Por Alejandra Costamagna Marzo 10, 2017

“Jorge Díaz: El anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro”, de Eduardo Guerrero del Río.

“Todas las obras de teatro me parecían difíciles, lateras, obvias y me parecía absolutamente imposible que yo aprendiese jamás el académico oficio de dramaturgo, lleno de fórmulas sabihondas, de carpintería teatral”, escribe Jorge Díaz al crítico teatral Eduardo Guerrero en una carta fechada el 2 de junio de 1992. Se refiere a los tiempos en que, hacia fines de los años cincuenta, había abandonado su profesión de arquitecto, había tenido un breve paso por la Escuela de Teatro de la Universidad Católica y se había incorporado a la naciente compañía Ictus en calidad de actor y escenógrafo. El cambio de opinión sería abrupto. Y si bien existen un par de obras tempranas no demasiado exitosas (La paloma y el espino, de 1956, y Manuel Rodríguez, de 1957), fue en 1961 cuando el oficio pudo más: su nombre como dramaturgo empezó a sonar con fuerza a partir del estreno de Un hombre llamado Isla y El cepillo de dientes, montadas por Ictus.

Ese fue el comienzo de una vocación insospechada, que arrojaría más de ciento cuarenta obras escritas, además de dibujos, pinturas, collages, escenografías, conferencias y guiones radiales. Así lo atestigua Guerrero en Jorge Díaz: El anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro (Ediciones Universidad Finis Terrae), libro que será lanzado el lunes 13 de marzo en la sala La Comedia, cuando se cumpla una década de la muerte del “primer dramaturgo formado en el movimiento de los independentistas chilenos”, como lo ha definido el ensayista Grínor Rojo. Dividido en seis capítulos, se trata de un minucioso trabajo de más de diez años de investigación, en el que Eduardo Guerrero recurre a entrevistas, testimonios, materiales de archivo, ensayos, obras de teatro, críticas periodísticas, fotografías personales y una valiosa colección de cartas enviadas por el dramaturgo, que se veía a sí mismo como un “obsesivo escribidor epistolar”.

El de Guerrero es un trabajo detallista, que no elude los destellos de intimidad propios de una amistad de casi treinta años, y que permite relacionar la obra del autor, Premio Nacional 1993, con su existencia. La timidez congénita con su singular sentido del humor. Su sensación permanente de destierro con la desconfianza por las fórmulas vistas. Un material que es también el punto de partida de los diversos homenajes anunciados para Jorge Díaz en este 2017 que ya se echó a andar.

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