Por Alejandra Costamagna Septiembre 16, 2016

“La viuda de Apablaza”: hasta el 1 de octubre en el GAM.

Ya lo habíamos visto y había resultado: la actriz Catalina Saavedra, dirigida por Rodrigo Pérez en una obra ambientada en el campo, en el siglo pasado. Si la primera fue Los perros, basada en un texto de Elena Garro, ahora se trata de La viuda de Apablaza, obra escrita en 1928 por Germán Luco Cruchaga. Aunque los registros son distintos, los méritos de Los perros se repiten en este montaje, que da nueva vida a un texto brillante. Pérez mantiene al pie de la letra el habla popular del original: “¿Y diaónde voy a sacar maneras, si aquí vivimos mesmamente que animales? Hay veces que me dan ganas de hacerme entender a puro lairío”, reclama Ñico, el hijastro de la viuda (interpretado con sobrada gracia por Francisco Ossa), quien lo ha criado y lo vislumbra como una sombra del marido muerto.

Una encarnación maldita, en todo caso, porque la pasión que el muchacho despierta en ella está lejos de ser mutua. La tragedia asoma cuando llega de visita una sobrina de la viuda. La mujer, que hasta entonces fue la voz de mando, la autoridad absoluta ante los peones y los vecinos, empezará a desvanecerse. La felicidad del muchacho será la desgracia de la viuda. Y así lo dejará ver: “Desde hoy en adelante, vos reemplazái al finao. Tuyas son las tierras, la plata y la viúa. Mandarís más que yo... Porque hei tenío que verte queriendo a otra pa’ saber que yo te quería como naiden, como naiden te podía querer. ¡Mi guacho querío! ¡Mi guachito lindo!”. Los méritos de Rodrigo Pérez en la dirección son varios. Acaso el principal es el modo de tensionar el registro realista desde la puesta en escena. Los perros que ladran, por ejemplo, son los mismos peones en cuatro patas emitiendo gruñidos. Los estremecedores cantos de fondo de Marcela Millie van creando una atmósfera de extrañamiento, de maldición. Como si algo ominoso estuviera siempre a punto de ocurrir.

De pronto las escenas parecen congelarse y la tragedia se despliega en sordina. Las palabras de la viuda resuenan entonces como un eco: “En un soplo e dos años, se deshizo too como si el finao me hubiera dejao, en vez de fortuna, un puñao de humo”.

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