Por Vicente Undurraga / Editor de libros Abril 7, 2017

Qué sujeto más soporífero y antipático que el patriotero, ese chovinista que se aferra como molusco a los símbolos de una chilenidad de falsete y huasamaca y que en cualquier momento le agrega un “Pinoché” al ce-ache-í. Pero hay uno que está en las antípodas y que no lo hace nada mal a la hora de dar la lata. Es el anti-Chile, el que se aburre y padece este país y a su gente.

 “Santiago sólo les queda chico a los enanos” es una gloriosa frase atribuida a Armando Uribe. No será Río, Buenos Aires ni Madrid, pero el que se aburre en esta ciudad es muy probable que también lo terminaría haciendo en Nueva York, París o Moscú. Con seguridad el aburrido es él.

La idea de Uribe es extensible. Chile sólo les queda chico a los enanos. Hay ciudades encantadoras (Valdivia, por ejemplo, tiene rincones, poetas y cervecerías de primera), bonitas y cálidas (Puerto Varas), excitantes e intensas (Concepción o Valparaíso). Hay paisajes y culturas inigualables en la Patagonia, San Pedro, La Araucanía o Chiloé. Hay un desierto donde el universo se ve mejor que en ninguna parte –con observatorios astronómicos que quienquiera puede visitar gratis– y balnearios que ya se quisiera Keanu Reeves. Y en los mil aspectos en los que este país ha sido una larga y angosta faja de siesta, últimamente, en parte por efecto de la benéfica inmigración y por una inevitable actualización, la cosa ha mejorado. Hay más bares y barrios vivos, hay centros culturales (y es mentira que están más muertos que los partidos políticos), hay buen teatro (y pésimo), hay circuitos musicales y literarios activos, poetas como en pocas partes (lean si no a Clemente Riedemann), menos cines de barrio que antes, es cierto, pero sí mucho multicine, y si uno no le hace asco al mall puede acceder a una cartelera decente. Si hasta la memoria tiene un museo digno. Hay ciclovías y parques públicos de primer nivel (como el Bicentenario de la Infancia en Recoleta, que seguro el anti-Chile ignora), congresos y festivales de todo tipo y en su mayoría muy accesibles, excelente pescado y rico vino barato que da gusto.

"Siempre habrá un chileno feo dispuesto a recordarnos perogrulladas como que el goce que se respira en las calles de Rio es inigualable, que el circuito berlinés del arte es alucinante, que las callecitas de Buenos Aires son encantadoras y que la vorágine neoyorquina no tiene parangón”.

Pero siempre habrá un chileno feo con su monserga, dispuesto a recordarnos perogrulladas como que el goce que se respira en las calles de Río es inigualable, que el circuito berlinés del arte es alucinante y aquí un flan, que las callecitas de Buenos Aires son encantadoras y que la vorágine neoyorquina no tiene parangón. Y después de quejarse de que en cada esquina chilena en vez de un bar hay una farmacia, entrará a una a comprar lo suyo. Hay unos versos que, aunque referidos a cuestiones de mayor hondura, se me vienen a la cabeza a propósito de este chileno que tanto se cansa de la incultura y la estrechez nacional y lo declara con incontinencia. Son de Ingeborg Bachmann, la gran escritora alemana: “No sé de ningún mundo mejor / La moral imbécil de las víctimas deja poco que esperar”.

Ante estos victimados por la chilenidad que se quejan hasta de los goles no metidos por Arturo Vidal cuando la selección igual gana, se renueva la pregunta que cantaba hace ya tres décadas un chileno preclaro: ¿Por qué no se van? O, menos agresivamente, por qué no piensan con seriedad en la razón por la cual tanto colombiano, argentino, venezolano, peruano, incluso tanto brasileño o español se está viniendo a esta fértil provincia. Entre otras cosas, porque es un país que, con sus pocas gracias y sus muchas desgracias, en la balanza de la hospitalidad no se desploma.

El sueño chileno, le llamaban el otro día en un noticiario a aquello que hace a los inmigrantes venirse. No hay para qué ser tan exagerados. Mejor hablar de unas ciertas condiciones de seguridad y estabilidad económica y de paz que permiten modos de vida tranquilos donde se puede aspirar a una parcial felicidad. Sin duda el mayor problema nacional es la fealdad humana que por años se empoderó de Chile, volviéndolo un país abusivo, injusto, individualista y conservador, pero eso tocó fondo o lo está haciendo. Hay muchos despertando del sueño obsceno en que Jaime Guzmán sumió al país madrineado por el hada Pinochet. Hoy, por ejemplo, los que eludían impuestos a manos llenas van a parar al anexo cárcel Capitán Yáber o viven con arraigo y pierden sus bancos; entonces, quienes los sucedan asumirán que hay que tributar como corresponde, sin pillerías. Y así se podrán hacer más parques, mejorar la vida urbana, crear bibliotecas, hospitales y escuelas públicas, trenes y plazas.

Dicho todo esto, cómo negar que estamos llenos de chiqueros estéticos, adefesios humanos, hábitos ridículos, códigos ñoños y costumbres infames, como el chaqueteo y el ninguneo, esos siameses sádicos, y su contraparte, el corrompedor corneteo, pero ya tocará hablar de todo eso.

Hace décadas, Nicanor Parra escribió: “Creemos ser país / y la verdad es que somos apenas paisaje”. Se lo ha leído como una condena. Pero podría leerse como una provocación. Por ahora digamos que el país va de a poco poniéndose a la altura de su paisaje. Y que la Roja juega cada vez mejor

Relacionados