Por José Manuel Simián Agosto 29, 2009

Junto con el calor, cada verano se reaviva una máxima irrefutable: dime dónde veraneas y te diré quién eres. Y aunque no esté del todo claro quién era la famosa mujer ni cuál el viñedo que le da su nombre, Martha's Vineyard tiene un significado claro: los que descansan en la isla de Massachusetts durante julio y agosto pertenecen principalmente a las élites liberales del este de Estados Unidos.

Hasta George W. Bush lo sabía. Intentando acusar a los políticos demócratas de privilegiados -y olvidando por un segundo sus propios millones y pasado alcohólico- aprovechó una de sus frecuentes vacaciones en su rancho de Crawford, Texas, para distanciarse de ellos diciendo que "no todos los estadounidenses toman vino blanco en Martha's Vineyard".

El dardo iba también hacia su antecesor, Bill Clinton, quien pasó en la isla la mayor parte de sus descansos presidenciales. De hecho, los dos veranos en que no lo hizo habría estado siguiendo los consejos de su asesor Dick Morris quien, ante la posibilidad de perder la reelección, le informó que los votantes indecisos eran aficionados a la montaña. Clinton -disciplinado en estas lides- partió entonces a Wyoming hasta que fue reelecto en 1996.

Pero los poderosos habían preferido Martha's Vineyard desde mucho antes, comenzando por el presidente Ulysses S. Grant. Y ningún clan político está tan asociado a sus días y noches como los Kennedy. No sólo fueron frecuentes visitantes, sino que Martha's Vineyard es telón de fondo de dos tragedias familiares.

Hacía ahí volaba John Kennedy Jr. en un Piper Saratoga en julio de 1999, cuando su vida, la de su mujer y su cuñada, terminaron en el Atlántico. Y fue en Chappaquiddick donde 30 años antes el senador Edward Kennedy vio manchada para siempre su carrera política. El senador salvó con vida de la caída de su vehículo a las aguas, pero nunca logró aclarar del todo los detalles de la muerte de su acompañante, Mary Jo Kopechne.

Esta semana de fines del verano boreal  -primero de la era Obama, primero tras la era texana de Bush- los ojos de Estados Unidos han vuelto a posarse sobre este pedazo de tierra. El presidente arrendó para su familia una propiedad de 11 hectáreas entre las lomas de Chilmark. Algunos dirán que lo hizo guiado por su olfato político -la isla es sede de importantes eventos de recaudación de fondos- o para eludir acusaciones de arribismo de las bases afroamericanas -Martha's Vineyard ha acogido desde siempre a sus élites-. Pero bien puede ser que sólo ahí, entre los escogidos, Obama pueda sentirse, aunque sea por un rato, como una persona común y corriente.

* Desde NY, periodista de NY1 Noticias

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