Por Andrés Benítez | Rector de la UAI Mayo 14, 2010

Que existe desorden en las filas, es un hecho. Hay molestia y resentimiento, que comienza a ventilarse públicamente. Los socios naturales del gobierno dejan de serlo, al menos en las declaraciones. Todo esto crea un ambiente raro y poco adecuado que, de seguir así, puede ser muy complejo para la actual administración, pero también para la derecha, si es que quiere seguir en el poder.

La pregunta es si estamos frente a un problema de fondo o de estilo. Algunos optan por lo primero. Los más puristas, representados por Hernán Büchi y el Instituto Libertad y Desarrollo, se sienten traicionados. El alza de impuestos, la no inclusión de la depreciación acelerada, entre otros, los hacen dudar. "Es como si hubiéramos votado por Enríquez-Ominami", sentenció Büchi hace algunos días.

Y si bien hay un grupo "más doctrinario" que se siente traicionado, la mayor parte de la derecha no está allí. El grupo mayoritario no se siente traicionado, sino dolido. Por la forma, por el estilo con que se hacen las cosas. Porque sienten que no se les consulta, que les cambian los acuerdos, que no se les considera. Este sentimiento es particularmente fuerte en la UDI, porque entienden que el presidente tiene su corazón más ligado a RN.

Quedaron muchos dolidos desde el primer día, con el nombramiento del gabinete. Más allá de haber dejado fuera a figuras emblemáticas -como a Allamand y Longueira-, lo que se critica es la forma. La poca consideración con que Piñera y su equipo duro gestaron el gabinete. Sin consultar a sus socios, los partidos de derecha. Sin dar buenas explicaciones a los afectados. Con esto, el gobierno se quedó sin algunos de sus grandes operadores en el Parlamento.

Al Ejecutivo le falta conversar más, considerar más la opinión de sus socios. Muchos de los problemas tienen que ver con eso. A los partidos no les gusta ser observadores de los gobiernos. No les gusta apoyar cosas de las que ni siquiera les han preguntado. Sentirse títeres de las decisiones del presidente. Así no se construyen lealtades. La gente es leal con los proyectos en los que se siente partícipe. Así de simple.

Al Ejecutivo le falta considerar más la opinión de sus socios. Muchos de los problemas tienen que ver con eso. A los partidos no les gusta ser observadores de los gobiernos ni sentirse títeres de las decisiones del presidente. Así no se construyen lealtades. La gente es leal con los proyectos en los que se siente partícipes. Así de simple.

Conversar no significa ceder. Significa crear consensos, explicar. Si Sebastián Piñera consideró que incluir la depreciación acelerada hipotecaba la aprobación de las leyes de reconstrucción, entonces lo lógico es que hubiera planteado esa situación a los partidos de derecha. Y juntos hubieran diseñado una estrategia. Seguro que, al final, llegan todos a la misma conclusión. Pero es una decisión conjunta, no una imposición informada a última hora por la prensa.

Conversar más también evita errores, como el sucedido con el nombramiento del director de La Nación, que luego tuvo que ser corregido, con un costo político innecesario. Un costo que además lo pagaron solos, porque si a nadie le preguntaron, nadie los defendió.

La pregunta es si este estilo, obsesionado con la eficiencia y no con el diálogo, es propio de la instalación o es una característica del gobierno y ,especialmente, del presidente. Esperemos que sea lo primero, porque de lo contrario, las perspectivas no son buenas. Piñera es un hombre inteligente, nadie lo duda, y también fue parlamentario. Experiencia no le falta para saber que la única manera de tener buena gestión es teniendo buenos equipos. Y tiene que entender que dentro de su equipo están la UDI y RN como socios claves.

Conversar más también significa comunicar más. Explicarle más y mejor a la gente por qué se hacen las cosas. Por qué son buenos los proyectos que se impulsan o malos los que se retiran. Cuál es el ideario final del gobierno. Hacia dónde vamos una vez terminada la emergencia.

Los problemas de estilo no son menores. Si no se manejan bien se convierten en problemas de fondo. Y cuando caen en ese plano, entonces son imposibles de resolver. Por ello, en ese sentido, el gobierno requiere un rápido golpe de timón. Pero nuevamente: ordenar a los partidarios no se hace por decreto, ni pidiendo lealtades a ciegas. Se hace conversando, compartiendo. Por ello, tampoco sirve citar a los partidos para informar con Power-Point incluido. Los parlamentarios no quieren que les hagan clases. Quieren opinar y aportar.

El gobierno no saca nada con creer que un grupo de iluminados logrará resolver los problemas. Primero, porque para que sus ideas sean realidad, necesita al Parlamento. Pero, segundo, y lo más importante, porque las buenas ideas no son patrimonio de La Moneda. Y hoy se siente demasiado que la inteligencia está en palacio y el resto tiene poco o nada que decir.

Por ello, las disputas que hoy vemos entre los partidarios del gobierno no tienen que ver con un supuesto carácter de la derecha, sino, más bien, es la reacción natural de cualquier grupo que no se siente considerado.

La pregunta final es si el problema del "estilo Piñera" es un problema de fondo. En otras palabras, uno que no tiene solución, como creen algunos. Es temprano aún para saberlo, pero lo concreto es que algo hay que cambiar si se quiere proyectar a la derecha más allá de este gobierno.

* Rector de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Relacionados