Por Fernanda Trías* Agosto 14, 2014

© Paloma Valdivia

Más de una vez, dice, se pregunta por qué los subtes viajan tan lento de madrugada. Quizá la corriente eléctrica sea distinta a esa hora, menor caudal (aunque ella no sabe nada de electricidad, nunca entendió el funcionamiento de una bombita o de un teléfono; es -dice- como una niña o un animal en todo lo científico). O quizá no sea eso, sino que la noche contagia al resto de las cosas con su lentitud, no sólo el cuerpo y los pensamientos de ella, sino también lo otro: el vagón de metal, las ruedas que no son ruedas sino discos estáticos y filosos como máquinas de cortar jamón. ¿Cómo se desliza el subte sobre los rieles?, otra cosa que no sabe. Lo que sí sabe es que a las cinco de la mañana, después de cerrar el bar, contar la propina y tomarse el tequila del estribo, en el vagón de la línea N sólo viajan unas rubias borrachas y algunos vagabundos con sus bolsas a cuestas. Ellos van en las esquinas, en el asiento más alejado al resto del mundo. Dice “resto del mundo” y mira el vaso firme entre las manos; hay algo en esos extremos del vagón que se fuga un poco más rápido, como los puntos lejanos del universo, las últimas galaxias. Ella lo llama “el asiento de los homeless” y siempre lo elige cuando está vacío. Le da un poco de impresión, la verdad sospecha que los asientos de los subtes nunca se lavan, al menos ella nunca vio a nadie pasando un trapo o rociándolos con espray, pero igual los elige. Es una parte arcaica de su ser latinoamericano lo que la impulsa a hacerlo. Dice esto y se ríe; intenta esconder una especie de orgullo. Lo único que realmente le asusta son las chinches, llevarse en la ropa una chinche invisible que colonizará sus cobijas, su colchón y luego la casa entera. Que ella sepa, los bed bugs son el terror de los neoyorquinos. Más que las violaciones, más que los ataques terroristas. Porque las chinches pueden pasar hasta un año sin alimentarse, a la espera, agazapadas en una rendija, en un orificio minúsculo del parqué. No hay nada humanamente posible que ella pueda hacer ante una invasión de chinches, me dice, y después está lo otro: las reacciones psicosomáticas, la picazón irracional en las piernas, las noches de insomnio (analizar el colchón con una linterna, echar veneno a los pies de la cama y luego sentir que el veneno te ha penetrado la piel y corre -ya imparable- dentro del cuerpo). Como sea, a ella le gusta ese asiento y nunca se levanta cuando un vagón apesta a mugre y a orina. Una vez incluso se sentó al lado de un vagabundo porque era el único asiento libre. Los demás pasajeros iban parados, haciendo un vacío alrededor del hombre, que dormía con la cabeza hacia adelante. Tenía el pelo apelmazado, una franja negra alrededor de las uñas de los pies y el talón blanco lleno de grietas. El olor no la intimidó; pensó que su padre nunca se habría levantado de ese asiento. Aguantó -tan inmóvil como imaginaba a su padre durante los mil cuatrocientos sesenta días que estuvo preso-, tratando de no tocar al hombre por miedo a las chinches, sólo por eso, y fingió ignorar los ojos aterrorizados de los demás hasta que el tren salió del túnel, se elevó por las vías de Astoria y llegó a Queensboro Plaza.

Ahora que empezó la primavera hay menos vagabundos en los vagones, dice. La primavera está aquí pero ella no la ha visto, o más bien la primavera no la ha visto a ella. Cuando sale ya es de noche, cuando vuelve es casi de día. Al pasar sobre el puente Queensboro mira hacia afuera sin interés. No es que haya perdido el asombro, lo espléndido y agresivo de una ciudad vertical, hecha de espejos, sólo que esa belleza se ha vuelto predecible, el cliché de la alienación urbana. Prefiere entonces mirar a los demás; especular si la cara de esa asiática que duerme en el asiento de enfrente tiene una expresión “soñadora” o es simplemente una cara dormida, cerrada e inaccesible como una almeja. “Estoy de paso por la primavera”, dice, y en mi imaginación la veo atravesando una cortina hecha de cuentas o de tiras de plástico, oigo el ruido de hojas que hacen las tiras al rozarla.

La esquizofrenia climática de la ciudad ya no le afecta. Una se acostumbra a ella como a los achaques de una tía vieja. Con paciencia, con la amabilidad resentida de los compasivos. La belleza aquí es explícita, dice. Las flores no florecen, son trasplantadas de un día para el otro por jardineros nocturnos. Los tulipanes nacen adultos, te echan toda su belleza en la cara, explotan de color como si… ¿Como si qué? Como si nada. Y están también los mangos y las papayas en las fruterías, exhibiendo su existencia inaudita, su condición global, espárragos, sandías y hasta vegetales que ella nunca oyó nombrar, como la radicheta o la arúgula. Todo eso, dice, y las piernas de las mujeres. Quién pudiera tener unas piernas así. Gira en el asiento y busca, pero no hay ninguna de ésas aquí, hoy ninguna rubia en short y tacos aguja. Son los genes nórdicos; sus piernas recuerdan que trabajaron la tierra. Sanas y funcionales. Si ella pudiera trasplantarse a algún lado, ¿a cuál sería? Echo raíces en cualquier parte, dice, pero cuando lo piensa mejor, cuando hace una pausa para mirar el vaso otra vez vacío, le asusta darse cuenta de que no sabe.

Tal vez los trenes le fascinen por eso, por lo previsible de su recorrido. “Mirar el mapa del subte me da seguridad”, dice, pero en sus días libres, como hoy, prefiere quedarse en Astoria, no viajar en un tren lento, o peor, enlentecido por la noche.

Cuando a su padre lo soltaron, su familia se exilió en México, pero ahí, dice, su padre estaba fuera de lugar. Se fue volviendo callado, no necesariamente triste, sino callado, como si intentara compensar por la estridencia de su altura, como si le avergonzara ocupar tanto espacio en un país que no era suyo. En México vivían cerca de una fábrica, aunque nadie en la familia la llamaba así, decían en cambio “parque industrial”. El parque, dice, echaba un olor constante a caucho o a plástico quemado y ese olor impregnaba la casa y también la ropa de su padre, que trabajaba como contable en las oficinas. Por qué él nunca quiso volver a Uruguay es algo que ella no sabe. Nunca lo sabrá, dice. Los amigos de aquella época, otros exiliados, de a poco se fueron yendo a sus países o a otras ciudades, y algo similar pasó con los amigos de ella en Nueva York. A más de uno lo despidió en la entrada del subte, con sus maletas, bolsas y bolsitos. Les hizo adiós hasta que fueron tragados por esas bocas que echan humo por las alcantarillas. Ella supone que no se necesitan razones para irse, pero tampoco -dice- se necesitan razones para quedarse. La manera de acostumbrarte a este ritmo de pérdida es renunciando de antemano, dice, y yo agito la cabeza, pienso: se está poniendo mística. Ahora prefiere hablar con personas a las que tal vez no vuelva a ver o a las que sólo verá protegida por esa ficción que es la barra entre ellos. “Lo que no entiendo, insiste, es por qué los subtes corren más lento de noche”, y vuelve a mencionar la luz de los vagones, la sensación de silencio que produce, tal vez por la falta de parpadeo, por la constancia de sus lúmenes. Pero se trata de un silencio falso, dice, como ahora, que ya ni siquiera oímos el tren sobre nuestras cabezas. Hace una pausa, y durante toda ella no pasa ningún tren. Hay presencias enormes, dice, y de pronto me doy cuenta de que esto es lo último que dirá.

El chico nuevo termina de poner los bancos sobre la barra y va a buscar la escoba. Después tendrá que baldear, por los ratones y las cucarachas, sobre todo aquí, debajo de las vías. Yo he pasado el trapo innumerables veces sobre la marca de agua que deja el vaso de ella cada vez que lo levanta, y ahora estoy a punto de agarrar su vaso tibio, con restos de espuma, y llevarlo al fregadero. Lo único que nos separa es la barra y un montoncito de billetes de un dólar que ella ha ido dejando tras cada cerveza. Su suéter a rayas se refleja en el ventanal. Está sentada entre dos bancos invertidos, como ramas, como árboles de invierno.

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