Por Vicente Undurraga / Editor literario Abril 13, 2017

Si le cortan el pelo, pasa por hípster; si lo afeitan, queda un churrazo. Eso dice una amiga creyente sobre el Jesús que todos conocemos, cuyo look se basa en la imagen del Santo Sudario. Ese rostro al que Juan Pablo II indicó en el Estadio Nacional con retórica retumbante: “No tengáis miedo de mirarlo a Él”. (De haber prosperado la iniciativa de poner un papasaurio con la cara de Wojtyla en Plaza Italia alguien podría decir: “No tendréis otra que mirarlo a él”.)

Decir que Jesucristo es una figura central en Occidente es como decir que la arena es arenosa. Pero en Chile es una centralidad no de púlpito. No hay comuna, pobre o rica, donde no se vean aún esas chapas naranjas que dicen “Esta puerta se abre para Cristo”. Nadie acá le teme a Jesús. A Dios, al diablo, a la Iglesia y al chupacabras, sí. En España, Cristo es rechazado o adorado con el fervor con que en este país mariano lo es la Virgen. Allá tienen blasfemias como “me cago en un camión cargado de niños jesuses”, mientras acá Jesús es menos sacrosanto. Es verbo y no sustantivo, como dice Arjona. No es la estatua que regaña, sino el dibujo que copilotea las micros.

En nuestros poetas se puede ver la ductilidad que tiene su figura. Se podría hacer una antología llamada Jesús en Chile. Incluiría desde el “Única razón de la pasión de NSJC” de Eduardo Anguita, que reza “Nuestro Señor Jesucristo subió al calvario por la señora Hortensia”, pasando por los poemas de la Mistral, Zurita, Bertoni o Bruno Vidal, hasta llegar a las mil veces que aparece en la antipoesía, cuya culminación es el “Voy y vuelvo”:un crucifijo del que Jesús se bajó dejando el típico cartel que cuelga el que abandona sus funciones para ir al baño.

Hannah Arendt pensó con grandeza el caso del Papa Juan XXIII y explicó lo extraño que resultaba “un cristiano en la silla de San Pedro” aludiendo a “los elementos claramente anárquicos de un modo de vida pura y auténticamente cristiano”. Y claro, si ese Papa dijo que “la justicia está por encima de la caridad”. Un Papa así deja con disentería a la elite católica chilena, que ya con Mariano Puga se pone tiesa. Ojalá ésta se desembarazara de las monsergas extemporáneas del purpurado bobalicón y se impregnara del Cristo precursor de la chilenidad más cálida, ese que defendió a una adúltera diciendo “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”, que es como haber dicho hace dos milenios “Qué tanto, compadre. Raspen”. Si los karadimosos adictos al Cristo falaz de la pechoñería se allanaran a oír al Jesús textual, otro gallo cantaría en muchos ámbitos nacionales, partiendo por el tributario: “Es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de Dios”. Porque Jesús en verdad no es verbo sino sustantivo. Un autor. O más bien el protagonista de un gran cuento que tuvo unos geniales ghost writters que recogieron su pensamiento y sus hechos, como la deliciosa conversión del agua en vino (en la zona central de Chile habría que pedirle que convirtiera el vino en agua).

Habrá que ir al cine a ver El Cristo ciego. Mientras, cabría leer con lupa “La Sagrada Familia” de Parra, donde José zanja con rotundidad el asunto del origen incierto de su “hijo idolatrado”: “Yo me defino como su padre platónico/ Qué quieren que les diga:/ A mí me basta con que el caurito me diga papá”.

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