Por César Barros Diciembre 26, 2009

Hubo una vez, hace no tantos años, y antes de que el Muro de Berlín cayera como un castillo de naipes, en que un partido- el comunista- era la vanguardia del proletariado. Era la búsqueda de la revolución, que desataría, primero, la dictadura del proletariado, y luego, el socialismo utópico. Tuvieron varios éxitos, convenciendo a buena parte del mundo de lo inexorable del proceso que conducían: era el camino al progreso. Ellos eran los progresistas por antonomasia. Todo el resto se clasificaba en burgueses o revisionistas. Así fue como Fidel, Mao, Pol Pot y Stalin fueron considerados seriamente, por buena parte de la intelectualidad, progresistas.

Lamentablemente, mirados ahora a la distancia, no constituyeron progreso alguno, sino más bien lideraron la regresión: o sea, ex post facto, más que progresistas fueron regresionistas, un concepto muchísimo peor que el conservadurismo que los progres tanto detestan.

También Hitler y Mussolini, fueron considerados, por no poca gente de su época, líderes progresistas.

La historia está llena de progresistas que luego devinieron en conservadores. O incluso regresionistas. Uno, por ejemplo, fue Aristóteles, padre de la filosofía. Su pensamiento fue progresista, hasta que en la Edad Media tardía sus discípulos lo transformaron en escolástico. Esa filosofía fue un severo obstáculo para el avance de la humanidad. Ptolomeo fue progresista, hasta que Galileo lo superó, bajo el rígido ataque de la Inquisición.

En realidad, lo que en ciertas épocas llamamos progresismo sólo puede juzgarse como tal a partir del resultado de la aplicación de esas ideas. Y eso toma tiempo. Porque, además, el progreso tiene muchas caras, no sólo la económica, cultural o sociológica. La izquierda no tiene el monopolio del progresismo: existen progresistas de derecha, como los padres de la gran nación del norte: Franklin, Jefferson, Adams. O Margaret Thatcher, que rompió con una tradición evolutiva casi centenaria de Inglaterra, de más Estado y menos mercado.

Hoy se autodesignan como progresistas, personajes vetustos y de ideas preconciliares. Difícil pensar que quienes apoyan a Fidel, dieron amparo a Honecker y apoyaron la entrada de tanques en Checoeslovaquia en 1968, sean de verdad progresistas. No hay nada nuevo en sus ideas. Cuando se aplicaron, funcionaron mal. Tampoco han innovado sobre ellas. Sin embargo, para alguna parte de la centroizquierda ellos siguen siendo la médula del progresismo.

Obviamente que todos deseamos el progreso. No cabe duda que desde los más progre hasta los más conservadores, todos quieren menos pobreza, más igualdad de oportunidades, más respeto por los demás, más participación y felicidad: en ese sentido, todos somos progresistas. Pero quienes juzgarán el progresismo de ciertas ideas serán la próximas generaciones; no sus coetáneos.

Robin Hood

Porque el problema no está en los objetivos, sino en los métodos para lograrlos. Robin Hood perseguía los mismos objetivos: su método era robarles a los ricos para ayudar a los pobres. En su época debe haber sido un progresista notable, como que su fama llega hasta hoy, y no pocos adhieren, en forma más civilizada, a su misma filosofía.

En cambio, Pareto -como economista- definía  un estado de progreso si al menos alguien mejoraba sin que nadie empeorara su situación. Los economistas, en general, hasta el día de hoy -con más o menos éxito- se devanan los sesos para encontrar fórmulas en que ojalá muchos mejoren sin empeorar a nadie. Es algo en lo que la vieja Concertación fue experta: eso es el verdadero progreso. Romper porque sí instituciones, costumbres y fórmulas, no es necesariamente progresismo, como lo demostraron Stalin, Mao, Pol Pot o Hitler.

Impuesto plano y Codelco

Pero vamos a la coyuntura actual, donde se ha puesto tanto énfasis en las fuerzas progresistas.

Marco Enríquez tuvo la franqueza de plantear un par de ideas económicas revolucionarias: el flat tax rate -o impuesto parejo- y la privatización parcial de Codelco y otras empresas públicas. Bueno: en eso no lo acompañaron para nada los autodenominados progresistas, a quienes el impuesto parejo no les llamó mayormente  la atención -no obstante ser una idea igualitaria- y la participación privada en Codelco la consideraron una agresión, pese a la experiencia habida con carreteras concesionadas y con los teléfonos, por citar un par de ejemplos.

La Derecha progre

Creo que la derecha progresista debe perder sus complejos y enarbolar sus banderas con orgullo.

Plantearse de verdad ser un país de emprendedores y no uno de empleados públicos y jubilados. Anunciar que hacer empresa es épico, es lucha, es perseverancia y, al final, es victoria. Y, por supuesto, es progreso.

En cambio, quedarse en las filas de los que nunca se atreven es latoso, desgastador y, las más de las veces, muy frustrante.

Así, en varias décadas más, nuestros hijos y nietos podrán juzgar quiénes, el año 2010 -en el Bicentenario-, fueron los verdaderos progresistas. Y quiénes los falsos profetas.

* Economista

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