Por César Barros Agosto 22, 2009

No recuerdo que mi padre hubiera jubilado: de hecho murió cuando aún, a los 80 años, le hacía empeño por seguirle el ritmo al cálculo estructural. Y los padres de mis amigos ídem. El doctor Maturana -padre de Víctor- o don Hernán Briones -padre de Felipe- tampoco se jubilaban. Ni mis tíos tampoco. Para qué decir los abuelos, que morían todos con las botas puestas (mi abuela Juana trabajó en la Casa Barros hasta más allá de los 90: se lo prohibieron cuando empezó a quedarse dormida en la pega).

Eran los modelos a seguir, que nos legaron a mi generación, los baby boomers criollos. Porque si esto fuera Europa o EE.UU., todos los que entran a los 60 años estarían preparándose, con una sonrisa de boca a boca para tomar los palos de golf y emigrar a Arizona o a Florida, junto a cientos de miles de sus pares a disfrutar de un merecido descanso después de tantas décadas de duro trabajo.

Pero en Chile, para la "generación inmortal", que ahora va entre los 55 y los 65 años, no se divisa cómo dejarán el mando para dedicarse 100% a descansar. No les nace, no tienen ganas y, a veces, tampoco los dejan. Como decía el León de Tarapacá: "No quiero, no puedo, ni debo".

Pero el mundo ha cambiado desde lo que vivieron nuestros abuelos y padres. Ahora hay más medios. Se ha acumulado riqueza. Existen varias generaciones de gente joven, lista para tomar la posta. Frustrada muchas veces, porque "la generación inmortal" no les deja espacio. Por suerte que al menos en la política alguien se atrevió: así tenemos a MEO rompiendo los equilibrios políticos de los "inmortales". Desafiándolos a cara descubierta. Denunciándolos. Y adueñándose a saltos del "voto nuevo": ese que no entiende las lógicas de la guerra fría, ni tiene nostalgias del estalinismo.

En una gira presidencial reciente conversábamos con un importante dirigente de la DC. Le preguntamos por qué no le daban espacio a los políticos más jóvenes. Su respuesta fue lapidaria: "Si son tan choros, que vengan y se tomen el partido, en vez de andar por los medios cacareando como gallinas cluecas…". Más encima nos enrostró -con alguna razón- que a nivel empresarial pasaba lo mismo.

Pero lo que está en el fondo es que existe una generación que no quiere jubilarse. Quizá no porque no quiera, sino por algo mucho más triste. A ver: tienen los medios para hacerlo y existe gente preparada en la retaguardia. El punto es que no saben qué diablos hacer con su tiempo libre. Para nosotros -con el ejemplo de nuestros padres, tíos, abuelos y bisabuelos- dejar de trabajar es un baldón. No se concibe. Es de mal gusto. Es "progre". Es incluso, secretamente afeminado, con lo que ello implica porque nunca seremos tan "progres" como para que "eso" nos parezca bien.

El hábitat: la empresa

Conozco cientos de casos de ejecutivos y empresarios que enfilan la ruta de salida. Arman sus cuartos de golf. Viajan con su señora -a nosotros todavía nos cuesta eso de "la pareja"- y sus nietos. Y el resto del tiempo lo suelen pasar pésimo.

Un muy buen amigo -que anda en un "sí es, no es" con el retiro de su empresa- me decía: "La verdad es que esta oficina es mi hábitat natural. Mis socios y mis ejecutivos son mis mejores amigos. Con los clientes me pongo al día de las novedades de nuestro giro. Y, francamente, no sabría qué hacer afuera. Trabajo menos, es cierto. Me juego mis partidas de golf. Pero nada me sigue dando la adrenalina que entrega el negocio por salir. El enfrentamiento de la crisis. La negociación de un préstamo".

A pesar de la alternativa que entrega el campo como hobby, los viajes a lugares exóticos, o la casa en Las Brisas.  Muchos decidieron vivir fuera de Santiago. Santo Domingo, Cachagua, Valdivia y lago Ranco suelen ser los lugares escogidos. Pero indefectiblemente regresan a la capital. Como los que alguna vez creyeron que en Chicureo estaba el futuro. Y a los que perduran en el "exilio", su mundo los abandona de a poco. "¿Viste a fulano de tal? Fíjate que se fue a vivir a Cachagua y no hace nada. La señora lo quiere matar. Los hijos no lo van a ver. ¡Y está completamente dedicado a los perros y a las hortensias!…".

Los héroes siguen siendo hombres como Hernán Briones (padre), que no dejó sus actividades nunca; o Horst Paulmann que sigue con su optimismo desenfrenado y una vida de negocios que parece no tener límites ni en monto ni en extensión temporal.

Las Floridas o Arizonas criollas no terminan de entusiasmar. Tampoco hay masa crítica, un factor indispensable para pasarlo bien entre pares. No existen programas en las universidades para ellos (cuando estudié Agronomía en la UC, hubo uno con profesores estadounidenses -ya jubilados y de alto nivel académico- que llegaron  a enseñar a Santiago). Lo bien visto en Chile es ser "viejo choro", a cargo de todo. Que no afloja nunca. Que no se cansa ni descansa. Con agenda al tope.

¿Adiós a las armas?

La educación sentimental

En forma casi secreta -porque a todos les gusta cachiporrearse de que trabajan menos y así lo pasan chancho- siguen esclavos de las horas extras. No aflojan el poder ni a tirones. Sufren lo indecible ante una eventual partida inexorable. Porque el ejemplo de esos padres, tíos y abuelos sigue muy presente en nuestras conciencias. Y nos impide flojear o perder el tiempo. Como somos religiosos tibios, sólo a unos pocos nos agarran los movimientos neojansenistas tan de moda.

Existe una generación que no quiere jubilarse. Quizá no porque no quiera, sino por algo mucho más triste: no saben qué diablos hacer con su tiempo libre. Para nosotros -con el ejemplo de nuestros padres, tíos, abuelos y bisabuelos- dejar de trabajar es un baldón. No se concibe. Es de mal gusto. Es "progre". Es incluso secretamente afeminado.

Como si fuera poco, el contrato matrimonial, que antes tenía una duración media de no más de 25 años, ahora se empina por sobre los 50. Cuando era chico, algunos llegaban a las "bodas de plata" y casi ninguno a las "de oro". Hoy es casi la regla, en un país en que la esperanza de vida al nacer roza los 70 y tantos. Bueno, excepto que...

Excepto que fracase un contrato diseñado hace varios siglos para durar en promedio 25 años (cuando la esperanza de vida al nacer apenas llegaba a los 40). Su actual "sobrevida" de más de un cuarto de siglo ha sido compleja. El resultado es que cada día más gente pasados los 50 años se separa. Y en el secreto más íntimo de las reuniones de amigos, o en ese uno a uno de los hombres y de las mujeres, se conoce de las ocultas desgracias, de parejas que nunca debieron serlo, que se labraron la infelicidad por décadas de autodestrucción. Cercados por una sociedad conservadora, donde cada día había que "tomar la cruz a cuestas" aunque ello significara la pérdida de la personalidad, el abandono de la felicidad. Educados en aquellos valores que ya para los bisabuelos eran muy rigurosos, pero que ahora -con vidas más largas, hijos más independientes y parejas ídem- se hacen mucho más complicados.

Fuimos educados bajo una moral victoriana, pero en pleno auge de la píldora y de la liberación femenina. Muchas historias -tanto de hombres como de mujeres- de la elite chilena respecto de sus vidas íntimas suelen ser de pánico. Y la resistencia de algunas parejas a su infelicidad es realmente heroica. Y, a veces, también inútil.

Las separaciones de la "generación inmortal" no son como las de las parejas jóvenes de hoy: están llenas de miedo, culpabilidad, falta de comprensión de muchos de sus pares y de la religión que les inculcaron de pequeños. Sumen la desaprobación de la parentela.

Separarse para esta generación es tan duro -cuando no más- que dejar el trabajo y jubilarse. Recuerdo a uno de mis amigos, que me contaba que en sus primeros pololeos -después de separado por supuesto- no se atrevía a tomarle la mano a la polola en público. Temía que la gente lo descubriera. Lo iban a juzgar muy mal.

La búsqueda de nuevas parejas dentro de la generación no es simple. También ellas (o ellos) vienen con cargas emocionales muy fuertes. Con miedos terribles. Con sentidos de culpa imprecisos. Al final, muchos lo logran. Y la mayoría supera el trance. Pero que cuesta, puchas que cuesta.

Un miedo tremendo

Hemos sido una generación excepcional. Que vivió el Chile ancestral. Ese que me tocó cuando niño, el del campo con las carretas con bueyes, la trilla en la "máquina estacionaria" con las gavillas al hombro. De los peones que a uno lo trataban de "patroncito" y donde los padres eran "los patrones". De las misiones, de la pulpería del fundo, del trabajo de sol a sol.

Fuimos educados bajo una moral victoriana, pero en pleno auge de la píldora y de la liberación femenina. Muchas historias -tanto de hombres como de mujeres- de la elite chilena respecto de sus vidas íntimas suelen ser de pánico. Y la resistencia de algunas parejas a su infelicidad es realmente heroica. Y, a veces, también inútil.

Luego pasamos la reforma agraria. Todo ese viejo mundo se destruyó. Nos tocó la reforma universitaria, las tomas de la UC, de Ingeniería de la U. Vimos desfilar ante nuestros ojos a la Patria Joven (donde figuraban mis viejos amigos Blas Tomic y Sebastián Piñera en primera fila). Luego el drama de la UP. El golpe con sus dolores, y la transformación desde el "viejo equilibrio empresarial"        -con protección del 100%- a la competencia externa. Siempre -a uno y al otro lado- estuvimos en la trinchera del cambio: la vida tenía un sentido épico total.

Pasamos en cargos ejecutivos la crisis de los 80 y después los riesgos que amenazaban con la llegada de la democracia: son los errores constantes de las campañas del terror. La crisis asiática, con sus desatinos. Y siempre estuvimos en primera fila: como "patroncitos" primero, como universitarios más o menos revoltosos después. A un lado u otro en el drama de la UP. Y luego en la construcción del Chile nuevo que ahora conocemos. Entre mapus y gremialistas, entre chicagos y harvardianos, se armó lo que hoy existe.

Todo esto encabezado por esa "generación inmortal", a la que hoy le llegó la hora de emigrar a sus cuarteles de invierno. Pero se niega a hacerlo. No abandona porque no sabe qué hacer con su libertad. Porque culturalmente está prohibido. Saben que la retirada es inexorable. Pero no la sabemos mirar a los ojos. Se nos aparece como "la muerte tan temida", ese temor tan impreciso pero certero a la vez.

Y tenemos que convivir con Twitter, Facebook, los celulares, los mails y una afluencia a la que nunca estuvimos acostumbrados. También a la moda juvenil  -tan adecuada por lo demás- de la búsqueda de la felicidad. Del sexo por el placer del sexo. De los hijos más independientes. A la desaparición de la "familia grande" que nos legaron abuelos, padres y tíos.

Todo eso nos da un miedo tremendo. Y casi todos nos aferramos a "la pega". A matrimonios inadecuados, otros muchos. Hemos aprendido a golpes a vivir en este mundo tan veloz y cambiante. Añoramos esa seguridad tremenda que daba el ancien régime, donde ser profesional aseguraba el bienestar familiar, y donde, salvo eventualidades, los niños de mi colegio se casaban con niñitas de su colegio y engendraban sin drama más niñitos del Verbo y niñitas del Villa María que luego irían a la U o a la UC para seguir la rutina ad náuseam.

Hoy nada es firme. Nada se puede dar por sentado. Tenemos una lucha interna entre los antiguos valores y los nuevos. Entre las viejas estructuras -tan cómodas- y las nuevas -tan efímeras-.

Y para superar la contradicción vital entre edad y trabajo, se necesitará algo más que el golf, el bridge o los caballos. O quizá el caso simplemente no tiene remedio y nos tendrán que seguir aguantando hasta que nos pongamos seniles o incontinentes. Salvo que en el mundo empresarial suceda algo parecido a lo que estamos viendo en la política y los jóvenes de una buena vez se aburran de nosotros y se tomen el escenario. Pero, mientras lo escribo, no lo creo. Por algo hay tan pocos emprendedores. Tampoco quieren votar. Y, a lo mejor, con tanto plan de APV, ya están pensando en jubilar.

*Empresario. 60 años.

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