Por Rafael Gumucio* Abril 22, 2015

© Paloma Valdivia

Vive en el segundo piso de una casa roja -me dijeron. Una larga escalera húmeda que daba sobre una pieza en ruina que todos llamaban ahí sala de ensayo. Un tipo que tocaba un bajo eléctrico con un cigarrillo y el pelo largo, un pasillo con afiches manchados de humedad y humo hasta una puerta abierta. Manuel, sus largas piernas torcidas sobre un colchón sin sábanas, las zapatillas blancas que mi madre le regaló, fumando un pito de marihuana mientras hacía como que leía el suplemento “Sexto sentido” de La Cuarta.

-¿Cómo estás? -dijo con su asquerosa simpatía.

-Bien -respondí seco para que supiera de entrada que iba a ser inflexible con él.

-¿No tendrías que estar en el colegio a esta hora?

-No fui, da lo mismo, tengo buenas notas -cayeron dos o tres segundos de silencio incómodo.

-Perdona el desorden. Siéntate -me ofreció una silla rota.

-¿Vas a volver? -respondí bruscamente con las sienes ardientes a punto de estallar.

-¿Adónde?

-A la casa.

-¿Quieres que vuelva? -le sonrió a sus zapatillas miserablemente escupidas para que no parecieran demasiado nuevas-. ¿Viniste a buscarme? -y se sonrió de sólo pensarlo el miserable payaso, que tenía esa ventaja, no esconder que era inútil, que fumaba marihuana a escondidas de mi mamá, más niño que todos nosotros, viviendo de la mesada que mi madre le dejaba en el velador al despertar, siempre más tarde que todos nosotros. Es lo que me gustaba de él, lo que pensé que haría que durara, su incapacidad de hacerse respetar.

-Ella no sabe que vine, si llegara a saber me mata.

-¿Por qué quieres que vuelva?

-Yo estoy muy viejo para cuidarla, tienes que cuidarla tú. Ella te eligió a ti. A mí no, a ti.

-Tu mamá es muy valiente, no me necesita a mí, puede perfectamente cuidarse sola. Yo soy más una molestia.

-¿Se lo preguntamos a ella si quieres?

-¿Preguntar qué?

-Si quiere que la cuides tú o que la cuide yo -por su palidez sabe que es mejor no molestar a mi mamá, no entrar siquiera a discutir con ella motivos, abrir la puerta para que se nos mire, regando el jardín, toda rubia, toda ojerosa en su traje de sastre del banco.

-Preguntémosle a mi papá mejor -sale del paso Manuel-. Es simpático, vas a ver, es buen tipo -y toma de una silla grasosa su chaqueta de bluyín toda manchada de pintura. Baja de a saltos los escalones. Un puesto de papas fritas y una tribu de rastafaris, una tribu de motos estacionadas, hasta un enorme Teletrak lleno de humo en que Manuel entra solo a buscar entre los ancianos que miran en los televisores gigantes el fallo fotográfico de sus caballos de carrera.

-Mi padre Ernesto. Arturo, un amigo -un señor de bigote blanco que parece el doble perfecto de Salvador Allende no se digna a levantar los ojos hacia mí.

-Un gusto de conocerlo, señor.

-Arturo dice que me case con su mamá -interrumpe Manuel.

-No pido que se case nadie. Sólo que hablen, que conversen como adultos.

-¿Qué quieres ser cuando grande? -me pregunta el viejo.

-Ingeniero -respondo.

-Eso es muy serio. Tienes que ser artista. Los artistas son los que ganan plata ahora en el mundo. ¿No cierto, Manolo? Es ingeniero este huevón y no gana ni un peso.

-Ingeniero en sonido no es lo mismo que esos que hacen puentes, papá.

-Son todos iguales al final. Los artistas son los únicos que saben dónde va la cosa. Ellos deciden, el resto obedecemos.

-Vámonos -susurra a mi oído Manuel. Besa en la mejilla a su padre que no parece inmutarse.

-Vamos a comer algo, ahí hablamos -me propone Manuel, buscando apurado la Alameda.

-¿Qué edad tienes? -me pregunta Manuel antes de pedir cerveza para los dos.

-Dieciocho -miento para no romper el ritmo.

-Yo tengo una hija -suelta de pronto- Es ingeniera como tú, vive en Australia.

-Yo todavía no soy ingeniero.

-Ella quiere ser seria, para no ser como yo. No veo para qué se esfuerza tanto, total nunca va a ser como yo, pero igual tiene miedo. Por eso vive lo más lejos. Una chorrillana para dos -pide por mí a la pasada-. Tú sabes. Yo no tengo carácter, si tu mamá me lo pide, vuelvo.

-¿Entonces quieres volver?

-No es que quiera o no quiera, si me lo pide voy a tener que volver. No importa, da lo mismo, no me lo va a pedir nunca. Eso es lo que admiro de ella, aunque sufra como un perro no se va a rebajar nunca a pedirme que vuelva.

-¿Y no te importa que sufra?

-¿Qué tiene de malo sufrir? Es rico sufrir, te hace sentir más vivo, te hace más joven, es bueno para el cutis.

 -Es eso justamente lo que odio de mi mamá, lo feliz que está sufriendo congelada a mil kilómetros de todos. Eso es lo que hay que quitarle, la idea de que es mejor que todo el resto porque sufre mejor que todos. Tú puedes hacer eso, tú no eres terrible, Manuel…

-¿Cómo era tu papá? -interrumpe mi balbuceante intento de ruego.

-Era ingeniero, trabajaba en El Teniente. Se quedó dormido en un camión y se cayó a un barranco. La muerte más tonta del mundo. No creo que importe.

-No importa, pero hablemos igual. ¿Qué más vamos a hacer?

-Yo no lo conocí, casi. Murió cuando yo tenía como tres años. Era muy serio, era muy flaco, les hacía clases de alemán a los obreros. No me parezco en nada a él. Ninguno de los novios de mi mamá se parece a mi papá. Por eso anda contigo, porque no eres serio, no te vas a morir. La gente seria siempre se muere joven.

-¿Cómo que no soy serio? Tengo el pelo largo, pero soy serio igual. En mi huevada soy uno de los huevones más serios que existen.

-Sí, eres serio, pero de otra manera…

-No, no soy serio, pero tampoco soy cómico, no soy nada. A tu edad yo era un genio. Podía haber sido lo que hubiese querido, ingeniero, abogado, filósofo. No quería nada, ése fue el problema. Me quedé a medio camino, hago cine sin hacer cine, hago música sin hacer música. Conozco a todo el mundo, todo el mundo me conoce, soy buena onda con todos, todos son buena onda conmigo. No tengo de qué quejarme. No soy un éxito, no soy un fracaso, estoy bien, me siento como las huevas hasta que se me pasa y me siento la raja.

Saca del fondo de su cajetilla de cigarro un pito de marihuana que fuma en perfecta paz, como si se tratara de un puro.

-Esta huevá ya tampoco me vuela. Me deja a medio camino también. Toda mi vida es así, a medio camino. Este país es así, el mundo es así. ¿Ya terminaste la comida? Vámonos -decreta con la seguridad de un padre. Paga la cuenta en la caja para salir libre de deudas a la completa oscuridad de la plaza.

-Si quieres vuelvo a la casa -tropieza torpemente contra la vereda.

-No es necesario. No sé, es una tontera todo esto, no tengo por qué meterme, es su vida. No sé por qué mi madre se pone así cuando se enamora.

-Fulminada por el rayo -decreta Manuel sosteniéndose contra un arbusto.

-¿Cómo sabes?

-A todos les pasa esa huevá, a todos menos a mí.

-¿Tú crees que a mí me va a pasar alguna vez?

-Claro, por qué no.

-Es estúpido enamorarse así. No es amor de verdad cuando uno se vuelve loco, es puro egoísmo, puro mirarse a uno mismo.

-No te puedo decir nada, a mí nunca me ha pasado. A los huevones a medio camino no les pasa eso. Uno quiere, te quieren, se calienta uno, se entusiasma, se le pasa. Cuando todo se pone latigudo uno se va. Pero tú no, tú eres valiente, a los valientes siempre les pasan cosas terribles.

Pasamos por el estacionamiento de un supermercado amarillo que no parecía terminar nunca.

-Yo no soy valiente. Soy cobarde, soy maricón, nunca ayudo a nadie. Con las mujeres no me atrevo nunca. Nunca hago nada. Tengo amigas, vamos a fiestas juntos, pero no pasa nada después. ¿Para dónde vamos?

-A tu casa. ¿No íbamos para allá?

-No es necesario -no sabía cómo explicar a mi madre que le había traído a su novio de vuelta.

-Tengo que ser valiente, tienes razón. Tengo que explicarle, tengo que decirle a tu madre que se acabó.

-No te preocupes, se lo digo yo, ándate a tu casa, yo le explico todo a la mamá.

-Se lo merece. Se merece una explicación tu mamá, no soy un canalla, soy un estúpido, pero no soy un canalla.

-No vayas para allá, para qué, no te preocupes, yo hablo con ella. Por favor, no vayas -digo, pero el hombre ciego camina de memoria.

-Hay que ser valiente en la vida. Déjate de huevadas, hay que ser valiente en la vida, es lo único que importa, ser valiente -repite como un electrocutado, buscando el lugar en que la calle Licenciado de las Peñas se cruza con Coventry, que subimos hasta la casa.

Nunca había estado borracho antes, no sé si me sentía feliz de poder hablar, de por primera vez en mi vida haber hablado como si tuviera completa libertad para hacerlo, como si ya no viviera en el sueño de mi madre o el mío, como si por primera vez el aire frío de la noche me llegase a la cara.

-Hay que ser valiente en la vida, es lo único que importa cabro, hay que ser valiente, hay que ser valiente -repite el pobre hombre que camina a tropezones entre los agaves gigantes.

-¿Aquí es? -me pregunta la voz resbalosa, cuando llegamos a la fachada de la casa -. Me acordaba que era más chica.

-No es necesario que entres, no es necesario que le digas nada, si quieres ándate, olvídate de ella, sigue tu camino, no te preocupes -me parecía que todo había terminado hacía tanto tiempo, yo estaba libre, mi madre estaba libre, mi hermana estaba libre, mi padre estaba libre, libre y muerto, doblemente libre entonces. Sólo Manuel estaba preso. Castañeteando de frío, agarrado de la reja.

-No te preocupes -sonríe-, no te preocupes, no voy a hacer nada grave -dice.

Pero yo ya no estaba para escucharlo, manchado, mareado, viejo de cien mil años. Entro silencioso en mi casa. Salto al segundo piso. Mi madre en el living vigila una estufa a parafina.

-¿Dónde estabas, Arturo?

-Por ahí, por ahí -entro asustado a mi pieza.

Me saco la chaqueta, me acuesto un segundo, me levanto. No pude evitar mirar en la ventana a Manuel solo en la reja, un farol amarillo aplastaba sus engripados rasgos, las manos atadas a los barrotes, sin poder ni avanzar ni retroceder.

Relacionados