Por Álvaro Bisama // Escritor Octubre 13, 2017

A veces creo que el cine es un arte de fantasmas. O, por lo menos, el cine chileno. Es una idea que me acompaña desde hace muchos años, quizás desde que me metía al viejo Teatro Pompeya de Villa Alemana o el desaparecido Cine Metro de Valparaíso, dos lugares que ya no existen y donde lo que se veía tenía cierto hálito irreal o inexplicable. El Pompeya tenía murciélagos y en el Metro (que ahora es un Hoyts) se colaba el aire frío pero cargado de especias que inundaba el puerto por las tardes.

interiorr He vuelto a sentir eso en Valdivia, en el Festival de Cine que se realiza esta semana. Los espectros están acá, una fantasmagoría que hermana tres películas chilenas que he visto estos días, en una sensación de desolación y melancolía inesperada que se cuela en un paisaje silencioso, como si el río devorase las formas y el ruido de lo cotidiano para transfigurarlos en pura neblina.

Así, en la restaurada/estrenada/perdida La telenovela errante de Raúl Ruiz aquello aparece en los rostros de los actores y en el tono de los diálogos. Ruiz grabó la película en 1990, pero la terminó hace poco Valeria Sarmiento. Está en la cinta -donde actúan Patricia Rivadeneira, Luis Alarcón, Mauricio Pesutic y Francisco Reyes, entre otros —ese intento del director de capturar algo que a falta de otro nombre podríamos llamar alma chilena (como el nombre del libro de Pezoa Véliz) y que acá es una colección de juegos verbales y fragmentos alucinados que convierten la lengua (quizás a Ruiz hay que escucharlo, más que verlo) en una especie trampa de la que no se puede salir, acaso nuestro propio laberinto de la soledad. Lo mismo pasa con Los perros de Marcela Said, que es una película política, pero que se eleva a partir del modo en que Antonia Zegers se lanza a encontrar el horror en su propia vida pues el descubrimiento que su instructor de equitación fue miembro de DINA es paralelo a la percepción de un vacío íntimo. Zegers pasea por los suburbios, es otra alma en pena habitada por la nada, donde ni siquiera la verdad (cualquier clase de verdad) puede reparar aquella angustia porque ahí solo hay una ola muerta, parafraseando a Germán Marín.

interiosNostalgias del Far West del Colectivo del Cabo Astica (Ricardo Carrasco, Gonzalo Duque, Vicente Parrini, Sergio Navarro y Felipe Tirado) fue exhibida en la ceremonia de inauguración del Festival vuelve sobre lo mismo. Grabada en 1987 y editada el 2007 es un documental sobre el poeta Jorge Teillier. En la cinta, brevísima (apenas 25 minutos), Teillier vuelve a Lautaro, su pueblo natal. Viaja en tren, a veces actúa, bebe, camina, habla como si leyese poesía y lee poesía como si hablara. Lo que conoció apenas existe. “Soy un fantasma”, dice. Es otra ánima a la deriva, vestida con los jirones de la nostalgia de lo irrecuperable. Los minutos finales son demoledores, un plano impensado y asombroso. Teillier se aleja por la línea del tren, se pierde en la niebla. Mientras desaparece, otras figuras salen a su encuentro. Sombras difusa, más fantasmas. Entonces los espectros se acercan a la cámara. Amanece. Los espectros no son espectros, sino trabajadores con cascos de seguridad que caminan rumbo al trabajo, todos perdidos en la bruma, en esa patria frágil que sobrevive como una ilusión en la pantalla.

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