Por David Muñoz Julio 2, 2015

“Ahora tenemos dos ministros de Hacienda”. La frase es de un alto dirigente socialista y fue una de las interpretaciones del tema de conversación obligado en las reuniones del martes en el Congreso. La nueva dupla del gobierno la integraban los ministros Eyzaguirre y Valdés.

“Terminemos con la lesera”. Once días había pasado el gobierno sin tener un ministro  de la Segpres. En estricto rigor, la subsecretaria de la cartera, Patricia Silva, actuaba como subrogante y trataba de avanzar en la agenda de probidad. Once días para colmar la paciencia de la mandataria, que fustigó a un grupo de periodistas que le preguntaron por la demora en la designación. “Voy a nombrar un ministro o ministra cuando crea que es lo conveniente (…) Saben qué más, si yo nombro rápido, hablan de improvisación, si me demoro, dicen que me demoro, terminemos con la lesera”. 

Para muchos la respuesta de la presidenta fue una muestra de autoridad y signo de recuperación de la crisis que entrampó a su gobierno desde el verano. Otros veían más bien cierta inseguridad e indecisión, basada en la premisa de que, esta vez, no podía haber errores en los antecedentes de su elegido.

La salida del ministro Segpres, Jorge Insunza, —designado en su primer cambio de gabinete y que resultó en una cirugía mayor a su comité político—, se había convertido finalmente en una oportunidad para reordenarse. Una especie de tercer tiempo. Según sus asesores más cercanos, la presidenta está  “más decidida” y con “más energías”, dispuesta a “dejarlo todo en la cancha” para recuperar la confianza perdida de la ciudadanía. Bien vale la expresión pues asistió a todos los partidos que jugó la selección chilena en el Estadio Nacional por la Copa América, decisión que le trajo réditos inmediatos. Considerada “cábala de la selección”, gracias al “mote” impuesto por los propios jugadores con quienes se fotografió en camarines tras cada partido, en la encuesta Cadem registró una leve mejoría en su popularidad después de una baja  sistemática desde febrero pasado, cuando en el mismo sondeo registró una caída de 42% a 31% en aprobación.

Durante la última semana, la imagen de la mandataria mejoró 5 puntos (de 23% a 28%) tras la clasificación de Chile a las semifinales de la Copa. En el gobierno aseguran que la presidenta está marcando sus propios tiempos y no escatima esfuerzos. La semana pasada viajó el jueves a Concepción a inaugurar el estadio Ester Roa, y al día siguiente recorrió las comunas de San Pedro de Atacama, Mejillones, y Calama en el norte del país. Esa misma tarde regresó a Santiago y se trasladó hasta el Espacio Matta en La Granja para asistir a la exhibición del documental Allende mi abuelo Allende, de Marcia Tambutti, hija de la presidenta del PS, Isabel Allende. Estuvo hasta casi la medianoche, pese a que en paralelo sus asesores intentaban convocar a todos sus ministros a primera hora del sábado para hacer el esperado anuncio del nuevo ministro Segpres.

LA NECESIDAD DEL REFUGIO 

Las salidas de Rodrigo Peñailillo, Alberto Arenas y Álvaro Elizalde del gabinete, el 11 de mayo pasado, significaron la resignación de la apuesta más alta de la presidenta: el diseño de un gobierno en manos de personas de su exclusiva confianza. Se sentía plenamente cómoda. Aunque el esquema derivó en una acentuada concentración de poder en su ministro del Interior, éste se transformó en un puente funcional con la coalición oficialista. Pero la crisis derivada del estallido del caso Penta, y luego la aparición de Caval y SQM, terminaron por vencer su plan original. Antes de eso, la mandataria pasó por un periodo personal duro. En La Moneda recalcan que vivió semanas de soledad, golpeada no sólo por la situación de su hijo, Sebastián Dávalos, sino por la pérdida de confianza, precisamente, en quienes se sostenía su estructura de poder. También mellaba su propia pérdida de credibilidad.

Bachelet se refugió. Y lo hizo, de nuevo, en un aun más reducido círculo íntimo: su jefa de gabinete, Ana Lya Uriarte, y su jefa de prensa, Haydée Rojas. 

La llegada del DC Jorge Burgos a Interior, el embajador PS Marcelo Díaz en vocería y el diputado PPD Jorge Insunza en Segpres formaba un cuadro distinto: figuras de trayectoria partidaria, pero de menos vínculos con la mandataria. El paso de los días fue confirmando que para la presidenta el peso de las relaciones es esencial y el vacío se hizo sentir.

Bachelet necesitaba a una persona de mayor confianza en su comité político y, pese a todo, la renuncia de Insunza se convirtió en una oportunidad. 

Ahí estaba el ministro de Educación, Nicolás Eyzaguirre. La influencia de este último ya se había hecho sentir con el nombramiento de Rodrigo Valdés en Hacienda y en el tono utilizado por la mandataria en su discurso del 21 de mayo, según comentan en Palacio.

Pese a la ventaja que siempre tuvo, en algún minuto se barajó otro plan: trasladar a la Segpres al canciller Heraldo Muñoz, de reconocida cercanía con la mandataria, y designar a Juan Somavía en Relaciones Exteriores. Muñoz subsanaba también la necesidad de refugio, pero éste habría preferido seguir en su puesto. El camino de Eyzaguirre se volvió, así, inevitable para intentar retomar el diseño original. 

¿DUPLA CON BURGOS?

El estreno de Jorge Burgos en Interior no fue fácil. De inmediato tuvo que hacerse cargo de la situación de su antecesor, Rodrigo Peñailillo, quien abandonó La Moneda en medio de la polémica por el financiamiento de la llamada “precampaña” de Bachelet por parte de SQM. El jefe del gabinete fue el intérprete de una melodía compuesta por la propia presidenta: el gobierno tomaba distancia de Peñailillo y despejaba toda posibilidad de que las esquirlas del caso le alcanzaran. Aunque arriesgada, la apuesta  evidenció una correcta afinidad entre la mandataria y su nuevo titular de Interior. Burgos interpretó el libreto pese a la resistencia de ciertos sectores del oficialismo, sobre todo del PPD. El ministro del Interior asumió los costos. Pero después vino la renuncia de Insunza a la Segpres y las cosas volvieron a complicarse. La presidenta se tomó su tiempo y Burgos tuvo que salir a contener a los jefes de partido de la Nueva Mayoría, que reclamaban celeridad.  En el gobierno dicen que Burgos compartía este diagnóstico, pero mantuvo su opinión en el ámbito privado. De a poco, el ministro DC mostraba incomodidad. Fuera de micrófono se habló de un distanciamiento con la presidenta y su molestia por el excesivo poder de figuras como Ana Lya Uriarte, situación que él mismo se encargó de desmentir. 

Así, la llegada de Eyzaguirre al comité político es vista como una forma de descomprimir al jefe de Interior, quien se verá obligado a reinventar su relación con la presidenta. Está por verse si el flamante ministro Segpres se convertirá en un puente con la mandataria, con quien tiene un trato más fluido que Burgos, o si eso se convertirá en un dolor de cabeza para el jefe del gabinete. 

Consultado sobre esta nueva realidad, el ministro tuvo respuestas distintas en dos días seguidos: “Si pierdo o no pierdo poder, me da lo mismo”, dijo ofuscado el martes. El miércoles, en el Congreso, ante la misma pregunta, el titular de Interior respondió: “Si alguien quiere pasar por encima de mi rol, me demoro 5 minutos en golpear la mesa”. Aunque no son grandes amigos ni han sido cómplices políticos, son de una misma escuela: la Concertación. Aunque algunos creen que la presencia de Eyzaguirre va a facilitar la conducción política del gobierno, otros ven una amenaza real para Burgos ante su misión ya declarada de dedicarle espacio de su gestión a la seguridad pública.

MANDA LA ECONOMÍA

“Ahora tenemos dos ministros de Hacienda”. La frase es de un alto dirigente socialista y fue una de las interpretaciones del tema obligado de conversación en las reuniones del martes en el Congreso. La nueva dupla del gobierno la integraban el nuevo ministro Segpres y el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés.

En la Nueva Mayoría reconocen al propio Eyzaguirre como el autor intelectual del arribo de Valdés a Hacienda. Son amigos, y trabajaron juntos: el hoy ministro de Hacienda fue el coordinador de asesores y jefe de política macroeconómica de la cartera que dirigía Eyzaguirre durante el gobierno de Ricardo Lagos. La llegada de este último al comité político no hizo más que alentar la idea de que la ofensiva de Valdés por reordenar la agenda de reformas del gobierno para garantizar el crecimiento económico entraba en fase de concreción. “La economía manda ahora”, dice un parlamentario oficialista, advirtiendo el nuevo escenario. Así fue transmitido por la propia presidenta el martes en la mañana, muy temprano, en el primer encuentro con su nuevo comité político. Más tarde el vocero de gobierno volvió a ratificar dicho escenario. 

ORDEN Y DISCIPLINA

“Nuevo tiempo”. Aunque pudiera parecer un eslogan o el nombre de una fundación, el concepto se acuñó en la reunión del comité político del martes, que dirigió la propia presidenta Bachelet. La instrucción de la mandataria era que con el estreno del nuevo ministro Segpres, Nicolás Eyzaguirre, se abría una oportunidad para concretar el reordenamiento de la agenda del gobierno, pensando principalmente en la “priorización” de la que se habló semanas antes en la Nueva Mayoría. Este “nuevo tiempo” se abriría con un cónclave entre el oficialismo y el gobierno, donde también participará la presidenta y en el que, más allá del ordenamiento legislativo, La Moneda buscará transmitir la idea de que no existe mayor espacio para los disensos ni exigencias de adicionales al programa. Se escuchará a los parlamentarios y habrá una coordinación más pulcra, pero se exigirá disciplina, fue el mensaje desde el gobierno. 

LA NUEVA EDUCACIÓN

Adriana Delpiano llega a poner orden. En los ocho meses que estuvo como coordinadora de la Subsecretaría de Educación le tocó conocer por dentro las diferencias internas por la marcha de la reforma, las posturas enfrentadas entre los asesores y las dificultades para alcanzar acuerdos aun dentro de casa. Por eso no llamó la atención que una de sus primeras decisiones fuera remover al controvertido jefe de gabinete Harold Correa, pese a ser de su partido, el PPD, y dejar en el cargo a María Inés de Ferrari. En el Mineduc están a la espera de una reestructuración mayor en el equipo de asesores, pero ya es un hecho que las ideas de Educación 2020, ONG de la cual Delpiano fue directora durante cuatro años, finalmente ganaron la batalla a las de Revolución Democrática (RD), de Miguel Crispi. Conocida como una política curtida, dialogante, pero a la vez dura negociadora, ya tuvo su primer encontrón con los profesores. El sello de la nueva ministra ya comienza a notarse: para los expertos del área no pasó desapercibido que el martes, en su exposición en la comisión de Educación de la Cámara, declarara que en medio del paro docente 1.500 alumnos han abandonado los colegios municipales.

La secretaria de Estado sabe que el proyecto de desmunicipalización y fortalecimiento de la educación pública es uno de los desafíos más complejos ya que debe evitar que se produzca un éxodo masivo de alumnos hacia los particulares subvencionados que ahora serán gratuitos. Haciendo gala de sus redes, y pese a ser una reconocida “laguista” en el PPD, ya contactó al alcalde de Lo Prado, Gonzalo Navarrete, del sector “girardista” del partido, para que comience a tranquilizar las aguas en la Asociación Chilena de Municipalidades, donde un amplio porcentaje de ediles se opone a la reforma. Delpiano también deberá recomponer lazos con los rectores de las universidades, que estaban resentidos tras los anuncios de gratuidad de Nicolás Eyzaguirre.

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