Por Evelyn Erlij // Periodista y corresponsal en Europa Mayo 12, 2017

Quince segundos antes de conocer al nuevo presidente de Francia, un reloj en la televisión marcó la cuenta regresiva. La espera parecía las vísperas del Año Nuevo del 2000: algunos temían el fin de los tiempos (un posible triunfo de Marine Le Pen) y otros, una hecatombe tecnológica (es decir, un hackeo que pudiera darla como ganadora). La imagen de Emmanuel Macron, el vencedor, apareció en pantalla y espantó a los jinetes del Apocalipsis que rondaban hace varias semanas. La periodista que encabezaba el programa del canal estatal France 2 lanzó un suspiro. Su primera pregunta al portavoz del extremista Frente Nacional, presente en el estudio, fue: “¿Pagó Marine Le Pen el último debate televisivo?”.

Como dicta la tradición, el miércoles anterior a las elecciones los dos candidatos a la presidencia se enfrentaron en un duelo discursivo. Era la primera vez que un representante del partido de ultraderecha participaba en un evento de este tipo, luego de que en las presidenciales de 2002 Jacques Chirac se negara a discutir con Jean-Marie Le Pen. Tenía razón: frente a una ideología radical no hay posibilidad de debate, no hay margen para el diálogo. Pero en esta era de los extremos, en la que penan los fantasmas del Brexit y de Trump, Macron no tenía más opción que ponerse los guantes. Sería una pelea en la que tendría que golpear hasta lograr un knockout.

"Si hoy la política es el arte del storytelling, el arte de contar historias, el relato de Le Pen fue un cuento de terror”.

Lo de Le Pen fue una riña callejera, un show de lucha libre en el que ninguno de sus embustes fue creíble. Su estrategia fue el ataque sin elegancia, la agresión sin control: confundió leyes, fechas y nombres de empresas; inventó cifras e intoxicó el debate con insultos y mentiras (como que su oponente tenía una cuenta en las Bahamas). Si hoy la política es el arte del storytelling, el arte de contar historias, el relato de la candidata fue un cuento de terror: con bebé Hollande (como llamó a Macron) continuará la pesadilla, correrá más sangre por culpa del Islam, las raíces del mal crecerán, el pueblo se hundirá en la mundialización salvaje y Francia, inundada por inmigrantes, morirá en las garras de la banca internacional.

Hablaba hojeando un archivador como si estuviera mirando un torpedo, como si no hubiera estudiado para la prueba. Parecía que nunca hubiera leído la Retórica de Aristóteles, y si lo hizo, sólo llegó a la parte del pathos: lo suyo era pura apelación a las emociones, a las entrañas, al miedo. Macron, el político estudioso, el candidato filósofo —fue ayudante del pensador Paul Ricoeur—, le enseñó el resto de la materia: usó el logos (razón) y el ethos (autoridad) para desmantelar cada una de sus falacias y propuestas inviables, en particular, su idea de abandonar el euro y volver al franco. Frente a millones de espectadores, Le Pen recibió una lección humillante de retórica.

“Veo que intenta jugar al alumno y al profesor. ¡Eso no es lo mío!”, le dijo la candidata, un golpe bajo contra su contrincante, casado con su ex profesora del colegio. “Qué triste, el país merece algo mejor que esto”, le respondió él. En Twitter, la gente estaba desatada: “Si Macron termina este debate sin darle una cachetada a Le Pen, podemos confiarle los códigos nucleares con toda tranquilidad”, dijo un internauta. Lo que siguió fue un episodio político de Caso cerrado, pero más allá del show, el evento sirvió para revelar cuánto humo vende el Frente Nacional. Según la prensa, Le Pen trumpizó el debate y se convirtió en el troll número uno de Francia.

Macron demostró que estaba preparado, al menos en lo discursivo, para ser presidente. Le Pen, en cambio, terminó castigada en un rincón: sus adherentes la criticaron, su padre la acusó de “no haber estado a la altura” y lo más significativo fue que, al día siguiente, perdió de golpe cuatro puntos en cinco encuestas diferentes. “¿Hay oradores bajo el cetro de los reyes? No, el silencio reina alrededor de los tronos”, declamó el revolucionario Saint-Just durante el juicio a Luis XVI, el último rey francés, en 1792. Desde entonces, la palabra es sagrada en Francia. Recuperarla tras la Revolución fue uno de los triunfos más preciados del pueblo.

El discurso se convirtió en un arma política, en un arte que, hasta hoy, se enseña en los colegios. Los niños tienen cursos y competencias de debate, se lee a los oradores ilustres —Danton, Robespierre, Tocqueville— y en las grandes escuelas, donde estudian los futuros políticos, la retórica es una obligación. Le Pen, sin embargo, mostró qué tipo de alumna es: antes de las elecciones se descubrió que plagió palabra por palabra un discurso del candidato de derecha, François Fillon. Y aunque es falaz decir que el debate le robó la victoria, su elocuencia defectuosa, dicen los expertos, sería una de las causas de los seis puntos que la alejaron del 40% que esperaba tener. Por el bien de la humanidad: Viva Francia, vivan los porros, viva la flojera.

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