Por Vicente Undurraga // Foto: Agenciauno Diciembre 7, 2017

Ahora que se cumplen 11 años de su muerte, quien quiera homenajear a Pinochet puede hacerlo no yendo a votar, ejerciendo la abstención y el desdén por la política que el general tanto promovía. Pinochet no perdía ocasión de despotricar contra “los señores políticos”, acusándolos de entrampar la marcha del país con consideraciones y suspicacias que un tirano como él (esto no lo decía así, claro) no tenía por qué aceptar. ¿Buscar consensos? Qué politiquería. ¿Que la gente vote? Qué demagogia.

La abstención hoy en día comporta, más que un rechazo crítico o una postura anarquista, un escepticismo de bajísima intensidad, una actitud apolítica dudosa, como la del taxista que alega que, gane quien gane, él igual tendrá que salir a trabajar. La clase y la labor política estarán desprestigiadas, fofas, acomodadas, enflaitecidas, fomes y todo lo que se quiera, pero peor son los tiranos o, más cerca, los tecnócratas y emprendedores de su propia causa que creen —a pie juntillas— que la sociedad se autorregula a través del mercado y que lo público ha de limitarse a propiciar una competencia social tipo todo vale, a la administración de unos mínimos impuestos y de unas máximas restricciones morales y a la radicalización de las funciones policiales porque con la delincuencia ya nadie puede: ¡Atroz!

Está lleno de criticones de lado y lado que a la hora de votar no mueven las nalgas y no por una meditada objeción de conciencia, sino porque los tira más el alargamiento del sueño, la caña o, simplemente, su asadito dominguero con navegao o piscolita. Que pase lo que tenga que pasar mientras se asa el tonto costillar.

En la primera vuelta votó menos de la mitad de la población habilitada. Una lástima porque, como dijo el superactor Alejandro Goic, “hay que votar. Costó un culo la democracia, muchas vidas... Y lo único que se te pide es que te levantís un día cada cuatro años, te informís un poco y vayái a poner un papel (...) en una caja”.

Quienes en el Frente Amplio promueven posturas maximalistas y empujan para no darle su apoyo a Guillier, como si la política fuese el reino de lo perfecto y de lo puro, no están ganando el tira y afloja. Lo perfecto es enemigo de lo bueno, dice el dicho y en este caso cae de perilla. Lo mejor para todo aquel que se opone a la derecha habría sido una candidatura con más carácter y más ideas, pero es lo que hay, y lo que cabe es buscar comunes denominadores. Raúl Zurita publicó una brava diatriba contra el Frente Amplio por mezquinarle vanidosamente el apoyo a Guillier, diciéndoles que “la lucha de ahora es decisiva, si la partida la ganan ellos, los que no queremos, no serán cuatro años, no se equivoquen. No crean que pasado este ‘retroceso’ serán ustedes los que estarán allí para remediarlo”.

En elecciones así de estrechas es tan importante cada voto que, dando un salto cuantitativo en su inusitada y mal asesorada campaña del terror, Piñera salió a sembrar un manto de dudas al señalar que en la primera vuelta “había votos marcados” a favor de Sánchez y Guillier. Dicho al boleo por un candidato es algo inédito, poco menos que una desestabilización de todo lo que vendrá: Piñera parece estar haciendo oposición desde antes de perder. Para colmo, horas después de meter las patas decidió meter las piernas completas (de “caballo cojo” lo trató su correligionaria Van Rysselberghe): se mandó no una retractación o una voltereta, que habría sido comprensible y hasta lo habría humanizado, sino un cantinfleo de antología: “Mis declaraciones en ningún momento pusieron en duda el resultado de la primera vuelta, el trabajo del Servel, nuestro sistema electoral ni las instituciones”. ¡Pero eso es justamente lo que había hecho: poner en duda todo! Una rosa es una rosa es una rosa. A tal punto fue un paso en falso que, con la rapidez de un portonazo, a muchos se nos vino a la cabeza el similar galimatías de un antiguo líder de la derecha: “No me acuerdo, pero no es cierto. No es cierto, y si fuera cierto, no me acuerdo”.

La peor estrategia que podía implementar la derecha era empezar a meter miedo, porque el país durante 17 años le tuvo terror a ella, entonces las reminiscencias se desataron y lo que han conseguido, finalmente, es sumar votos en contra. Beatriz Sánchez, sin ir más lejos, anunció que irá por Guillier.

También mucha gente en la derecha —justo es reconocerlo— está poniéndole play a su zoon politikon: se está organizando, haciendo trabajo comunitario a través del whatsapp y el face para ir a votar contra Chilezuela. Y es que, por primera vez en su vida, Piñera ve venírsele encima un rostro que ha rehuido siempre y a toda costa: el de la derrota. No es impensable, como sí lo era hace un mes, que Piñera tenga que aprender a conjugar en primera persona el verbo perder, guardar los espumantes para el Año Nuevo y las vuvuzelas para Qatar 2022 —ojalá—.Arriba los corazones.

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