Por Juan Andrés Quezada // Fotos: Marcelo Segura Junio 17, 2016

En 2012, tras la rebelión de los estudiantes universitarios, en pleno gobierno de Sebastián Piñera, Alberto Mayol Miranda (39), un joven sociólogo de pelo largo y de baja estatura, irrumpió en el debate político con un libro —El derrumbe del modelo. La crisis de la economía de mercado en el Chile contemporáneo— cuyas ideas fueron recogidas por un amplio grupo que simpatizaba con el malestar de la ciudadanía.

Hoy, cuatro años después, Mayol cuenta que constantemente se le enrostra que el modelo no murió y que el país mantiene su camino sin desviaciones, lo cual él niega. Uno de sus argumentos es que durante este segundo período de la presidenta Bachelet, la elite —política, económica y religiosa— que, según él gobernó e influyó en Chile desde la recuperación de la democracia, terminó por desintegrarse. El camino de esta destrucción lo relata en su nuevo libro, Autopsia ¿De qué murió la elite? (Catalonia), que estará en librerías el próximo viernes 24 y cuyo primer lanzamiento será en Antofagasta.

“Revolución Democrática dio una señal interesante cuando sale del gobierno, pero retrocede y dice ‘no le compito a Tohá’.  Tú vas con todo o no vas . Pablo Iglesias no se preguntó si su partido podía generar que el PSOE no llegara al gobierno y que sí llegara la derecha. Si te haces esa pregunta, fregaste”.

—Para muchos el modelo se mantiene intacto...
—Esto va a terminar con un cambio constitucional y, definitivamente, no va a ser el mismo modelo. Hoy todos quieren más regulaciones, incluso los liberales económicos, y ese no es el mismo modelo que teníamos. Yo en 2012 dije que el cambio ocurriría con transformaciones sectoriales, gelatinosas algunas, que empiezan a anular la eficacia del funcionamiento del modelo. Y eso está pasando. Desde la misma derecha reconocen que ellos no tienen la capacidad hegemónica en la sociedad, que la gente les cree a otros, no a ellos, y que la gente no quiere aumento de las utilidades de las empresas, que no creen que sea bueno que se instale una empresa cerca de su domicilio, que no creen que sea bueno el desarrollo a partir de la mera producción de empleo.

—¿Esta sería como la segunda parte de su primer libro?
—Cuando escribí ese libro, yo no comprendí que esto se dirigía no sólo a un cambio en el régimen hegemónico y a la legitimidad del orden establecido, sino que suponía una fractura total en la elite. En ese sentido, opera como una segunda parte. Desde 2004 que estamos viviendo sucesivas crisis —educación, caso Karadima, colusión de empresas, La Polar, Penta…—. Semanas tranquilas son pocas. Salvo SQM y Caval, que por la magnitud del impacto y gente involucrada tienden a durar más, hoy la sociedad chilena ya no se inmuta por una formalización por cohecho. En 2003 ello habría significado una suspensión ética de todo el país. Lo que intento es buscar una razón de fondo que explique que estamos viviendo crisis sistemáticamente. Y así llego a la crisis de una elite. Porque, básicamente, la crisis de una elite arrastra, cuando acontece, todos los intereses que esa elite defiende. Y se desarticula el pacto.

—A su juicio, ¿existía un pacto implícito entre los sectores con más poder en Chile que, al romperse, provoca las crisis?
—Se desarticula el pacto y sus integrantes no son capaces de defender sus intereses como lo hacían antes, y eso supone cambios en el modelo de sociedad, supone cambios en el funcionamiento del sistema público y privado. Las prácticas se modifican, lo que es válido deja de serlo, lo que antes no era válido, pasa a serlo. O sea, hay una reorganización completa.

—¿Quiénes eran los integrantes de esta elite?
—Los grupos que en su momento Allamand llamó “los poderes fácticos”, más la institucionalidad. Ese pacto tenía una estructura muy organizada en nuestro país. Te pongo un ejemplo: este es el único país de América Latina donde los empresarios agrícolas y los financieros están de acuerdo en todo.

—El final de su libro queda abierto, usted no detecta una nueva elite…
—Al respecto, parto contando la crisis de la elite judía, que deriva primero en la aparición de Jesucristo en la zona, es un gran impugnador de las clases medias y populares. Luego, se configura una nueva elite, que logra tomar el Imperio romano, que es el cristianismo, pero luego de 40 años, entra en crisis rápidamente y cae. Nuevamente viene una época de marasmos, sin que nadie vertebre esa situación, hasta que aparece otro gran impugnador, Mahoma, quien vertebra una nueva elite en la zona de Medio Oriente. O sea, un impugnador exitoso es alguien que quiera construir una nueva elite, es alguien que está dispuesto todos los días a ir a matar o morir. Esto no se hace en la medida de lo posible, esto se hace con todo.

—¿Ve a alguna persona o grupo hoy con esa capacidad?
—Yo no lo veo, creo que lo más cercano son los chicos del movimiento estudiantil, el más cercano a eso es hoy Gabriel Boric. Creo que Revolución Democrática dio una señal muy interesante el mes pasado, cuando dice “me salgo del gobierno”, pero en la tarde retrocede y dice “no le compito a Carolina Tohá”. Tú vas o no vas con todo. Pablo Iglesias en España no se preguntó si su partido podía generar que el PSOE no llegara al gobierno y que sí llegara la derecha. Si te haces esa pregunta, fregaste.

—Usted menciona en su libro algunos intentos de articulación de grupos…
—Hay una elite disidente que se configuró, que vendría a ser el grupo de los “traicionados de la Concertación”, que son todos aquellos que cuando la Concertación llega al poder, el 90, empieza a dejar de lado. Los estudiantes, que habían estado dentro de la Concertación con todo, son dejados de lado; los sectores poblacionales son dejados de lado, pero ellos no logran articularse… Todavía quedan algunos grupos sindicales que siempre están “que sí, que no”, y les cuesta organizarse como una elite disidente. La Iglesia popular, que era un sector interesante, fue desarticulada muy fuertemente del año 90 en adelante por los grupos más conservadores derivados de Juan Pablo II, me refiero a los cardenales Jorge Medina, Francisco Javier Errázuriz y compañía que coaptan a Ezzati, que venía de Concepción con una mirada más crítica, pero se vuelve conservador. Todo ese grupo controla por completo la mirada disidente de la Iglesia. Y ese control disidente empieza a suponer que algunos se empiezan a ir, entonces aparece el fenómeno de los jesuitas, que estuvieron metidos en la elite en un momento. A mi juicio, hoy sólo existen dos grupos bien organizados: los estudiantiles y la Iglesia disidente, representada por los jesuitas, que logra tener al menos capacidad defensiva, que impide que los perjudiquen.

—¿Cómo aborda el tema de la Iglesia?
—La Iglesia es un caso notable, porque primero se fractura internamente. El caso de Karadima es clave, porque es la crisis de la elite desde dentro de la elite. Me explico: una cosa es la “nueva elite”, como los SQM y los Penta. Cuando caen esos tipos, en la historia de todos los países, cuando cae el nuevo rico, todos dicen: “Ya, pero si era el nuevo rico, no es tan grave”. Pero el caso Karadima y el caso Matte no son nuevos ricos, es la gran tradición. Es la parroquia de El Bosque, que había logrado tener un tratamiento particular del Vaticano, que tiene tratamiento de congregación, o sea una cosa sorprendente, y caen los Matte, que son famosos dentro del sistema, por ser personas muy prudentes. Con ambos casos esa visión heroica de la elite de repente se destruye. En Karadima, el santo es un ultrapecador, y en los Matte, estos prudentes personajes andaban como una mafia pequeña, ordinaria, arreglando los precios del papel confort. Ahora, en el caso Penta, tenías a un tipo que había sido instituido gracias a la Teletón, y daba donaciones importantes, mientras andaba pagando tipos dentro del Servicio de Impuestos Internos para que cambiaran los datos a los computadores, más las boletas, más los autos de la señora y toda esa clase de cosas hechas muy ordinariamente.

los viejos y los nuevos boliches

—Uno de sus capítulos lo abre con una frase del poemario Artefactos, de Nicanor Parra: “La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”.
—Sí, y tiene que ver con que la tesis central que defendió la transición era esa, que teníamos tres tercios, que se convirtieron en dos medios, pero que al final es uno. Y ese jueguito es la gran trampa. En el fondo: todos decían “acá sigue habiendo tres sensibilidades”, al final eran dos y resulta que era una. Estaban de acuerdo en todo. Entonces, ese juego era muy brillante, porque suponía una especie de escenario de lo que pasó en Latinoamérica en el siglo XIX, no sólo en Chile, donde liberales y conservadores eran básicamente lo mismo. Ironizando con eso, García Márquez dice en Cien Años de Soledad que “llegó un momento en Macondo en que la diferencia entre los liberales y los conservadores es que unos iban a la misa de las 7 y los otros, a la de las 8”.

“A mi juicio, hoy sólo existen dos grupos bien organizados: los estudiantiles y la Iglesia disidente, representada por los jesuitas, que logra tener al menos capacidad defensiva, que impide que los perjudiquen.

—¿Bachelet es un personaje importante en su libro?
—Parecía que el gobierno de Piñera ya no podía controlar el malestar social, pero Michelle Bachelet era la última oportunidad. Ella era la situación ideal: venía de fuera de Chile, no había estado metida en ninguna de estas últimas crisis, había salido del gobierno con un 80%. Entonces aterriza esta persona, que era una salvadora de la situación, viene con un proyecto que supuestamente integraba desde el movimiento estudiantil hasta los grandes empresarios, como Andrónico Luksic.

—Y estalló el caso Caval...
—Pero antes de Caval, a mí me llama la atención lo siguiente: la única solución que tenían era Michelle Bachelet, para toda la elite: empresarios, políticos, todos. Bachelet era la última oportunidad para la elite. Ella trata de hacer una especie de “bacheletismo moderado”, pero inmediatamente la empiezan a atacar, y esto se empieza a notar en la reforma tributaria. Luego viene el caso Caval. El error es monumental (…) La elite se desarticula por completo entre sí. Lo que vemos hoy día son conflictos entre empresarios, entre empresarios y políticos. Vemos a los políticos alejados de los empresarios, desarticulados, nadie quiere verse ni reunirse con nadie y los medios de comunicación fracturados.

—¿Y puede haber una rearticulación de la elite después de Bachelet?
—No, esto se desarticuló. Por eso el libro se llama Autopsia, esto se murió, y mientras más se demoren en entenderlo, más se van a demorar en salir de aquí. Aquí los que están leyendo bien la jugada son los que están renunciando, se están yendo, están buscando caminos nuevos, los que están abriendo nuevos boliches, esos están leyendo bien el partido, los que entienden que esto se acabó tal como estaba articulado.

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