Por José Manuel Simián Junio 21, 2012

Hace cosa de año y medio, la cantautora Regina Spektor se sentó al piano de la sala de conciertos de la radio neoyorquina WNYC. Spektor promovía su disco Live in London y cantó dulces canciones como “Blue Lips” (donde dice que el azul es “el color más humano”) y “Folding Chair” (donde, como es conocido, imita el canto de un delfín). En sus discos y en el escenario, Spektor es puro encanto: voz de princesa, melodías que toman giros inesperados, versos que combinan citas literarias con imágenes íntimas, y eso era exactamente lo que estaba haciendo esa tarde de 2010 hasta que la sucedió en el piano el otro invitado del programa, el cantante de Nueva Orleans Aaron Neville. Y cuando Neville abrió la boca para cantar un par de estándares de góspel, súbitamente pareció que las canciones de Spektor pertenecían a un comercial de jabón. 

Se dirá que comparar a artistas de géneros, generaciones y talentos distintos es un despropósito, pero el contraste Spektor/Neville (se puede ver el video en wnyc.org) es el mismo que se produce al escuchar la música de la neoyorquina cualquier día de la semana. Sus delicadas melodías pop suelen ser irresistibles en una primera pasada, pero progresivamente discutibles al ampliar el contexto. En su nuevo disco, What We Saw from the Cheap Seats, no falta ningún ingrediente Spektor: las melodías son tiernas sin importar hacia qué genero se inclinen; hay ruidos extraños; y en las letras hay lunas de pueblo, pianos que todavía no han ido a la hoguera, guiños a Nina Simone y el encanto de la lluvia en París. Todo es muy lindo y majaderamente dulce, y Spektor es perfectamente adorable, hasta que comenzamos a verla como una niña que se esfuerza demasiado en mostrarnos cuán linda e ingeniosa es.

 

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