Por Vicente Undurraga Febrero 17, 2017

Más allá de las teorías conspirativas y otros delirios de poca monta, muchos lanzaron duras críticas a la respuesta del gobierno a los incendios forestales. Por cierto se pudo actuar más rápido, la institucionalidad no es la óptima, este Estado escuálido es fofo, y un montón de otras obviedades.

Más allá de cualquier consideración contingente, hay una cuestión de carácter sicológico-nacional que tuvo algo que ver en la ñurda reacción al incendio. En Chile hay un tipo de individuo que abunda y es más transversal que la marraqueta. Yo lo llamo el “dificultoso integral”.

Dificultar. Lo dificulto. Tiene dos sentidos: 1: lo veo difícil. 2: le pongo dificultad, lo trabo. Hay dificultosos, personas que, timoratas, torpes, desconfían de las posibilidades de todo y, más encima, cuando —a pesar de ellos—algo logra ser echado a andar, se dedican a trabarlo con infinidad de peros, trámites y aprensiones que nada suman, sólo truncan. Kafkianos de baja intensidad, chacales del “miedito”, cabrones del minipoder, su frase típica es un mero ruido: “eeeeh”. No el típico “eeeeeh” de quien piensa, vacila o recuerda, sino el “eeeeh” de quien está buscando en qué detalle inútil detenerse como primera tentativa para dificultarlo todo, sea una discusión entre amigos, un proyecto creativo o la reacción ante un megaincendio. Años de miedo y conservadurismo, buenas dosis de resentimiento y mala leche y toneladas del peso de la noche se han combinado para forjar el carácter del dificultoso integral.

“Cuídate de los débiles, pueden dañar más que los fuertes”, dijo Philip Roth, frase que habría que poner en la moneda de cien pesos. El dificultoso es un débil que puede esconderse detrás de cualquier ventanilla, escritorio o family office, estar en la caja o en la gerencia, vestir de gris o de fluorescente.

Hace poco un amigo me contó el diálogo que tuvo en la Universidad de Chile.

—Me dijeron que acá podía retirar el certificado de créditos que solicité.

—Sí, pero no. La persona a cargo está con licencia.

—¿Y volverá pronto?

—No sabría decirle.

—¿Y usted me podría ayudar?

—Lo siento. No va a poder ser. Yo no veo eso. Yo estoy aquí nomás.

Al rato, una funcionaria sentada cerca llamó a mi amigo y, tras recibir las lisonjas que tácitamente demandaba, le entregó el documento, que estaba en la cajonera de la esquina. En el diálogo previo hay  frases chilenas: “No sabría decirle” o “Yo estoy aquí no más”. Como si esa mera constatación de existencia justificara la indolencia. Yo estoy, pero no soy, pareciera decir la funcionaria, y como no soy, no puedo hacer.

Es delirante, pero 100% real y cotidiano. Personajes así nos han complicado cuando trabajan en isapres, AFPs u otras de esas instituciones. Su interlocución es desquiciante. Y puede incluso suscitar violencia. Máxime si quien reclama es otra especie hipertrofiada del nuevo Chile, una que está en las antípodas: el prepotente, el que posibilita, por los medios que sea, todo lo necesario para conseguir un objetivo o su provecho. Si algo tiene de bueno el dificultoso, es que indirecta e inconscientemente le pone coto al prepotente y paños fríos al emprendimiento desatado, bestia negra de una sociedad exitista. El dificultoso puede tener un efecto profiláctico, saludable, equilibrador, pero el problema es que resulta insoportable por su vitalidad cero, su debilidad, sus inconducentes “eeeeh”.

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