Por Patricio Jara, escritor Noviembre 6, 2014

Hace unos meses llegó al Buin Zoo un nuevo mono. Se llama Sandai, tiene 20 años, pesa 105 kilos, y es el primer orangután en Chile. Tal como fue el caso del hipopótamo pigmeo (cuando se organizó un concurso por internet para darle un nombre), mis dos hijas quisieron conocer al mono y fuimos, sin imaginar que el paseo familiar que implicaba la visita a Sandai, fracasaría estrepitosamente: en el largo rato que estuvimos, el popular simio no quiso asomarse ni un minuto desde su escondite entre la vegetación. Había mucha gente esperándolo ansiosa a través de las rejas y también había un enorme parlante con sonidos de la selva y folclore africano para ambientar el entorno. No fue fácil explicar a dos niñas chicas que su amigo Sandai no quiso mostrarse, es decir, no quiso saludarlas, ni que ellas lo vieran, ni él a ellas.

Había olvidado el episodio del mono Sandai hasta que leí Desubicados, de María Sonia Cristoff, un magnífico trabajo que indaga, aunque sea parcial la descripción, en los vínculos entre humanos y animales con el zoológico como punto de encuentro. A medio camino entre el diario, el ensayo, la crónica histórica y algunos perfiles a personajes notables (como la historia de Beba, quien rescató a un grupo de animales desde un zoológico clausurado), Cristoff prefiere la reflexión documentada antes que la alharaca animalista, para hablar de algo tan simple (y de tan simple tan discutible) como los contornos de la libertad. Aunque quizás haya algo más: Cristoff propone que todo zoológico es, en cierta forma, un arca de Noé.

“Mientras todo -el mundo en que vivimos, las especies en general, plantas, animales, humanos, bacterias: todo- se extingue a un ritmo que parece que no se dio nunca antes, aceleradísimo, los zoológicos de avanzada se plantean una misión de salvataje como la que le tocó a Noé en aquel diluvio divino. O parecida. Porque, si mal no me acuerdo, en el Génesis, Noé salva una buena cantidad de especies, pero finalmente es Dios el que se arrepiente y permite que el mundo siga andando”.

María Sonia Cristoff necesita apenas 138 páginas para lograr niveles de profundidad en la reflexión que valen por kilos de enciclopedias. Salta de un tema a otro sin perder el norte ni esquivar las muchas contradicciones y preguntas sin respuesta que tiene nuestra relación con los animales. Se diría que cada ejemplar que vive en un zoológico es un ser protegido por nosotros mismos de nosotros mismos, y aquellas rejas, esos vidrios gruesos que no les permiten salir a la libertad, también les aseguran que nada malo les va a ocurrir allá afuera, donde también andamos nosotros.

“Lo que daría por estar ahí, flotando entre aguas barrosas”, escribe sobre un grupo de hipopótamos. “Veo la desmesura de sus cuerpos, toda esa masa corporal y su promesa de protección infinita, y me pregunto de dónde habrá salido el culto a lo esbelto, a la delgadez”.

En los circos, por lo general, son los animales quienes hacen piruetas. Pero al otro lado de la reja de un zoológico, muchas veces vemos mujeres y hombres de todas las edades tratando de llamar la atención de los animales. Es un bonito espectáculo.

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