Por Vicente Undurraga Febrero 3, 2017

Pocos han pensado a Chile con tanta sagacidad y humor como Raúl Ruiz. Y no sólo en sus películas, también en sus escritos y entrevistas. En una deja caer una idea en la que convendría detenerse: “Todo chileno habla exclusivamente entre comillas”. Gran frase cuyos alcances explica diciendo que Chile antepone la retórica a la realidad: “Es un país que relativamente no tiene idioma, pero fabrica una forma muy curiosa de lenguajes artificiales en que la forma y la entonación tienen casi tanta importancia como las palabras”.

Y ya que Chile tiene ese no-idioma, el vacío se rellena con lo que venga. Ahí están en sus películas esas conversaciones donde no se dice nada, pero entre interjecciones, resoplidos y frases cortadas se construyen sentidos, agresiones y seducciones. Por ejemplo el “ssshhhh”, dice Ruiz, es la expresión de escepticismo más sintética que ha conocido. Cuando un chileno llega tarde a la oficina o alardea por cierto atributo o adquisición, el resto dice “ssshhhh” y siembra la duda, pone la distancia, tira la saña.

Pero en el último tiempo algo cambió. Sigue siendo el chileno un castellano de alta penetrabilidad, pero las entonaciones que entrecomillan o ahúman lo dicho han dado paso a las cursivas de las palabras en otro idioma.
—Lo siento, no podré ir al workshop ni sumarme al brainstorming del jueves porque haré full home office. Es que debo preparar un power (point) porque vienen el CEO y el controller y están muy preocupados por lo del dumping. Y yo apenas tengo un approach del speech que haré.
Wow, ¿y tienes algún timing?

Hasta el metro se ha llenado de conversaciones así. Ni nos dimos cuenta y pasamos de la tenida sugerida al dress code. Por supuesto el inglés, en el mundo contemporáneo, es la lengua franca y su omnipresencia redunda en que se mezcle en las otras como la paja en el trigo. Se infiltra a través de canciones, series, memes, pornografía, viajes. Descontada la propia, es la lengua que todos, la manejemos o no, oímos más a menudo. (El spanglish, ese combinado voluntarioso de ambos idiomas, es otra cosa. Algo destinado a desaparecer, como el mango sour.)

Transversalmente se pueden oír palabras gringas como chat, bóxer, selfie, gay o heavy. Pero esas no tienen traducciones adecuadas o ágiles y por eso terminan siendo apropiadas o derechamente castellanizadas (de leader a líder, del wipe al guaipe). También está el uso literario o humorístico del inglés, como hacen Redolés, Fuguet o Avello. Pero de un tiempo a esta parte es una jerga traducible y seria la que se impone: la del business y el emprendimiento. Que se use en las empresas tiene su lógica por los flujos internacionales de estas, pero que se rebalse a otros ámbitos, como el académico (que el paper, que el syllabus), e incluso a los más coloquiales, íntimos, amistosos, es otra cosa, y ahí habría que ponerse un poco en guardia, porque tampoco se puede ser tan siútico como para pasarse el día en coffee break gestionando que un head hunter nos recomiende en algún kick off meeting por nuestro expertise en las más encopetadas family office de las tower office de El Golf.

No se trata de resistirse porque sí al uso de tales o cuales expresiones. Los jemeres rojos prohibían palabras en Camboya y a esos mejor no imitarlos en nada. Pero tampoco nos deja muy bien parados aceptar todo sin chistar. De alguna manera, si no se toma cierta distancia, o conciencia al menos, se estará obedeciendo a la mirada economicista. La ingeniería comercial no puede imponer sus chulos términos. Para qué decir family office. Mejor oficina familiar. Del mismo modo que a la colusión no le decimos collusion.

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