Por Andrea Lagos A., académica Periodismo UDP Septiembre 16, 2016

Mostrar trazos de la humanidad del ex embajador chileno en E.E.U.U. (1971-1973) y ex ministro de Salvador Allende, es una de las tantas gracias del clásico libro Assassination on Embassy Row (1980) de Saul Landau y John Dinges (Asesinato en Washington: El caso Letelier). Es, sin duda, la mejor investigación sobre el caso. Actualmente sólo puede ser encontrada en sitios web de libros usados. Un verdadero thriller político que hace sostener la respiración.
Releer el libro, con el foco en Orlando, el hombre, es revelador.

El día del golpe militar —11 de septiembre de 1973— Letelier no pudo ingresar al ministerio de Defensa que dirigía. Fue detenido y trasladado después a isla Dawson, en el Estrecho de Magallanes. Una isla solitaria a cinco horas de navegación desde Punta Arenas. Estaba junto a otros jerarcas del gobierno de Salvador Allende y soportaron, mejor o peor, las temperaturas antárticas y vientos que llegaban a los 120 kilómetros. Llegó a pesar 59 kilos con su 1,82 m de altura.

Tras un mes, cartas y fotos de familiares comenzaron a llegar al campo de concentración. Los detenidos las esperaban con ansias. Letelier, en cambio, no quería ni verlas. Hubiese preferido no recibir. Lo desconcentraban y entristecían. “Sobrevivir” era su mantra, lo repetía día y noche. Debía concentrarse sólo en él mismo. La nostalgia no servía para nada. Sin duda, fue el más pragmático de todo el campamento.

En Washington, la vida del exiliado Orlando Letelier —de 44 años en 1976—, no era glamorosa. Vivía en un chalet sencillo en un buen vecindario en los suburbios de Washington, pero con cuatro hijos y como empleado de una ONG, la plata casi no alcanzaba. Vivían con lo justo.

Él sentía miedo, sabía que lo espiaban. Como el más activo organizador de la oposición chilena al régimen militar en el exterior, le pisaban los callos. Aunque jamás imaginó que pondrían una bomba debajo de su Chevrolet Chevelle azul en plena Massachusetts Avenue. La policía secreta de Pinochet, la DINA, ya había iniciado la temporada de caza de sus objetivos internacionales. Letelier fue sólo uno, pero el que hacía más ruido y estaba mejor conectado internacionalmente. Sabía mover los hilos del poder político y contaba con la inteligencia para lograr que la voz del exilio chileno fuese escuchada en EE.UU., Europa y América Latina.

Poco fue el tiempo que le quedó para estar con sus cuatrohijos varones cuando eran niños. La cantidad de viajes que hizo para promover su causa, se lo impidieron. En ese época, sin embargo, un padre como Letelier era lo común.

Letelier era atractivo, pero en Washington la abundancia de hombres arios, altos y con mucho pelo, hacían que este abogado casi calvo, pasara desapercibido.
El hombre tenía un vicio. Era un fumador compulsivo que aspiraba hasta tres cajetillas de cigarros en un día. Insomne, lograba dormir hasta cinco horas en la noche. El resto del tiempo, fumaba.
Libre de tensiones, era un conversador encantador y sofisticado. Poseía charm (carisma) y wit (agudeza), dice el libro.

Parte de los 13 años que antes del exilio vivió en Washington, trabajó en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Esta experiencia fue su gran capital en el Hemisferio Norte. Era un latino, pero con un conocimiento y comprensión tan acabado de los estadounidenses, que —como embajador durante la UP— mantuvo el diálogo con Washington hasta el final, cuando el gobierno de Richard Nixon optó por secundar el golpe militar en Chile. Nunca perdió el respeto y los contactos dentro del gobierno.

En 1974, después de la vida semipolar en Dawson, Letelier pasó por el campo de detenidos de Ritoque y salió al exilio a Venezuela gracias a que su compadre Diego Arias, gobernador de Caracas, presionó al régimen chileno. La familia Letelier, sin embargo, demoró meses en llegar a acompañarlo. Estaba solo en el país tropical. En una fiesta se le acercó una bellísima millonaria venezolana. Era una mujer muy fina. “Caridad” fue el nombre de fantasía escogido por Landau y Dinges para referirse a ella. Letelier fue frágil. Venezuela quedaba lejos, había estado a punto de morir de frío e inanición, y seguía solitario en el exilio ¿Cómo detenerlo?

El intenso affaire con Caridad —describen los autores del libro— se extendió y provocó que con su esposa, Isabel Morel, se separasen cuando la familia completa se reunió en Washington. Instalado en un diminuto departamento de soltero, cerca de su oficina en Sheridan Circle, Letelier no había logrado dejar de verse con la otra mujer, pese a que se lo había prometido a su esposa.
Al final de sus días, en septiembre del 1976, ya estaban juntos y reconciliados con Isabel.

Uno de los inculpados en el crimen de Letelier, ocurrido el 21 de septiembre de 1976, fue el agente de la DINA capitán Armando Fernández Larios. Él voló a EE.UU. con la atractiva Liliana Walker, que en realidad se llamaba Mónica Luisa Lagos y era prostituta.
Ella —que trabajaba para la DINA— se acercaría a Letelier en algún lugar público de Washington para sacarle información. El plan decía que tenía que conquistarlo. “Aunque ese plan no se hizo así, la idea de la DINA fue porque Letelier —dice el periodista Dinges— tenía fama de mujeriego. Nosotros no lo escribimos así en el libro, pero lo recuerdo bien. Deben haberlo investigado”.

La debilidades de Orlando Letelier casi no están en Assassination on Embassy Row, dice John Dinges. “Hicimos un retrato favorable y expresamente poco inquisidor de Orlando. Saul Landau(el co-autor, fallecido) era su amigo y colega”. Pero la fineza para mostrar un rostro menos ideal de un mártir, se agradece.

Orlando Letelier, claramente no era un santo, ni tampoco un héroe, pero tenía humanidad para regalar.

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