Por Alejandra Costamagna Octubre 21, 2016

Juan Radrigán había descubierto un método: escribir como si lo fueran a matar mañana. De ahí emergía todo. Eso ocurrió en 1979, cuando el hombre, que entonces tenía cuarenta y dos años y se había ganado la vida como mecánico de telares, desabollador, carpintero, guardia de una salitrera, cargador de La Vega o librero, entre otros oficios, tomó un lápiz y anotó sobre un papel blanco: “No séai porfiá po, Sabina, saca la cuenta”. Era el inicio de algo: de una obra teatral que luego se llamaría Testimonios de las muertes de Sabina y de un universo dramatúrgico propio, que lo mantendría escribiendo sin parar.

Llevaba demasiados años guardando esas palabras y esas historias, que de golpe emergían a la superficie. Había probado con un puñado de cuentos y una novela, pero no se hallaba del todo en la narrativa. “Para mí fue fácil”, admitiría más adelante sobre su abrupta incursión en la dramaturgia. “A pesar de escribir drama, no tuve ningún drama”. Entonces puso en práctica el método y escribió y escribió como si lo fueran a matar al día siguiente, con adrenalina, buscando las vías de salvación en cada palabra.

Hasta el domingo 16 de octubre de 2016, cuando el dramaturgo, Premio Nacional de Artes de la Representación 2011, dejó de respirar. Pero su método no era sólo la urgencia, sino también la búsqueda de un lenguaje propio, de gran resonancia poética, que iba de la mano con su visión del mundo. Sus protagonistas eran los desencajados, los excluidos, los que mantenían el decoro y se enfrentaban a los hechos consumados de la historia con el inquebrantable peso de su dignidad. El sentido de lo marginal en sus personajes operaba así en varios niveles, más allá de las condiciones materiales, y suponía importantes fisuras interiores, humanas. “Pucha, los echó de toas partes, primero jue de la pega, después de la casa encachá que teníamos cuando yo era desabollaor, de la ropa que usáamos, de la calle, de la comía”, dice Pedro en El invitado. Y su mujer aclara: “Lo pior jue que también los echó de nosotros mismos”. Una idea similar expresa la protagonista de Isabel desterrada en Isabel: “Te vai pegando por los laos, te vai sacando peazos caa vez más grandes: esa es la vía para nosotros, caer y pegarse por aentro y por ajuera; pero sobre todo por aentro”. Y no es muy distinto el desasosiego del protagonista de Sin motivo aparente: “Me busqué aentro, pero no tenía ni una palabra: taba como si me hubieran barrido”. Pero acaso será en Hechos consumados donde revele con más nitidez esta trizadura interna de los personajes, marcada por su exclusión social: “Somos hechos consumados, no tuvimos arte ni parte en nosotros mismos; nos hicieron y nos dijeron: ‘aquí están, vayan pa allá’ , pero no nos dijeron por qué nos habían hecho ni a qué teníamos que ir a ese lao que no conocíamos… A ese lao aonde lo único seguro que había era que teníamos que morir”.

La marginalidad en Radrigán abandona el corsé de la representación realista en el teatro social y va delineando un territorio propio, plagado de fantasmas, de seres que están en la frontera entre la vida y la muerte, de desarraigados en un mundo y en un cuerpo, extraños que no saben hacia dónde encaminarse. Este desplazamiento, sumado al trabajo de pulcritud con el habla popular, a la creación de una atmósfera de asedio existencial y al nutrido diálogo (aunque nunca explícito) con autores como De Rokha, Emar, Vallejo, Rulfo o Beckett, da como resultado una escritura que nos devuelve el asombro por la palabra y nos maravilla por su potencia expresiva. Un registro propio, que marca escuela y que ya es adjetivo: radriganiano. Desde hoy leemos a Juan Radrigán con su mismo método, con urgencia, como si nos fueran a matar mañana.

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