Por Jonás Preller Enero 6, 2017

Para que una serie, una película, un libro cautive, debe perturbar. Debe trastocar tu realidad y hacerla parecer normal. Debes creer que lo que estás consumiendo es posible, factible. Debe hacerte dudar.
Cortázar decía que lo fantástico era más concreto que una alegoría o sucesos paranormales. Porque es parte de la realidad. Te puede suceder a la luz del día, en el metro, caminando hacia tu trabajo. Es aquello que ni la psiquis, ni la ciencia, ni la filosofía son capaces de explicar.

The OA, la nueva serie de Netflix (coproducida por Brad Pitt), perturba. Crea realidades, hace dudar, atemoriza porque sabes —y no lo reconoces— que las vivencias (sufrimientos) de Prairie Johnson/OA, la protagonista de este relato, son plausibles. Podrían ocurrir en un mundo muy distorsionado.

La serie comienza con Prairie (Brit Marling, creadora, además, junto a Zal Batmanglij del programa) saltando de un puente, despertando en una clínica y reencontrándose con sus padres que la buscaron por siete años. “Nunca desaparecí”, se defiende. Luego conocemos a Steve Winchell (Patrick Gibson), el ya clásico adolescente problema de la secundaria. El cuadro lo complementa Jason Isaacs como el Dr. Hunter Hap, que pasará a la historia televisiva como uno de los científicos más inquietantes de que se tenga registro. Cierra una ultrasexi cuarentona Paz Vega, que le dará el complemento necesario al relato.

The OA se adentra en los casos de personas que han vuelto de una muerte clínica. Este regreso es menos catastrófico que Línea mortal (1990), de Joel Schumacher, pero utiliza también el concepto del sueño-viaje de regreso que tensa a los protagonistas y los mata más de una vez, en el amplio sentido de la frase.
Esta es una historia de viajes, de encierros, de encuentros, de prisiones internas. Todo sucede “dentro”. Una Stranger Things más perturbada. Algo más real.
Cosas extrañas siguen pasando en Netflix.

Relacionados