Por Gonzalo Maier Agosto 29, 2009

Algunas historias terminan convertidas en cliché. En un gran cliché. Hace 25 años, por ejemplo, en una mansión de Bel-Air, en Los Ángeles, Truman Capote moría por culpa de una sobredosis de calmantes. El tipo, tal como sucedió con Salvador Dalí o Andy Warhol, gastó buena parte de su vida no sólo escribiendo, sino construyendo un gran mito. Capote, más que Tom Wolfe, fue el nuevo periodista, el hombre que escribía bien, el que hacía cualquier cosa por una gran historia, el rockstar de las prensas, el redactor borderline, el obsesivo, el irreemplazable. Pero, ya sabemos, hay veces en que el personaje devora a la obra. Y ya entrado el siglo XXI, de Capote nos queda su imagen, sus frases para el bronce, su ego y su ética de alumno incapaz de concentrarse.

La historia de Capote, inevitablemente, es también la historia del Nuevo Periodismo. De un periodismo que, a estas alturas, está plagado de lugares comunes. El problema, como en cualquier disciplina, es cuando la innovación se convierte en dogma. O peor: cuando el medio se confunde con el fin. Sumando y restando, cuando el Nuevo Periodismo se reduce únicamente a un final redondo y a un par de descripciones puntiagudas. Ideal, por cierto, si tiene algo de humor.

Ya da igual si Capote fue el tipo que Philip Seymour Hoffman retrató en Capote, la película, o si en verdad fue un buen samaritano. Su herencia, más que cualquier otra cosa, fue imagen. Sólo imagen. Además de A sangre fría, por cierto, seguramente su obra más recordada. Una que pudo fundar una escuela pero que, mirando por el espejo retrovisor, no tuvo discípulos dispuestos a matar al padre.

Una infidencia: hace tres años llegó un nuevo practicante a un reconocido diario de la plaza. A poco de aterrizar anunció que necesitaba más tiempo para sus artículos. Adivinen: aseguró que sólo trabajaba como Capote.

*Periodista de Cultura de Qué Pasa

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