Por Alfredo Jocelyn-Holt Febrero 20, 2010

© José Miguel Méndez

La respuesta a esta pregunta no puede ser sino equívoca, tan de doble o triple sentido como el término a que hace referencia. Por supuesto que existen "independientes", gente que entra a la política sin militar en algún partido; pero, siendo frecuente, por no decir sin excepción, que ellos provengan de la derecha -casi no hay "independientes" de izquierda-, es obvio que estamos ante un fenómeno mucho más circunscrito y definido. En estricto rigor, además, "independiente" es un adjetivo, no el sustantivo con el que, con mala gramática política (fuente siempre de malentendidos), se les quiere identificar para darles un realce o aura exótica.

Digamos, pues, que "independiente" es un eufemismo al que se recurre en círculos de derecha para no decir las cosas derechamente por su nombre. El ejemplo clásico es el de Jorge Alessandri quien, por donde uno lo mire, de independiente autónomo tenía bien poco. Pertenecía a una dinastía política que, aun admitidos los vaivenes y canas al aire de su padre (el "León" fue candidato de la izquierda en 1931), hacia 1958 llevaba casi siete décadas acaparando y ambicionando las más altas magistraturas desde el Partido Liberal.

Él mismo había sido diputado, ministro de Hacienda y senador ya antes, y aunque en esos puestos figurara sin militancia partidista, gozó del apoyo de conservadores y liberales. En su caso, la tan mentada independencia pretendía reunir a dos conglomerados (parecido en eso a la doble "pertenencia" partidaria de Ricardo Lagos en la izquierda concertacionista) que, sumados, abarcaban el abanico casi completo de la derecha de la época. Si a ello le agregamos sus estrechos lazos con la empresa privada (la Papelera y la Confederación de la Producción y del Comercio), es obvio que tanto antes como después de 1958 (no olvidemos su candidatura en 1970 y su apoyo postrero a la dictadura) esto de ser "independiente" nunca supuso no tener domicilio político reconocido.

Lo mismo podría decirse de la UDI (Unión Demócrata Independiente), en que nuevamente se hace hincapié en el término, aludiendo a sus orígenes "gremialistas", críticos de los partidos. Pero ¿qué tan críticos si las huestes de Jaime Guzmán terminan convirtiéndose en un partido y su trayectoria es claramente adicta a la dictadura militar?

Atendidos estos dos casos, los más recientes, ¿no será que este afán por autocalificarse "independiente" encubre propósitos más ambiciosos? La aparición del neologismo se remonta a las décadas de 1950 y 1960, y bajo la dictadura, cuando los partidos en general, y los de derecha en particular, pasaban por graves crisis y se cuestionaba el sistema de gobierno y administración de Estado de mediados de siglo. Para lo cual la derecha de la época da con una solución de corte anti-política, postulando que había que manejarse en adelante con criterios nacionales y técnicos; una suerte de ingeniería aséptica que nos permitiera volver a crecer económicamente y dejar de dividirnos como país vía revolución.

Fracasado el primer intento gerencial, el de Jorge Alessandri, precisamente porque le falla el piso político y la derecha casi desaparece frente a la centroizquierda (Frei Montalva) e izquierda (la UP), sucede un "segundo tiempo" -la dictadura- en el que se prescinde de toda competencia política, inclusive de la derecha partidista derrotada. Se opta por un autoritarismo fáctico y se asume un saber tecnocrático supuestamente más allá del bien y del mal.

¿Es que, entonces, debiéramos entender la "independencia" como una licencia de corso extendida a una tecnocracia que se supone a sí misma neutra políticamente? ¿Fueron Heidegger, Albert Speer o Robert McNamara neutrales, por lo mismo que profesionales competentes en sus respectivas especializaciones? La palabra "independiente" está demasiado cargada de referencias densas y discutibles, en clave siglo XX, como para presumir, sin más, la existencia de una independencia a secas.

Nada extraño

Ahora bien, no eludo que el uso del término pueda apuntar a otras acepciones posibles. La expresión es equívoca. Decíamos que los "independientes" son más frecuentes en la derecha que en la izquierda. Nada de extraño. La derecha, antes de convertirse en un referente definido a partir de su oposición a la izquierda, fue una clase social. Un conglomerado inicialmente endogámico, con una vocación tan pública como oligárquica, a la que se pertenecía por derecho propio, redes y filiaciones familiares; adscripción que, con el tiempo, se volvería más móvil y laxa, extendiéndose a nuevos grupos, sea que éstos estudiaran en los mismos colegios, frecuentaran los mismos espacios de sociabilidad (clubes y lugares de veraneo) o fueran admitidos por vía meritocrática o de negocios. En fin, nada que ver con las "adhesiones" voluntarias exigidas a militantes de izquierda, afectos además a una pureza y disciplina doctrinaria rígida, revolucionaria, cuando no militar (i.e. el PS), inconcebibles en la derecha.

El ejemplo clásico es el de Jorge Alessandri quien de independiente autónomo tenía bien poco. Pertenecía a una dinastía política que hacia 1958 llevaba casi siete décadas acaparando altas magistraturas desde el Partido Liberal. En su caso, la tan mentada independencia pretendía reunir a dos conglomerados que, sumados, abarcaban a casi toda la derecha de la época.

Un solo botón de muestra basta. El primer periódico conservador del siglo XIX se llamó "El Independiente"; título que llevó al arzobispo de la época a preguntarse: "¿independiente de quién?", a sabiendas que, tratándose de conservadores laicos sus editores, se aludía a la más alta jerarquía eclesiástica. Por muy piramidal que haya sido el mundo señorial decimonónico, hasta los conservadores más beatos eran suficientemente celosos como para exigir ser sus propios patrones, primus inter pares, sin que nadie los mandara.

Tradición "independiente" de derecha, esta última mucho más antigua que la tecnocrática que reseñábamos antes, y que si se la observa con cuidado perdura  hasta nuestros días. Por de pronto, cada vez que la derecha se opone a que se interfiera con el individuo per se, o bien, cuando se muestran escépticos a miradas colectivas o grupales del Estado, los sindicatos, la Iglesia y, desde luego, los partidos.

¿Es que la derecha chilena es contradictoria entonces? No necesariamente. Siendo tan liberal como conservadora, no es raro que se manifieste de manera casuística adhiriendo a uno u otro de sus polos posibles según cómo venga la mano. Ésta es su principal constante. De ahí que en el pasado bregara, a veces, a favor del autoritarismo centralizado (por eso el prestigio que le atribuye a Portales o a Montt), mientras que, otras veces, luchara sin cuartel en contra de esa misma concentración excesiva de poder presidencial (en contra de Balmaceda o de Ibáñez).

El rol de los partidos

Visto así el asunto, la clave de la derecha reside, por supuesto, en sus partidos, en su pluralidad a la par de la capacidad para unirse siempre en momentos límites (1964, 1970-1973). En fin, en su pragmatismo y capacidad tanto de presión cuando son oposición (1990-2009), como de negociación cuando se llevan bien con los gobiernos (1932-1952, 1958-1964).

En efecto, en Latinoamérica no existen equivalentes a nuestros partidos de derecha, en lo que respecta a su solidez, continuidad y flexibilidad. Son ellos los que marcan el grado de "independencia" o no del poder establecido, sea éste el Estado, el Ejecutivo, la Iglesia o los militares, a todos los cuales la derecha, en algún momento de su larga historia, se ha opuesto.

¿También al empresariado? Pregunta evidentemente complicada, dado el nuevo escenario con un hombre de negocios presidiendo el Ejecutivo y muchos de sus ministros recién nombrados provenientes del mundo empresarial. Con todo, la inquietud es legítima. Los ministros, en su mayoría, son "independientes" de los partidos; y la crítica al empresariado por su actuar fáctico, al margen de los partidos, ya se expresó una vez -recordemos- al inicio de la transición desde nada menos que los partidos de derecha. De ahí que sea tan clave inquirir sobre qué se entiende por "independiente". Reservar este término únicamente a su acepción y veta reduccionista, anti-política y anti-partidos, puede ser contraproducente para un gobierno de derecha.

* Historiador.

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