Por Jonás Preller Febrero 17, 2017

“Manchester by the Sea”, de Kenneth Lonergan.

¿A qué suena el fracaso? ¿A qué suena perder?

Para Kenneth Lonergan —director y guionista de Manchester by the Sea—, a Händel y su Mesías, a coros de iglesia, al sonido del viento y del mar.

El realismo como género —literario o audiovisual— nunca ha tenido el reconocimiento que merece. A las audiencias no les gustan las historias tristes; ya conocen el mundo que los rodea, se mueven en él, pero no quieren que se los recuerden, que se los enfrente. Saben que la realidad es tal como la vemos y muchas veces peor de lo que queremos.

Tras años escribiendo guiones para éxitos como Pandillas de Nueva York (Scorsese, 2002), Lonergan se atreve ahora a dirigir una creación propia, una historia triste, brutalmente real.

Lee Chandler (Casey Affleck) es un indolente y desadaptado social que se gana la vida destapando baños y sacando la nieve de los edificios de Boston. Una llamada, un día cualquiera, cambia todo. Tras la muerte de su hermano, debe volver a su natal Manchester para hacerse cargo de la crianza de su quinceañero sobrino Patrick (Lucas Hedges).

En Manchester,  Lee no sólo deberá lidiar con los trámites funerarios de su hermano y la desatada vida sexual de su sobrino, deberá enfrentar su historia, esa que lo llevó a abandonar la ciudad y empezar su ostracismo. En este proceso reaparece dolorosamente su ex esposa —interpretada por Michelle Williams—, en un diálogo que de seguro pasará a la historia.

“No lo pude superar, lo siento”, repite Lee a su sobrino, dando cuenta del fracaso, del reconocimiento del error, de la negación de los finales felices.

Manchester by the Sea está nominada a seis premios Oscar. Vale la pena verla ahora, antes que la moda de la Academia y su alegría le quiten su encanto deprimente.

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