Por Noviembre 14, 2009

© José Miguel Méndez

Luego de una compleja y larga travesía, el orden económico y democrático de Chile se encuentra asentado. Estos objetivos movilizaron con pasión a nuestra clase política durante las últimas décadas. A un año del Bicentenario podemos decir con propiedad que se alcanzaron con éxito.

Pero cumplidas estas metas, la realidad es que de un tiempo a esta parte parecemos caminar sin un norte claro, anestesiados frente a la estabilidad institucional. A un mes de la próxima elección presidencial -y de una posible alternancia en el poder después de veinte años-, vale la pena preguntarse por el siguiente desafío. ¿Cuál es la próxima bandera que debemos conquistar? ¿Cuál es el siguiente muro que debemos derribar? Aunque a ratos dibujar un sueño compartido parece una labor compleja, si miramos nuestro país con ojos frescos, la tarea pendiente salta a la vista.

La próxima tarea de Chile es terminar con su vergonzosa distribución de oportunidades, para acercar a todos sus hijos a lo que la literatura de movilidad social denomina "independencia de origen": que las posibilidades de una niña o un niño de llegar a una determinada posición no estén condicionadas por su cuna. Esto es lo que Sebastián Piñera, el candidato de la Coalición por el Cambio, ha llamado la "sociedad de las oportunidades".

El drama

En Chile la cuna define tu destino. Basta saber dónde vives para entender quiénes serán tus amigos, el lugar donde veraneas o el número de palabras de tu vocabulario. Si tus padres llegaron a la universidad tienes el 66% de probabilidades de conseguir lo mismo. Si tus padres sólo alcanzaron la enseñanza básica, tus posibilidades son inferiores al 2%. Si posees al menos 12 años de escolaridad, tu sonrisa tiene en promedio 26 dientes. Con menos de 9 años de escolaridad, tu boca ha dejado en el camino la mitad de esos dientes (Encuesta Nacional de Salud 2003. Minsal). En nuestro país, un alumno de Ingeniería Comercial de la U. de Chile en el mejor 10% de desempeño, que viene de un colegio municipal y una comuna pobre, gana estadísticamente menos que un alumno en el peor 10% de desempeño, pero que proviene de un colegio pagado y una comuna de altos ingresos (Núñez-Risco, 2004).

La tarea

Aunque la escandalosa distribución de oportunidades está ahí, a la vista de todos, seguimos cometiendo el error de mirar los objetivos de futuro bajo el paradigma del crecimiento económico. Asociamos el ansiado desarrollo a un cierto nivel de ingreso per cápita, y complementamos este empeño buscando asegurar ciertos mínimos sociales. Sería faltar a la verdad desconocer la importancia de ambos componentes: el crecimiento económico es el gran destructor de la pobreza, y nuestra política social ha permitido focalizar los recursos en los sectores más desfavorecidos. Pero ninguno de estos elementos es suficiente para lograr una sociedad justa.

Una sociedad justa tiene más relación con las dinámicas que con los niveles. Evocando el enfoque de capabilities propuesto por el Premio Nobel de Economía Amartya Sen, el bienestar social está determinado por el conjunto de opciones que tuvieron los ciudadanos en su vida -a través de su educación, su capacidad de emprender, de influir en la discusión pública, de organizarse con su comunidad-, más que por el nivel de consumo experimentado.

No trabajemos por espejismos: alcanzar el ingreso per cápita de Portugal, por ejemplo, si mantenemos la actual matriz de oportunidades, sería simplemente un fracaso; sentir que alcanzamos el desarrollo por llegar a esa meta es engañarnos a nosotros mismos.

Sólo podremos sentirnos orgullosos de nuestros logros, sólo podremos decir que somos un país desarrollado, cuando hayamos transformado a Chile en una verdadera sociedad de oportunidades.

Nuestra generación y la política

Esta tarea pendiente es responsabilidad de nuestra generación. Quienes heredamos una democracia estable y una economía próspera, debemos romper la lógica de los privilegios y reemplazarla por la lógica de las oportunidades.

Es cierto, nuestra generación ha mostrado signos de rebeldía frente a esta realidad a través de la sociedad civil.  El sentido de urgencia y el pragmatismo creativo de algunas empresas sociales -Un Techo para Chile, Enseña Chile, Misión País, Elemental, Acción Emprendedora- son señales claves para empezar a mirar más allá de fijaciones ideológicas. Con todo, para aceitar la matriz de transiciones sociales, nuestra generación debe llevar esa rebeldía a la arena política. Porque lo cierto es que hoy, al igual que antes, la política es la herramienta más poderosa de transformación social.

En esto no hay que confundirse. El poder de la política para generar cambios simplemente no tiene comparación. La Teletón, una de las más grandes organizaciones de la sociedad civil, que recibe la contribución de millones de chilenos cada año y que ha cambiado la vida a miles de discapacitados, en 2008 gastó 32 millones de dólares. El presupuesto del gobierno central de 2009 es de 40 mil millones de dólares: equivale a 1.300 Teletones en un año, ó 3,6 Teletones cada día. Los empleados del sector público suman 550 mil: 46 veces más que todos los trabajadores y voluntarios del Hogar de Cristo.

El nuevo ciclo político que comenzará en marzo del 2010 presenta una oportunidad única para transformar la justicia de las oportunidades en la causa central de un proyecto político. Esta causa tiene la profundidad y la relevancia para imponerse con creces a las otras épicas políticas que compiten en el concierto electoral. La propuesta de Sebastián Piñera de construir un país de oportunidades se sostiene en un elaborado programa de gobierno que generará un espacio sin precedentes para que emprendedores sociales de excelencia se tomen la política social chilena. Estos emprendedores  pondrán su sentido de urgencia y su idealismo pragmático -capaz de traspasar divisiones ideológicas- al servicio de una causa común: terminar con las comodidades que hoy entrega la lógica de los privilegios a los sectores más acomodados y convertir a Chile en una verdadera sociedad de oportunidades.

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