es breve. El presidente de Metro, Rodrigo Azócar, la recibe y le muestra unas láminas sobre el estado de los trabajos. Rápidamente, Bachelet sube al atril preparado para el punto de prensa e informa que en diciembre de este año esta línea, que unirá las comunas de La Reina y Quilicura en 31 minutos, estará lista para ser usada. “Me gusta este tipo de actividades”, dice, porque “son obras reales que beneficiarán directamente a más de un millón de personas”. Termina el recorrido, pero antes de subirse al auto presidencial, un grupo de señoras con lágrimas en los ojos le dice: “La vamos a extrañar, presidenta, no sabe cuánto”. Bachelet se detiene para conversar y les confiesa que le hubiera gustado tener esta ruta antes, pues el Metro nunca llegó cerca de su casa en La Reina. Otra señora abre una cartulina: “Gracias, presidenta”, se lee. El grupo de señoras sólo quiere abrazarla.

Revista Qué Pasa

Ese mismo día a las 15:00 Bachelet junto a su comitiva llegan a Rancagua para, también, observar el estado de avance de las obras para la sede central de la nueva Universidad de O’Higgins. La reciben académicos y alumnos, con quienes se saca una secuencia interminable de fotos hasta llegar a otro punto de prensa. Ahí Bachelet resalta un concepto que se reitera en todas sus últimas actividades: orgullo.

—Cuando yo miro atrás, cuando pienso en las banderas que se enarbolaron por todo Chile, cuando pienso en la voluntad y los esfuerzos que todos pusimos para hacer realidad los compromisos, hay una primera palabra que se me viene a la mente: orgullo. Orgullo de nuestros jóvenes, maestros y líderes que nos empujaron para que no bajáramos el ritmo en estos cuatro años —dice para luego hacer un repaso de su obra (o legado) en materia de educación.

Raudamente abandona el lugar para partir rumbo a Codegua. Es el turno ahora de mostrar el legado salud. En esa árida comuna de tan sólo 12 mil habitantes, ubicada al norte de Rancagua, la espera uno de los llamados “cierres ciudadanos”. Bachelet inaugura el Centro de Salud Familiar (Cesfam) —el número 270 de su gestión— para, tras cortar la cinta, participar del acto que le tiene preparada la comuna. En cada una de sus últimas giras nacionales se organizaron pequeñas y simbólicas ceremonias, a propósito de la cuenta anual que presenta cada intendencia, para despedirla. Unas 300 personas corean su nombre en las tarimas habilitadas las que, como suele ocurrir en sus salidas a terreno, están resguardadas por estrictas barreras de seguridad. Sólo ingresan los invitados por la organización. Nadie más.

El momento más complejo de sus últimas semanas ha sido la situación vivida en Carabineros. Su respeto por las instituciones ha hecho que no decidiera tomar medidas en contra del general director, Bruno Villalobos

La alcaldesa (DC), Ana María Silva, vestida de elegante y llamativo traje, le da la bienvenida y la llena de regalos: una manta con lana de la zona, flores, frutas, almendras y mermeladas , unos aritos y un collar de lapislázuli. Al momento de tomar la palabra, la presidenta vuelve a resaltar el sentido y razón que tuvo su gobierno.

—Este es el camino en el que hay que seguir, con trabajo junto a las comunidades para responder a demandas históricas, con autoridades que se la juegan por sacar adelante sus compromisos, donde la identidad local y la creatividad son el sello de las obras. Y eso es lo que esperan nuestros compatriotas del desarrollo: que el país se desarrolle, pero que eso significa “su” desarrollo para las personas, y no que sea una cifra abstracta en una gráfica, sino que ese desarrollo de Chile implique mejorar las vidas, la dignidad, el respeto —dice Bachelet.

La locutora oficial de presidencia cierra el acto resaltando la idea de que este gobierno de Michelle Bachelet fue uno transformador. La presidenta intenta abandonar el lugar, pero tarda en conseguirlo: señoras, niños, funcionarios del Cesfam se agolpan para pedirle una selfie. Ella trata de decirles a todos que sí. Sólo los guardias interrumpen el momento para apurarla. Antes de entrar al auto presidencial, da un último saludo, emocionada y con una amplia sonrisa en su rostro.

 

Un viaje relámpago

Es lunes 5 de marzo, su último lunes. Ese día se inaugura el año escolar en la escuela Víctor Domingo Silva en la comuna de San Joaquín. Es una ceremonia breve. La presidenta se sienta en el escenario al lado de una niña haitiana de unos ocho años, alumna del colegio. Se muestra un video en que se destaca que la educación es un derecho social, y que llegó para quedarse. La mandataria, en su discurso posterior, resaltará que es un cambio estructural que se puede palpar en cada rostro de los niños. Bachelet termina sus palabras ante el murmullo cada vez más fuerte de los niños sentados a regañadientes en el patio central de la escuela.

—Bueno, parece que están con muchas ganas de contarse las vacaciones —son sus palabras de cierre. Y la gente se ríe.

Luego, en La Moneda firma el envío de un esperado proyecto: el del fin al CAE, aunque en la práctica no es exactamente lo que los estudiantes buscaban, que era, además, la condonación total de la deuda actual. La presidenta explica los alcances de este nuevo Crédito Estatal de Educación Superior que tendrá como renovada sigla Cepes.

“Bachelet impulsó cambios legales que eran relevantes, pero la deuda es que eso mismo se hizo con un desapego y una falta de coordinación con los partidos que tuvo un costo alto”, dice Gonzalo Navarrete

Después de esa actividad Bachelet tiene una ventana de dos horas, antes de dirigirse hacia el grupo 10 de la FACh para emprender un viaje relámpago a La Serena. En ese lapso, graba su última cadena nacional para anunciar el envío al Congreso de su última gran reforma: la constitucional. Luego de eso, toma una taza de té con un sándwich, pues debe abordar el avión presidencial.

En La Serena inaugura una sala cuna que aún no contaba con sus pequeños moradores, pues entrarían recién el próximo lunes. Bachelet recorre las modernas instalaciones, pero se le ve cansada, sin el mismo entusiasmo de días anteriores. Luego de eso, parte a la inauguración de la biblioteca regional Gabriela Mistral, que la esperaría con un nuevo cierre ciudadano inundado de carteles con “Gracias, presidenta”.

Pero ese día Bachelet no era la misma que el viernes. Estaba más retraída. Esa mañana su nuera, Natalia Campagnon, las había emprendido en contra de la Fiscalía, acusándolos de extorsión con duras palabras. La sombra de Caval volvía a aparecer, hasta el final. Nunca desapareció del todo.

 

El último apaga la luz

El martes 6 debió ser uno de esos días que se recuerdan como un gran hito que pasaría a la historia. La presidenta enviaba al Parlamento su tercera gran reforma estructural por una nueva Constitución. Sin embargo, no fue así. Al principio, el año pasado, estaba presente la idea de hacer un gran acto en la Plaza de la Ciudadanía, luego pasó a una ceremonia en el Patio de Las Camelias en Palacio, según consta en la pauta presidencial enviada el lunes, para terminar haciéndose en un espacio mucho más reducido: el salón Montt-Varas. Pero no sólo eso, porque el ambiente que rodeó la ceremonia fue absolutamente frío, sin el resplandor que podría significar el envío de ese emblemático proyecto.

En La Moneda comentan que Bachelet tuvo dos grandes enemigos durante el desarrollo de su mandato: los empresarios —y la campaña del terror con las cifras apocalípticas sobre el curso de la economía— y la propia Nueva Mayoría, la misma coalición que fundó Bachelet en 2013. Ella ha manifestado ante su entorno más cercano que la coalición nunca se ordenó, expresándo cierta decepción por el comportamiento del conglomerado a lo largo de estos cuatro años. Los partidos por su parte, sienten que nunca fueron tomados en cuenta. Prueba de ello es que durante 2017 Bachelet nunca tuvo una reunión formal con sus presidentes. Al parecer ya no valía mucho la pena hacerlo.

Por ello el balance que hacen sus dirigentes tiene esa nebulosa de la poca y mala relación presidenta/partidos, como afirma el timonel del PPD, Gonzalo Navarrete, al ser consultado sobre lo blanco y negro del gobierno que se va.

—Lo bueno de su gobierno fue su decisión de impulsar ciertas leyes que parecían casi imposibles, y que tuvieron todos los detractores, y que si no hubiese sido por la voluntad de ella no se habrían hecho. Ella impulsó cambios legales que eran relevantes, pero la deuda es que eso mismo se hizo con un desapego y una falta de coordinación con los partidos que tuvo un costo alto para la coalición. No se proyectó una coalición y ella debiese haber jugado un rol importante no sólo en el éxito legal de su gobierno, sino también en proyectar una plataforma política a futuro.

En ese contexto, a la salida de la ceremonia constitucional no hubo consensos entre los dirigentes de la Nueva Mayoría en torno al acto, que debería haber sido un momento histórico, una fiesta republicana. Así, mientras desde el Partido Radical su presidente Ernesto Velasco resentía no haber conocido el contenido del texto, la actual jefa de la Democracia Cristiana, Myriam Verdugo, hablaba de que esto no era más que un “saludo a la bandera”. Quizás el único que defendió sin ningún “pero” el envío del proyecto fue el presidente del Partido Socialista, Álvaro Elizalde.

De hecho, en el partido de la presidenta ya hay conversaciones para ordenarse en torno a la defensa del legado. La vocera, Paula Narváez, junto al ministro Segpres, Gabriel de la Fuente, y la jefa de gabinete, Ana Lya Uriarte, todos socialistas, ya están coordinando el cómo hacerlo. Aún no saben bien la plataforma ni la estrategia, pero sí—como confirman desde el PS— hay una idea latente por tomar la ofensiva como partido en esa defensa sin “peros” del legado. De todas formas, en los partidos quieren hacerle un último gesto a Bachelet, pero aún no saben cómo, ni cuándo ni dónde.

Sin embargo esa mañana, tras la ceremonia oficial y sin cámaras ni periodistas, se vivió un pequeño e íntimo momento entre Bachelet y los presidentes de partidos. Gonzalo Navarrete llamó a sus colegas y los reunió para pedirle a la presidenta una foto junto a ellos. La mandataria accedió sin reparos. Ahí está ella y los presidentes de todos los partidos de la Nueva Mayoría. No hay alegría en el rostro de los políticos, más bien desazón y resignación. Ahí está, quizá, la última imagen que tengamos de la plana mayor de una coalición que parece estar llegando a su fin. Y así, después de la foto, todos se van, y Ernesto Velasco —curiosamente sin corbata ese día, a pesar de que como buen radical siempre la lleva puesta para un evento republicano— sale clamando por el patio de los cañones: “Bueno, no hay más, el último apaga la luz”.

 

Días de embalaje

Hasta el final Bachelet ha debido sortear dificultades. En Palacio grafican que lo vivido en Carabineros ha sido lo más complejo de abordar en estas últimas semanas. Más allá de su amistad con el general director, Bruno Villalobos, su formación como hija de comandante de la Fuerza Área hace que le duela aún más ver el estado actual de la institución uniformada. En La Moneda afirman que su respeto por las instituciones ha hecho que no decidiera tomar medidas en contra de Villalobos, pues todo debe seguir su curso legal, lo que finalmente ha significado mantener al general en su cargo.

La oficina presidencial ya tiene pocas cosas. La mayoría de los objetos personales de la presidenta ya se embalaron. Sólo queda lo necesario para los últimos días. Pero el embalaje no termina el domingo: al día siguiente debe comenzar su cambio de casa que arrendaba en La Reina para volver a su antiguo hogar (más pequeño) ubicado en la misma comuna. Luego de eso, piensa tomarse unos días de descanso, para empezar —prontamente— sus labores como asesora de la ONU en desarrollo de conflictos, como también en las consultorías que prestará a la Organización Mundial de la Salud. Deberá viajar bastante a Estados Unidos y otros países, pero su base seguirá siendo Santiago, pues su otra misión será defender su obra por todos los medios posibles. Incluso tampoco se descarta de plano la creación de una nueva fundación estilo Dialoga.

Bachelet intentó cumplir hasta el último minuto sus compromisos de campaña (incluida la posibilidad de terminar con el penal Punta Peuco que hasta el cierre de esta edición aún no se realizaba) y mostrar los logros de sus cuatro años, resaltando en cada lugar al que fue estos últimos días la idea de que el suyo fue el gobierno más transformador desde el retorno de la democracia, y que todos esos cambios llegaron para quedarse. Bachelet confía en eso y lo defenderá, pero no pensando en un tercer mandato, que descarta de plano, aunque en política cuatro años puede ser mucho tiempo.

 

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