Por Yenny Cáceres Enero 12, 2018

Wormwood, de Errol Morris. Por Netflix.

Nunca se supera la muerte del padre. Menos si eso ocurre cuando tienes 9 años y esa muerte está envuelta por el misterio y las verdades a medias. Eso es lo que le pasó a Eric Olson, hijo de un científico que trabajaba para la CIA y que a los 43 años cayó desde su cuarto de hotel en Nueva York. Corría el año 1953, se habló de un suicidio y la madre de Eric se consoló con el alcohol. Hasta que en 1975 se reveló que a Frank Olson, el padre de Eric, le habían dado LSD como parte de un experimento secreto. El caso explotó en la prensa, la Casa Blanca pidió disculpas a la familia Olson, pero Eric nunca se conformó con esas respuestas.

El documentalista Errol Morris, autor de obras icónicas del género (The Fog of War) y agudo cronista de la historia norteamericana reciente, toma el caso de Frank Olson para realizar Wormwood, una miniserie documental de seis capítulos que busca sacudir las reglas del género. Esta vez Morris quiso dar un paso más allá, y además del material de archivo y las entrevistas, incluye una recreación de los últimos días de Frank Olson, con Peter Sarsgaard (An Education, Jackie) en el papel del científico, y Molly Parker (House of Cards) como su esposa. Ante la falta de respuestas, Morris acude a la ficción para intentar descifrar qué pasa por la cabeza de Olson durante sus alucinaciones con el LSD, pero también para filmar toda la conspiración que comienza a tejerse en su contra. Morris filma con elegancia, con aires de Hitchcock y Mad Men, en secuencias de perturbadora belleza. Su premisa es que cuando la verdad no basta, las imágenes intentan llegar más allá.

Pero Morris no reniega de sus orígenes y la columna vertebral del relato es una entrevista a Eric Olson, hoy un hombre ya mayor, un psicólogo graduado en Harvard que toda su vida ha cargado con esta muerte misteriosa. Cual Hamlet, Eric siempre se ha sentido acechado por el fantasma del padre y el puzle de una muerte que no termina de encajar en su cabeza. Es una tragedia íntima y conmovedora, que Morris filma sin estridencias, porque una verdad tan grande no necesita más que eso: un hombre y una cámara.

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