Por Rosario Zanetta Noviembre 20, 2014

Marcelo SeguraCuando Enrique Barros (68) era joven tomó una decisión de la cual no se arrepiente: jamás se dedicaría a la política. Si bien le llamaba la atención, siempre la consideró una actividad incompatible con sus intereses académicos y por eso prefirió dedicar su tiempo a la docencia en  la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile -donde ha sido profesor por 40 años- y a su rol como consejero del Centro de Estudios Públicos (CEP); dos funciones que si bien no son políticas, sí están relacionadas con lo público, tema que junto con el derecho es lo que verdaderamente apasiona.

Estas tareas las ha combinado con su trabajo en el Comité de Autorregulación de la Bolsa -cargo que está pronto a dejar- y su labor privada como abogado, desde donde ha tenido que defender la postura chilena ante la Corte Internacional de La Haya, entre otros casos. Barros es un hombre que se caracteriza por ser cauto a la hora de opinar. En esta entrevista, sin embargo, abandona ese estilo para analizar la situación del país.

-Hace un año, Michelle Bachelet ganó las elecciones. ¿Recuerda algún otro proceso de instalación que haya generado tanto debate como éste?
-Creo que existe una asimetría entre las razones por las cuales se votó por la presidenta y lo que plantea su programa político. Este último parte de un supuesto que es bien radical y que es dar por terminada una etapa de la historia política y económica de Chile y refundarla. Eso naturalmente es un proyecto mayor, que si bien nunca fue ocultado, el electorado no entendió.

-¿La gente no vio venir esta serie de reformas?

-Es que esto no es una serie de reformas solamente. Esto es un afán que, si uno lo analiza desde sus premisas ideológicas, es en cierto sentido refundacional, y aquí no hubo mayoría política para refundar el país.

-La semana pasada el ex presidente Lagos dijo que en Chile se vivía un clima de crispación política. ¿Comparte el diagnóstico?
-Totalmente. Porque resulta que los argumentos son cada vez más descalificatorios. Cuando uno tiene verdades muy ciertas tiende a descalificar cualquier cosa que se aleje de esa verdad, por opinable que sea.

-¿En qué desembocan esas posturas intransigentes?
-En malas políticas públicas. También los compromisos terminan en malas políticas públicas. El caso más claro es el de la reforma tributaria, con la que está todo el mundo feliz. Los franceses tienen un apelativo que a mí me gusta mucho: les imbéciles heureux (los imbéciles felices), en que quedaron todos de acuerdo, todos felices, pero básicamente con esta reforma vamos a tener que hacer una importación masiva de contadores.

-¿Las reformas planteadas tienen el apoyo que requieren?
-Hay harta evidencia de que el diagnóstico que inspira el programa de gobierno de la Nueva Mayoría es un disparate con un soporte intelectual bien sofista. Se parte de premisas abstractas que se presentan como axiomas de los que se infieren políticas públicas. Las reformas, como es el caso en educación y en materia tributaria, están dirigidas por un gran impulso igualitarista, con bases técnicas muy débiles. En el caso de la reforma tributaria, uno entiende que este gobierno se haya propuesto aumentar la recaudación para desarrollar políticas públicas básicamente redistributivas. El problema que hay es que en un mundo moderno está todo de tal manera interrelacionado que mover una pieza en un determinado sector produce efectos remotos en otro.

-¿Antes mencionaba este impulso igualitarista, a qué se refiere?

-Creo que Chile ha avanzado en bloque. En promedio todos los sectores están tres veces mejor que hace 25 años. Sin embargo, ésta sigue siendo una sociedad desigual. La pregunta que uno se tiene que hacer es por qué esto es así. Chile no es desigual por designio de nadie. La desigualdad se basa esencialmente en las diferencias enormes de capital social de las familias. De hecho, puedo dar un testimonio particular: llevo 40 años enseñando en la Universidad de Chile y francamente digo que si comparo mi curso actual con los primeros que tuve, el que tengo hoy es muchísimo más comparable a un buen curso de una universidad europea o norteamericana que los cursos que tuve cuando recién partí.

-¿A qué lo atribuye?
-A que aquí no sólo ha habido un gran progreso económico, sino que también un progreso en estándares culturales y educacionales. Pero insisto, en el tema de la desigualdad, creo que el enfoque es incorrecto.

-¿Cuál debiera ser el enfoque entonces?
-Debe atacarse la desigualdad sobre la base de que las personas más desfavorecidas tengan oportunidades de ir paso a paso creciendo en la vida. Y no hay otro mecanismo. Se trata de la generación de oportunidades, no de la igualdad de oportunidades.

-¿Es ése el enfoque que prima hoy?
-No. Cuando se pone el visor en la desigualdad -si bien ésta duele profundamente-, uno debe tener claro que atacarla toma generaciones. El paso que se ha producido, por ejemplo, de padres que no han pasado por la universidad a hijos que han pasado por universidades de tercera ha sido un mal diseño de política educacional. Eso está condenado al fracaso. Creo que el único paso es el incremental. La pregunta de cómo se sube es más razonable que la de cómo se iguala. Esto podría parecer duro, pero resulta que si no lo entendemos, las políticas públicas van a estar siempre desenfocadas. La única manera de terminar con la desigualdad es con una dictadura, y por lo tanto ese no puede ser el foco.

“HAY UNA ACTITUD ANTIELITISTA”

La reforma educacional es uno de los temas que a Barros más le preocupan y, en particular, la falta de discusión que considera ha habido en torno a nociones como el fin del lucro, del copago y de la selección, todos conceptos centrales de la propuesta. A su juicio, a los niños de familias con bajo capital social es necesario darles oportunidades, como lo hacen hoy los liceos de excelencia, los que permiten la movilidad social y que se integren a la elite del país. Elite que, asegura, está en entredicho. “Existe un cierto desprecio por las elites, cuando éstas son esenciales. Es necesario que haya universidades que desarrollen la ciencia en el más alto nivel, que haya un teatro que desarrolle las artes en el mayor nivel posible. Eso es esencial porque mejora el clima cultural del país”.

-¿Cree que la elite está bajo ataque?

-Hay una actitud antielitista que se justifica en la medida en que la elite reclame para sí misma privilegios, pero desde el punto de vista social es inconveniente, porque la elite tiene en todo país una función: la de ir estableciendo estándares de excelencia. Esos estándares de excelencia producen un efecto reflejo inevitable.

-¿Se ha satanizado la palabra elite como se ha satanizado la palabra lucro?
-Tal vez la palabra elite no está satanizada como tal, pero sí como concepto, lo que representa.

-¿Por qué cree que existe ese desprecio?
-Porque no hay una comprensión del rol que tienen y que es el de ir poniendo estándares de excelencia en las más diversas actividades que tiene el país. Esto vale en todos los órdenes: vale para las iglesias, las municipalidades, las empresas, la cultura, etc.

-¿En qué nota esta actitud antielitista?
-En que los argumentos técnicos no valen, en que el debate de las ideas está ausente.

-¿Cree que en Chile se ha escuchado mucho a la calle y poco a la elite?
-A ver, ¿qué es la calle? Las demandas sociales fueron resultado de una sensación de malestar que es usual cuando un país ha pasado 25 años de continuo progreso. Es bien sintomático que las demandas en la calle hayan llegado a Chile más o menos en la misma distancia que existe entre el fin de la guerra en Europa y 1968.

-Usted ve un paralelo entre el 2011 en Chile y las revueltas de 1968…
-Es que hay un momento en que la gente dice que está bien con lo que tiene, pero se da cuenta de lo que falta. Ese malestar se expresó en la calle, pero de una manera muy inorgánica. De hecho, me consta que las razones por las cuales los jóvenes participaban en las protestas van desde un anarquismo juvenil hasta una motivación incluso lúdica. Y la masa, de la misma manera como se construye, se difuma. Es imposible articularla en un discernimiento público y eso es lo mismo que hace que la Asamblea Constituyente sea una locura.

“EL DEBATE DE IDEAS EN CHILE NO EXISTE”

-¿Por qué cree que el debate de ideas no se ha dado?
-Porque el debate de ideas en Chile no existe prácticamente en ningún tema. Esa es la verdad. Pregúntale a la derecha, pregúntale al empresariado.

-¿Por qué dice eso?
-Si uno mira los países que funcionan mejor, estos tienden a tener agrupaciones políticas que más bien se diferencian en acentos que en asuntos estructurales. Los países nórdicos o Alemania, no se juegan la vida en una elección. Angela Merkel, que con buenas razones es hoy admirada en el mundo, es una socialcristiana-liberal: en el fondo conjuga en su liderazgo político un fuerte acento social, un fuerte acento en el mercado y un espíritu cristiano, que puede ser laico también, pero que es de responsabilidad social por los demás. En Chile no hay una mirada estratégica que sintetice concepciones liberales, cristianas y del laicismo progresista y moderado.

-¿Cuál es su diagnóstico de la derecha en Chile?
-Lo que ocurre en la derecha, por un lado, es que hay una gran pobreza de ideas. En segundo lugar, existe un problema que es muy grave: ambos partidos conservan en sus documentos constitutivos justificaciones de la dictadura. No es posible que partidos genuinamente populares tengan un anclaje tan absurdo en el pasado. Quienes los dirigen son jóvenes, pero con las mismas raíces.

-El cambio que supuestamente han hecho…
-Es totalmente cosmético. Entonces qué ocurre: que faltan ideas. Los intelectuales de derecha suelen ser simplones: liberales que creen que el mercado puede funcionar sin reglas de justicia; o conservadores que ignoran los cambios culturales de la sociedad civil. La sociedad chilena es mucho más liberal de lo que quisieran los miembros de la derecha. Esos dos elementos provocan un efecto muy complicado: que los partidos de derecha no son elegibles como socios.

-¿Por lo tanto están condenados a desaparecer?
-No. Yo creo que están condenados a ser minoría. Si uno ve bien, en su momento Joaquín Lavín estuvo a punto de ganarle a Ricardo Lagos porque hubo una crisis económica enorme. Pienso que el gobierno de Eduardo Frei R-T fue un buen gobierno, pero con un mal final y eso produjo que la gente quisiera algo nuevo y Lavín apareció no como un personaje de derecha, sino como un ángel que venía de otro lado. Después, en el caso de Piñera, él no es un representante de esa derecha. Si incluso se ha definido a sí mismo como una persona que venía del “no”, un socialcristiano, y no cabe duda que mostró una cara que es distinta a la de los partidos. A mí lo que me preocupa más es que en Chile necesitamos una política en la que las coaliciones no estén tan estratificadas, en que el centro político se vaya formando con coaliciones hacia la izquierda y a la derecha también. Eso depende de que la derecha sea elegible como partner.

-Pero el traspaso de la DC a la derecha hoy parece demasiado lejano.
-¡Impensable! Y eso en gran medida ocurre por responsabilidad de la derecha. Si fuera una derecha moderna, sería un adversario de ese centro político conservador.

-¿Cómo partidos como la UDI o RN pueden captar de nuevo la afección?
-Transformándose en partidos populares más allá del eslogan, en los que sea fácil el acceso, en los que cualquiera pueda participar. Que pueda haber una nueva generación de gente que se interese en la política. Lo que tenemos que evitar es el “síndrome argentino”, donde la mejor gente arrancó de la política. Ese es un problema muy serio para la derecha: le falta oxigenación y una modernización desde el punto de vista cultural e ideológico.

-Pero eso implica también que gente que está actualmente en el poder lo deje…
-Mi impresión es que si se quiere el financiamiento público de la política, el precio que debe pagarse es cambiar las reglas del juego y restablecer buenas prácticas, incluyendo los partidos, y terminar con los oligopolios. Por favor, que el financiamiento no vaya solo, sino que vaya de la mano de una renovación del funcionamiento de los partidos.

-¿Qué hace falta en la derecha?
-Una genuina preocupación por la desigualdad, aunque sea una tarea que tome  generaciones. Pero tiene que ser genuina, porque la ficción se nota. Pienso también que sólo excepcionalmente se escucha a los líderes de los partidos razonamientos que puedan aspirar a ser mayoría, más allá de situaciones de desastre en la izquierda en las cuales se elige a la derecha por defecto de ellos más que por comulgar con un proyecto.

“DEBE HABER UN RECAMBIO EMPRESARIAL”

-¿Cuál de los grandes temas país debiera ser más prioritario?
-Echo de menos que los empresarios definan su lugar público. Ellos tienen una responsabilidad social muy grande y por eso creo que debieran ser los protagonistas e impulsar el desarrollo de prácticas correctas para relacionarse socialmente.

-Pero, salvo excepciones, son pocos los que están dispuestos a asumir ese rol…
-Por eso digo. Creo que Andrés Santa Cruz ha sido una especie de milagro para los empresarios durante la presidencia de la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC), porque es un hombre muy sensato, muy centrado, y que mira el interés general junto con el interés de sus asociados. Sin embargo, tengo la impresión de que debe haber un recambio empresarial. Las organizaciones empresariales tienen una estructura oligárquica y es necesario que la nueva generación entre. Hay una nueva generación en todas las áreas de las empresas y tiene un concepto nuevo de cómo se deben relacionar con el mundo político, con el mundo social y con las comunidades. No es necesario usar palabras rimbombantes ni eslóganes. He conversado con gente que está hoy en la generación de los 40 años, y es completamente necesario ese cambio.

-Pero pareciera que son pocos los dispuestos a asumirlo públicamente…
-Es que lo que claramente ocurre es que los empresarios también tienen un déficit de reconocimiento público. Una parte importantísima del progreso que ha tenido Chile en los últimos años ha sido gracias a ellos.

-¿Entonces por qué existe ese clima antiempresarial que acusaba Hermann von Mühlenbrock? 
-Existe un clima antiempresarial porque de alguna manera se tiene un concepto muy brusco respecto de cuál es la finalidad del empresario. Como si éste siempre estuviera en una posición estratégica de maximizar su utilidad a costa de cualquier daño. Es cierto que hemos tenido escándalos en los últimos años en Chile y creo que eso produce un cierto efecto purificador, porque va levantando alertas de las cosas que siempre se han tenido por posibles y que en verdad no son correctas.

-No han sido pocos los casos: están los pollos, las farmacias, La Polar, las Cascadas y Penta…
-Sí. Pero yo diría que el enfoque de los empresarios en su relación con aquellos que tienen interés en la empresa ha tendido a cambiar fuertemente en los últimos años y por eso echo de menos que las nuevas generaciones -que están mucho más imbuidas en eso- vayan tomando un rol más representativo.

-Después de 7 años Ud. deja el Comité de Autorregulación de la Bolsa. ¿Qué evaluación hace?
-Se ha hecho un gran esfuerzo y es un buen ejemplo de cómo pueden ser virtuosos los mecanismos de autorregulación. Sería estupendo que esta institución se desarrollara en todas las industrias. La actividad del comité ha sido bien recibida y jamás nos hemos encontrado con dificultades. Pero hay un problema de organización y eso es algo que el comité tendrá que definir en su próximo periodo: cuál es su rol. Siendo las bolsas controladas por los corredores, sería mejor que la potestad regulatoria fuera delegada en un órgano independiente y eso supone repensar la estructura y tareas del Comité de Buenas Prácticas.

-En el caso Cascadas se les reprochó no haber tenido un rol más activo. ¿Hace un mea culpa?
-Cuando la Superintendencia de Valores tiene un expediente de 10.000 fojas y la función de fiscalizar, nosotros no nos podemos meter. No se me pasó por la cabeza hacer algo porque la función de fiscalizar no está en nuestro mandato.

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