Por Evelyn Erlij / Periodista y corresponsal en Europa Abril 13, 2017

Hay una escena legendaria en la película de artes marciales Contacto sangriento (1988). Frank W. Dux, interpretado por un fornido Jean-Claude Van Damme, se enfrenta en un torneo ilegal de full contact con un luchador sirio llamado Sadiq Hossein. Tras soltar una frase para el bronce —“ahora te mostraré un truco o dos”—, el rival árabe termina desmayado en el suelo,  12 segundos después del inicio de la pelea. El triunfo es tan rápido, que Van Damme rompe el récord mundial. El resto de la historia es lo que se ve en todos los filmes de artes marciales: sangre, violencia, patadas voladoras, alguna mujer objeto y un protagonista masculino fuerte y ganador.

Según un perfil de 1997 publicado en The New Yorker, Contacto sangriento es una de las películas favoritas de Donald Trump, un clásico “increíble y fantástico” —en sus palabras— que lo divierte cuando se aburre en su jet privado. Su amor por la pantalla, chica y grande, es conocido. El bueno, el malo y el feo, El padrino y Goodfellas, todas generosas en violencia y virilidad, son otras de sus predilectas. Se sabe que se acuesta y se levanta viendo TV, que le obsesiona el rating y que sus asesores han querido controlar su teleadicción. Durante la campaña, en una entrevista con el canal NBC, dijo que tomaba consejos militares de los expertos que veía en los programas.

"(Trump) Se acuesta y se levanta viendo TV, le obsesiona el rating y sus asesores han querido controlar su teleadicción”.

A Estados Unidos le gusta que sus operaciones militares suenen como película de acción de Van Damme o Steven Seagal —Justicia Infinita, Tormenta del Desierto, Libertad Duradera, Garra de Águila—, y su retórica para referirse a los asuntos de política internacional también tiene un dejo hollywoodense. Como cuando Ronald Reagan bautizó a la Unión Soviética, en 1983, como el “Imperio del Mal”, un nombre a lo Star Wars ideado —¿por casualidad?— el mismo año del estreno de El retorno del Jedi.

Algo de eso hay en el discurso que dio Trump la semana pasada, cuando anunció el lanzamiento de 59 misiles contra una base militar de Bashar al-Asad, el presidente sirio acusado de ordenar un ataque químico que terminó con 86 personas muertas, entre ellas 30 niños. “Fue una muerte lenta y brutal para muchos (...). Incluso bebés hermosos fueron asesinados con crueldad en este ataque bárbaro. Ningún hijo de Dios debe sufrir tal horror”, afirmó. La épica del “Imperio del Bien” estaba de vuelta. El discurso mesiánico del país que se ve como protector del “interés superior de la humanidad” se volvió a oír.

El mundo lleva seis años mirando imágenes de niños ahogados en el mar, de inmigrantes golpeados como animales en las fronteras de Europa, de ciudades devastadas. Las cifras de la guerra civil siria se leen como números: 470 mil muertos y 10 millones de desplazados parecen ser dígitos insuficientes para movilizar a la comunidad internacional. Rusia veta toda reacción de la ONU; el miedo a Putin —aliado de Al-Asad— lleva años paralizando toda intervención y la diplomacia no ha llegado a ningún puerto. Para complicar aún más este juego, el presidente sirio es el enemigo número uno de ISIS que, a su vez, es el enemigo número uno de Occidente.

Ante tanta inercia, el impulso de Trump fue aplaudido por varias autoridades mundiales. Desde la Casa Blanca se dijo que el ataque fue una advertencia para Al-Asad —también para Corea del Norte— sobre el uso de armas químicas; y la decisión del presidente habría sido  tomada después de que mirase en la televisión imágenes horribles de guaguas siendo bañadas para limpiar el agente neurotóxico de sus cuerpos. “El mundo vio anoche al comandante en jefe de Estados Unidos, pero también a un padre y abuelo”, dijo tras el bombardeo Kellyanne Conway, su consejera.

El padre y abuelo que hoy quiere “parar la carnicería” en Siria es el mismo que dijo, en un mitin en New Hampshire, que no tendría problemas en mirar a los ojos a los niños sirios y decirles “no puedes venir aquí”. También es el hombre que en 2013 dijo a Barack Obama que no interviniera en Siria; el mismo presidente que vetó la entrada de refugiados a su país y que acuñó el lema aislacionista “America first”.

Nadie entiende bien hacia dónde quiere ir. Varios analistas coinciden en que sus decisiones viscerales y sus cambios de opinión son un peligro para la estabilidad geopolítica, hoy fragilizada por las amenazas de represalia de Rusia e Irán. Otros ven el lado positivo de su imprevisibilidad: “Mostrarle a Al-Asad que ya no está bajo el amparo del paraguas ruso es bueno”, se apunta en el diario francés Libération.

Si el presidente mira tanta televisión, sin duda vio antes las imágenes de Aylan, el niño que murió en una playa en Turquía y de Omran, el pequeño con la cara ensangrentada, quien ni siquiera pudo llorar tras sobrevivir a un bombardeo. De ahí que el arranque de humanidad de Trump huela raro. Algunos dicen que sería una maniobra para inyectar puntos a su popularidad de un 36%. También podría ser una forma de mostrar sus músculos de gobernante, una prueba de heroicidad a lo Jean-Claude Van Damme.

El problema es que esta guerra civil —la más horrible del siglo XXI— no será tan fácil ni rápida como el triunfo de Dux sobre el luchador sirio de Contacto sangriento. El comienzo abrupto y el desarrollo impredecible de la película bélica de Trump son un mal inicio: la trama de un filme, por más malo que sea, no se improvisa jamás. Para qué hablar de una guerra.

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