Por Patricio Fernández* Abril 3, 2010

La izquierda latinoamericana carga con una culpa que tardará en sacarse de encima: haber defendido y apoyado, por mucho más tiempo que el aceptable, a la dictadura cubana. Han sido pocos los políticos, artistas e intelectuales progresistas del continente que, habiendo visto de cerca la evolución del régimen castrista, se hayan apurado en levantar la voz en su contra. Lo hizo Jorge Edwards, Cabrera Infante, Vargas Llosa, Octavio Paz, y a cambio recibieron una sarta de insultos de sus pares; los trataron, por lo bajo, de traidores, como si fuera tarea de la inteligencia mantener las mentiras de una convicción en pie. Al día de hoy, claro, ya no es tan difícil. Hasta los socialistas chilenos se están atreviendo, aunque algunos todavía recurran a trabalenguas para hacerlo. Durante décadas, los que no han sido francamente cómplices se las han arreglado para sacarle el poto a la jeringa, y diluir en millones de frases una condena para la que basta la palabra "dictadura". A muchos, Fidel los acogió cuando, con una mano por delante y otra por detrás, huían de Pinochet, a otros los invitó como un patrón a su fundo, y les mostró las mil maravillas de su feudo, los halagó con conversaciones alucinantes y los convenció, para tranquilidad y solaz de sus espíritus biempensantes, que "la Revolución" -palabra que felizmente ha ido perdiendo su embrujo era mucho más que música en sus cabezas, era un sueño posible, una lucha constante hecha carne en él mismo, su mesías. Y los tristes se sintieron acogidos, y los flojos se sintieron halagados. Refutarlo se convirtió para un buen lote de revolucionarios en algo tan temido como perder la fe. Abandonar un dogma se parece a extirpar un tumor congénito: no es fácil entender, para una comunidad de jorobados, que ese cototo que cargan es una enfermedad.

En Cuba se vive una falta de libertad inaceptable. Fidel tuvo rasgos excepcionales, es cierto. Quizás se trate del político vivo más experimentado de la Tierra. Dudo que sean muchos los paladines republicanos capaces de negarlo. Puso su isla pequeña en medio del mapa del mundo, pero más aún, puso su nombre y apellido. Se enfrentó con los EE.UU. de igual a igual, y encarnó, en algún momento, la dignidad de un continente pobre frente al poder brutal de un imperio. Participó como un gigante más en la historia de la guerra fría. Los cubanos pueden odiar a Fidel, pero ninguno lo desprecia. Ellos, los argentinos del Caribe, se sienten, en el fondo, sometidos por un hombre soberbio. ¿Cómo, si no, podría explicarse que un pueblo tan orgulloso lo haya resistido medio siglo sin grandes rebeliones?  Sólo que con el tiempo los hombre soberbios envejecen mucho peor que los hombres buenos. Fidel no duerme, es altísimo, lo sabe todo, puede hablar durante horas. Hasta los derechistas chilenos lo admiran en secreto. Cuando aparece en escena, el auditorio se estremece como si fuera un huracán sin viento el que llegara, un terremoto inmóvil, una fuerza de la naturaleza. Le temen de tal manera, que apenas se atreven a pronunciar su nombre. Si quieren criticarlo, los cubanos recurren a novedosas formas gramaticales o apuntan al cielo. Ellos viven absurdos por doquier. El Granma no tiene páginas policiales, de modo que podría pensarse que no hay delitos ni crímenes en La Habana. Los turistas bailan y disfrutan la música de sus salseros, toman mojitos y roncolas y no saben que, al terminar, los miembros de esos grupos se apurarán en llegar a sus casas de Jesús María u otro barrio peligroso de Centro Habana. No pasa allí nada parecido a los tiroteos de La Pintana o cualquier favela de Río, pero como nuestros beatos católicos frente al sexo, hasta eso esconden sus autoridades. No existe el periodismo, y los mismos que en otras partes se quejan de la concentración de los medios de comunicación en pocas manos, se lo perdonan sin chistar. No tienen Parlamento, los tribunales son una burla, por todos lados anda la policía secreta. Los que creemos en la democracia, sabemos perfectamente que un gobierno así no cabe dentro de esa categoría.

Hay pocos discursos más hipócritas que el discurso cubano. De creerlo, tendríamos que aceptar que allá no existe la pobreza ni los grupos privilegiados, que cuentan con autoridades santas, que no han fusilado a nadie (y lo de Ochoa fue un rumor más de la bola habanera, ese decir de boca en boca por el que se sabe lo que se sabe), que no hay tiendas para los que poseen divisas y otras miserables para los que viven del peso, que las jineteras no ganan más que los ingenieros, que los presos políticos son un invento del imperialismo y que cada cual es libre de expresarse como se le dé la gana, cuando hasta el más ingenuo de sus visitantes, si se pasea con los ojos abiertos, constata que no es así. Ni siquiera la salud pública y la educación, sus viejos caballitos de batalla, resultan hoy tan envidiables; no tienen ni aspirinas y lo que estudian es apenas una cara de la moneda. A pesar de todo, hay un turismo ideológico que en lugar de recorrer la vida, se contenta con buscar el reflejo de las ilusiones arrastradas. La cantinela oficial es enervante; reviste de épica hasta la estupidez. Empieza a rondar, sin embargo, la sensación de que a tanta mentira le va quedando poco. Raúl es más torpe que su hermano, más bruto, menos encantador. Ha dejado que un huelguista muera de hambre, y aunque ha pretendido convencer al mundo de que se trata de un ladrón cualquiera exigiendo televisión en su celda, los que han sido apaleados en las calles saben bien por qué les pegan cuando los acusan de delincuentes. Por ridículo que suene, está dedicado a estatizar las pocas empresas productivas que existían. La corrupción está extendida. Ya hay los que apuestan que esa ficción que cercenó tantas vidas llega a su fin. Como sucedió con la URSS, iremos conociendo progresivamente la cara oscura de ese cuento de hadas, de esa representación teatral que algunos aplaudían desde las butacas, mientras los tramoyas empujaban a un mar lleno de tiburones a familias enteras de la mano. Es tan grande la culpa, y tan largo el olvido. Si la izquierda quiere volver a convencernos de algún sueño, que primero nos cuente su pesadilla. Que al referirse a esta dinastía caribeña no repare en usar la palabra "dictadura". Los chilenos sabemos lo importante que es el lenguaje en estas materias.

* Director de The Clinic

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